El segundo turno de las elecciones de Brasil se destaca por la polarización. Nada más distante de la rutinaria campaña electoral de tiempos normales, cuando los electores se ven enfrentados en alternativas distinguibles apenas por matices y condimentos superficiales. Se rompió el consenso en el país de la cordialidad. Cualquier opinión política expresada públicamente, inevitablemente deriva en réplicas inflamadas de insultos, recriminaciones y amenazas. ¿Cómo explicar esta polarización? ¿Por qué motivos la mayoría de los ciudadanos brasileños probablemente escogerán como presidente a un candidato de incontestables credenciales extremistas? Lo llamativo es que Brasil nunca se destacó como un país particularmente conflictivo en términos políticos.

La política brasileña de los últimos años siguió una senda cada vez más sinuosa hasta desmoronar la economía y colocar al país en el precipicio. Unos años atrás habría resultado imposible imaginar semejante desenlace. Quizás la respuesta deba buscarse en la historia. De todos los africanos que cruzaron el Atlántico hasta las Américas para sumarse a las filas de la esclavitud desde el siglo XVI al XIX, un 46% tuvo como destino Brasil[1]. Desde la abolición de la esclavitud, la ciudadanía siguió siendo el problema central de la política brasileña. Tanto los sucesos que derivaron en el suicidio de Getulio Vargas como el Golpe Militar de 1964 son testimonios de que la conversión de la mayoría de los habitantes en ciudadanos es la frontera que la política brasileña no puede cruzar.

El Partido de los trabajadores (PT), por acción y omisión cruzó el umbral prohibido de la política brasileña. Desde 2004 el salario mínimo nunca dejó de subir, arrastrando al conjunto de las remuneraciones, incluso en años de bajo crecimiento y estancamiento de la productividad. Impulsó transferencias y planes sociales con notorios impactos sobre el consumo y la movilidad social. Promovió la universalización de la enseñanza universitaria y favoreció a las zonas más postergadas del norte y del nordeste. Estas políticas provocaron una reacción cada vez mas enardecida de multimedios, asociaciones patronales, poder judicial y sectores medios. La movilización de estos últimos es comprensible porque son los principales demandantes de servicios personales baratos y precarizados, como mucamas, niñeras, porteros. Los escándalos de corrupción le otorgaron legitimidad moral a motivaciones materiales.


La corrupción en Brasil es endémica toda vez que la dispersión partidaria impide que cualquier partido gobierne apenas con sus representantes. El poder ejecutivo literalmente debe comprar apoyos parlamentarios como condición de gobernabilidad. No debería sorprender que los dos escándalos de corrupción que conmovieron al país en los últimos años, el Mensalão y el Lava Jato, se desencadenaron a partir del desvío de fondos para la compra de voluntades legislativas. El segundo acabó por dinamitar a todo el sistema político brasileño. El gobierno del PT buscó calmar los ánimos mediante ajustes fiscales que derivaron en una depresión económica autoinfligida, circunstancia que invariablemente facilitó el armado de la coalición destituyente. Para el imaginario popular la grave crisis económica fue resultado del robo generalizado que denunciaban los medios de comunicación.

La alianza golpista que encabezó Michel Temer promovió la revancha de clases. Además de continuar con el ajuste fiscal, impuso un techo constitucional al gasto público por 20 años. Promovió una ambiciosa reforma laboral e inició el desguace de activos públicos con privatizaciones. 

La destitución de Rousseff y la detención y proscripción electoral de Luiz Inácio Lula da Silva debían facilitarle el camino a candidatos del establishment financiero y mediático, como Geraldo Alckmin -ex gobernador de San Pablo-, o el actual Ministro de Economía Enrique Meirelles. Pero nada salió como se esperaba. Pese a las reiteradas promesas de recuperación, la economía sigu en depresión y el desempleo se mantuvo en torno a 13%. Todos los indicadores sociales se deterioraron. En 2017 se registraron más de 63 mil homicidios. Para rematarla, la mayoría de quienes promovieron el impeachment también acabaron salpicados por los escándalos de corrupción. La combinación del Antipetismo con el desmoronamiento de las opciones moderadas de la derecha tradicional le allanaron el camino a Jair Bolsonaro, el macho redentor que la crisis brasileña reclama, el salvador del pasado esclavista en peligro de extinción.

 El futuro de Brasil es completamente incierto. No puede excluirse que su dinámica política derive en una dictadura tradicional o incluso en una descomposición social y política que lo transforme en un Estado fallido.

 

*Doctor en Economía y Licenciado en Ciencia Política. Profesor de la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ) en Brasil y de la Universidad Nacional de Moreno (UNM) en Argentina. Twitter: @ecres7