Antes que un grupo social claramente definido, la clase media es una idea de rasgos extremadamente lábiles que un día pueden ser los opuestos de los que parecían ser la noche anterior. Así, la clase media puede parecer egoísta o solidaria, esforzada o parasitaria, sacrificada o hedonista; puede ser asalariada y no llegar a fin de mes o “emprendedora” y ahorrar en dólares. Infructuoso resultará entonces formular preguntas del tipo ¿qué ideas tiene la clase media? ¿es la clase media indefectiblemente gorila? ¿es acaso saludablemente democrática? Preguntas que parten de la supuesta existencia de un sujeto homogéneo y coherente que no es tal.

Como idea, sin embargo, la clase media puede tener gran presencia en nuestras sociedades y considerable influencia histórica (como organizadora de opinión, formadora de identidades, dadora de sentido). Y esto gracias a ciertas características de la clase media en tanto que idea.

La idea de clase media posee un claro carácter normativo y expansivo que tiende, en extremo, a representar a todos en lo que pasaría a ser una sociedad sin clases. Este fenómeno se potencia al conjugarse con otra poderosa idea: la del justo medio, que sostiene que en el centro –y no en los extremos, caracterizados por la idea de exceso- se encuentra el bien, el equilibrio, la virtud. Ambos aspectos (su carácter normativo y el virtuoso justo medio) constituyen elementos centrales del dispositivo clase media y su asociación con tendencias igualitarias. En efecto, la idea de clase media suele asociarse con la idea de sociedades igualitarias y, por el contrario, las sociedades extremadamente desiguales suelen asociarse con la ausencia de clase media.

Paralelamente, sin embargo, la misma noción actúa en sentido contrario. En primer lugar, porque ese carácter normativo es, al mismo tiempo, un poderoso constructor simbólico de desigualdades: si por un lado enmascara, bajo el manto de una misma clase, desigualdades existentes, por el otro las genera, puesto que todo lo que no entra en la norma de clase media aparece tanto más monstruoso y abominable cuanto más extendido es el consenso acerca de lo normal como de clase media. Dicho de otro modo, aquél que no se parece a “nosotros”, que no parece de clase media, tiende a no parecer tampoco muy normal y por lo tanto deja de ser sencillamente diferente para ser un otro al que tememos y/o discriminamos.

En segundo lugar, existe una fuerte asociación entre clase media y origen europeo. Entiéndase bien: no es que la clase media sea “blanca” y de origen europeo (por contraposición otros no-blancos) sino que la idea de clase media tiende a coincidir con la imagen del humilde inmigrante europeo que luego de mucho trabajo y grandes sacrificios logró el anhelado ascenso social. Por contrapartida, los colectivos no europeos encuentran dificultades para ser incluidos en esa idea de clase media, alimentando de tal modo las formas de desigualdad étnico-raciales características de América Latina en general y de Argentina en particular. Así, la idea de clase media, que suele asociarse con tendencias igualitarias, puede operar al mismo tiempo en sentido contrario: produciendo, ocultando y reforzando desigualdades. Por eso, antes de preguntar qué ideas tiene la clase media, quizá debiéramos interrogarnos por las ideas que nosotros portamos acerca de la clase media.

 

*Historiador (UNLP). Ha publicado, junto con Sergio Visacovsky, Moralidades, economías e identidades de clase media(Antropofagia, 2009