No es fácil responder la pregunta a qué se llama “populismo”, hoy, entre nosotros; y esto porque la palabra carga desde siempre una ambigüedad que si, desde cierto punto de vista, es la causa de toda su riqueza, desde otra perspectiva está en la base de todos los dolores de cabeza que aún nos causa. En un sentido general, puede sostenerse que la palabra “populismo” sigue designando algo del orden de lo mórbido o de lo inadecuado, como lo viene haciendo en la historia del pensamiento de occidente desde comienzos del siglo pasado, y en la del pensamiento latinoamericano desde las experiencias fundadoras de Cárdenas, Vargas e Yrigoyen.

La palabra “populismo” y los fenómenos que con ella se designan han sido impugnados tanto “por izquierda” como “por derecha”. Por izquierda, señalándose que su compromiso con la idea de “pueblo” (que notoriamente está en su base) los inhibe, en la medida en que se piensa a ese pueblo como el nombre de un todo unitario y más o menos armónico, de pensar los conflictos entre las clases en pugna en toda sociedad y los vuelve cómplices de las más previsibles formas de dominación de unas sobre otras. Por derecha, señalándose que ese mismo compromiso les impide, en la medida en que la idea de “pueblo” aparece identificada con una parte (con la parte pobre) de ese todo, pensar en el bien común de toda la comunidad.

Es que “pueblo” es, en efecto, como se ha dicho muchas veces, tanto el nombre que le damos a la totalidad del cuerpo social como el que recibe la parte pobre de esa totalidad: la imprecisión de la palabra “populismo”, que con tanta frecuencia se señala, es hija y heredera de esa otra imprecisión que la precede y la determina. En el campo de la teoría política, se ha querido ver en esa misma tensión entre la idea de pueblo como todo y la idea de pueblo como parte en la riqueza, más que la debilidad, de la noción de populismo, que de ese modo ha sido presentada como siendo casi una sola cosa con la noción misma de política.

Todos hemos seguido con interés las elucubraciones de Ernesto Laclau, que desde los años 70, y con especial fuerza desde La razón populista, de 2003, han arrojado todo tipo de luminosas sugerencias sobre este problema. Es todavía en la senda abierta por estas indagaciones de Laclau que últimamente hemos podido escuchar al diputado español Íñigo Errejón distinguir entre un “populismo de izquierda”, que tendría la idea del pueblo como proyecto orientado hacia el futuro, y sería por lo tanto inclusivo y democrático, y un “populismo de derecha” que se sostendría sobre una idea del pueblo como esencia, que estaría, por lo tanto, orientado hacia el pasado, y que sostendría odiosas prácticas de segregación. El populismo, en fin, se ha dicho y se dice todavía de los más diversos modos, y es exactamente eso lo que hace difícil tener sobre él algo así como una teoría universal.

Pero las palabras asumen los significados que les dan las ideologías en las que se usan, y la que hoy domina la escena pública, mediática y académica argentina es la de una “nueva derecha” que piensa el “populismo” como el nombre de un “relato” sostenido sobre la pretensión de que el mundo podría ser distinto de lo que de hecho es y de que lo que hoy son privilegios o prerrogativas de unos pocos podrían o incluso deberían ser derechos de todo el mundo. La idea de derecho, central en la retórica y en la práctica política de los tres gobiernos argentinos anteriores al actual, y que es simplemente inaudible para la ideología de la nueva derecha hoy gobernante en el país, está en el centro de aquello a lo que, como el nombre de una equivocación, un disparate, un engaño o auto-engaño, una falacia o una mentira, se llama, hoy, “populismo”. A ello se opone a veces la noción, presuntamente opuesta, de “república” (por cierto, esa misma oposición revela una comprensión por lo menos muy parcial de ambos conceptos), y otras veces todo tipo de invitaciones a la responsabilidad, a la madurez y a comprender “cómo son de verdad las cosas”. Que ese modo de ser “de verdad” las cosas pueda seguir produciéndonos escándalo es lo que está en la base de un tipo de actitud de disconformidad a la que el poder seguirá llamando, hoy como ayer, “populismo”, y a la que justo por esa razón vale la pena seguir reivindicando. 

*Licenciado en Ciencia Política. Máster en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericano de Ciencias Sociales (FLACSO). Doctor en Filosofía por la Universidad de San Pablo (USP), Brasil.