Luego de una despedida plagada de dramatismo militante, el principal líder de la oposición y hombre insignia del pueblo brasilero, Luiz Inácio Lula da Silva, abandonó la sede de los metalúrgicos paulistas para ir a la cárcel de Curitiba.

Muchas crónicas pueden hacerse sobre las horas críticas antes del encierro, y aún también mucho puede escribirse sobre las polémicas que envuelven los detalles de su detención, dispuesta por el juez Sérgio Moro y ratificada por el Supremo Tribunal Federal

 Sin embargo, preferimos seguir la línea argumental que propone el propio Partido dos Trabalhadores, cuando alertan sobre las tres fases del golpe a la democracia en Brasil (la destitución de Dilma Rousseff, la asunción de Michel Temer y la actual proscripción de Lula). Por ende, nos preguntamos por las consecuencias de silenciar a Lula, tal vez como la marca más significativa de la actual crisis política en Brasil.

Pero antes del silenciamiento carcelario, Lula hizo política. Primero despidiéndose de sus seguidores en “su casa” del sindicato de metalúrgicos del ABC paulista. Sitial donde se formó como dirigente de la oposición a la dictadura hacia finales de los años setenta. Al ubicarse en el centro de la escena, poco antes de su detención, pronunció un discurso que quedará en los anales de las tres décadas democráticas. Aludiendo directamente a la “opción reformista” que llevó al PT al gobierno, luego de tres postulaciones fallidas (1989, 1994, 1998) y las victorias consecutivas desde el 2002.

Por su trayectoria, y por la significación histórica que ella representa, queda claro que no es un gobernante más. Es el síntoma y la síntesis de un proceso democrático que floreció a inicios de este siglo y entró en decadencia, tras la destitución presidencial en los últimos dos años.

 Aún así, en su discurso, tomó distancia de una imagen fatalista. Por eso, no hizo suyas las memorables frases del cuatro veces presidente Getulio Vargas. Si bien ambos dirigentes populares se vieron acorralados por las elites dominantes de su época, Lula no eligió la frase de su antecesor, que dice “no me acusan, me insultan…no me combaten, me calumnian y no me otorgan el derecho a defenderme”. Eligió otra expresión, “saldré de ésta más grande, más fuerte, más verdadero e inocente porque quiero demostrar que fueron ellos quienes cometieron el delito político de perseguir a un hombre que tiene más de 50 años de historia política”.

 Este fin de semana se actualizó el pensamiento de las élites dominantes brasileñas, que no se ruborizan al afectar instituciones democráticas. Y, a su vez, amparan la violencia política que sigue creciendo en el vecino país. Este desprecio por la democracia es el que hoy permite que los militares defensores de la pasada dictadura vuelvan a alzar una voz amenazante.

 Brasil, surgida como imperio y partidaria de una transición “lenta” hacia la democracia posdictatorial, parece seguir inclinada en favor del “estado de excepción” en detrimento del estado de derecho.

 

*Dra. Ciencias Sociales. Investigadora Independiente del CONICET, Coordinadora del Programa de Estudios Críticos sobre el Movimiento Obrero del Centro de Estudios e Investigaciones Laborales (CEIL, CONICET), Docente de UBA y UNLP