Se suele afirmar que toda política exterior, al momento de su delineamiento, se ve mutuamente afectada por los intereses e identidades propias de los dirigentes nacionales que se encuentran en la cúspide del Estado y, al mismo tiempo, por su evaluación o percepción del escenario internacional.

Teniendo en cuenta lo anterior, es bastante evidente sostener que el gobierno argentino planificó su llegada al poder y sus acciones iniciales en el marco de un mundo que cambió poco tiempo después del arribo de Macri a Balcarce 50. Aunque desde un inicio el motor de la inserción internacional de Cambiemos estuvo guiado por una lógica económica, en particular por la maximización de los incentivos que surgen de oportunidades comerciales y de inversiones brindadas por las transacciones económicas internacionales, tanto el Brexit como el triunfo de Trump implicaron cambios concretos en el accionar nacional.

Por ello, tras la inicial manifestación de interés del país en colaborar con la construcción de una institucionalidad global basada en grandes acuerdos comerciales, en consonancia con las políticas promovidas por Estados Unidos y la Unión Europea, el gobierno intensificó la diversificación de su inserción internacional de la mano de la ya marcada política de “desideologización” de los postulados que guiaron su relacionamiento en la gestión anterior.

Se intentó entablar una buena relación con Estados Unidos, pero también con Asia; no olvidar que desde un comienzo la Argentina mostró gran interés en formar parte de la Alianza del Pacífico. Más aún, a pesar de las miradas divergentes dentro del gobierno con respecto al Mercosur, es manifiesto que el consenso interno en que el socio estratégico no puede no ser Brasil.

Podemos afirmar que la política exterior de la Argentina de la mano de la Canciller Susana Malcorra logró parcialmente su objetivo: modificar la imagen en el mundo, lo que puertas adentro se denominó la “reinserción” del país. A nivel interno, las políticas concretas de salida del “cepo”, unificación del tipo de cambio y arreglo con los holdouts se convirtieron en parte de la nueva identidad que se proyectó hacia el exterior. Interés: esa es la palabra que mejor describe la reacción que despertó el país desde la llegada de Macri a la presidencia.

Sin embargo, una vez concretada la meta inicial, la política exterior nacional se enfrentó al desafío de convertir la renovada notoriedad internacional de Argentina en inversiones duras y en la promoción del comercio -principalmente de las exportaciones argentinas-, con pocos resultados en este rubro hasta el momento si miramos la “economía real”. Estos objetivos siguen siendo la meta clave para el gobierno, y parte esencial promovida de su discurso hacia la sociedad.

Cabe resaltar que la falta de negociadores comerciales internacionales que dejó la gestión anterior significó una limitación para la apertura de nuevos canales comerciales, pese a lo cual desde Cancillería se puso un fuerte énfasis en la apertura de nuevos mercados, misión que se llevó a cabo principalmente a partir de las demandas internas de actores argentinos. Sobretodo, se iniciaron procesos para permitir que los productos y servicios competitivos del país puedan insertarse internacionalmente, concentrados especialmente en el sector de los agro-negocios.

Igualmente, el problema actual reside en que más allá de la normalización de ciertos estándares macroeconómicos y la intensión de una vuelta a un estilo de gestión económica más previsible, lo cierto es que las inversiones y la apertura de nuevas oportunidades comerciales no pueden pasar primordialmente por Cancillería. Además de que el tempo de las inversiones es más lento y gradual en un país marcado por los vaivenes políticos y económicos, entre otros factores, todavía existen dudas en el exterior sobre la sustentabilidad política y económica de las reformas (vía endeudamiento), en el alto déficit fiscal y expectativas sobre eventuales futuras reformas. Dicho de otro modo, a pesar de que las puertas están -más- abiertas, ahora resta consolidar un entorno institucional favorable para promover el crecimiento económico a largo plazo a través de inversiones en la economía real.

Si centramos nuestra atención en la producción nacional, para fomentar su crecimiento será vital la vinculación con el lejano oriente. Analizando la relación de nuestro país con Asia, si miramos los números, estos avalan el hecho porque esta región ha cobrado una marcada importancia para nuestras exportaciones. No obstante, pese a la relevancia concedida por la gestión Cambiemos a Asia, tal como resaltó Patricio Giusto en un artículo reciente, la política exterior argentina sigue conservando un “sesgo europeísta”. En otras palabras, diversificamos la inserción internacional, pero no terminamos de entender que no sólo hay que ir por más caminos sino que las principales oportunidades ya no están en Occidente, donde predominan las economías maduras, sino en una gran cantidad de países asiáticos en desarrollo.

Como reflexión podemos decir que considerando los cambios en el sistema productivo que vendrán en la primera parte del Siglo XXI, si Argentina no quiere quedar relegada a insertarse internacionalmente solo como productora de alimentos y, en segundo lugar, como exportadora de servicios, es imprescindible aumentar la dotación tecnológica de la producción nacional. Para ello, será vital contar con mercados amplios para expandir la producción más allá de nuestras fronteras. Este objetivo, además de necesitar una inversión del Estado en ciencia y tecnología y una reforma educativa, necesariamente conllevará un proceso de mayor, que no significa total apertura y que debe ser gestionado gradualmente en concordancia con las metas propuestas y contemplando su impacto social.


Analista e investigador. Es politólogo por la Universidad de Buenos Aires y actualmente se encuentra realizando el Máster en Política y Economía Internacionales en la Universidad de San Andrés. Twitter: @AMSchelp