Vivimos en tiempos neoliberales. Pero, al contrario de lo que suele pensarse, no se trata de una época caracterizada por la retirada del Estado sino de una en la que el Estado cobra protagonismo para ponerse al servicio de los sectores dominantes. El Estado neoliberal no se achica, sino que crece para apuntalar una redistribución negativa y, así, mercantilizar espacios que todavía se regían por otras lógicas. 

Sin embargo, así como el neoliberalismo en España no es igual al de Chile, tampoco el neoliberalismo argentino de hoy es igual al de tres décadas atrás. No solo han cambiado los protagonistas y los discursos, también las políticas adoptadas por el gobierno y las formas de socialización son distintas. Pese a todo, hay algo que no se ha transformado: la búsqueda de una democracia sin política.

¿Qué es una democracia sin política? Un sistema político en el que se respetan los derechos y garantías de mayorías y minorías y en el que se sigue eligiendo a los representantes de forma libre y justa, pero en el cual solo se puede escoger dentro de variantes de un mismo modelo.

En una democracia sin política podemos votar a quién queramos, siempre y cuando ese al que votamos no proponga algo distinto que el que ya está en el poder. 

Así, a finales de la década de 1990, a pesar de diferir en cuestiones morales o culturales (el decicionismo vs. el republicanismo, la corrupción vs. la transparencia), los principales líderes acordaban en la necesidad de “mantener el modelo”. Pero no sólo los políticos estaban de acuerdo en sostener la convertibilidad del peso y el dólar; la propia sociedad retrocedía asustada ante la posibilidad de renegar del esquema económico que había logrado adormecer la espiral inflacionaria y le daba la espalda a los que osaban poner en duda que un peso era igual a un dólar.

Con la crisis de diciembre de 2001, el encanto se rompió y retornó la política conflictiva, aquella que habilita elegir entre distintos modelos de desarrollo, de país y de integración regional. Incluso después de 2003, con una situación económica “normalizada”, continuó abierto el debate: setentistas contra noventistas, centroizquierda contra centroderecha, neodesarrollistas contra neoliberales, populistas contra republicanos, fueron distintas formas de encuadrar las discusiones en marcha. 

No es necesario aceptar la idea de que el kirchnerismo implicó una ruptura con el neoliberalismo para comprender que durante el período 2003-2015 hubo espacio para discutir alternativas que trascendían ampliamente lo cosmético. Aún cuando se piense que las presidencias de Néstor Kirchner y Cristina Fernández no hicieron más que continuar con lo que ya estaba, o incluso si se piensa que empeoraron la situación, debe reconocerse que se mantuvo un espacio para discutir alternativas. Y es precisamente ese espacio el que ahora se está cerrando. 

Si lo que pasó debe ser desmantelado por completo, si solo ahora estamos construyendo un país en serio, entonces lo único que está abierto a controversias es quién es el mejor timonel para llevarnos al destino. 

Pensar que solo cabe optar entre dos rutas hacia el mismo lugar es, palabras más, palabras menos, lo que sostuvo hace algunas semanas el presidente del bloque de diputados de PRO, Nicolás Massot, cuando comentó que su aspiración es que el gobierno de Mauricio Macri sea sucedido por peronismo “reciclado” que continúe construyendo sobre las bases establecidas por la alianza “Cambiemos”. 

Hoy, la idea según la cual solo podemos elegir entre variantes de un solo modelo parece estar más presente entre algunos líderes políticos y empresariales que entre la gente de a pie. Sin embargo, en la medida en que el neoliberalismo continúe su marcha de cara al sol, no sería descabellado asistir al retorno de un tiempo de democracia sin política.  

 

*Doctor en Ciencia Política. (UNL-CONICET)