¿Qué son las emociones? Con frecuencia se responde a esta pregunta considerándola como lo opuesto a lo racional. Desde esa perspectiva, las emociones son respuestas meramente fisiológicas, positivas o negativas, inconscientes e inmediatas que se dan ante algún estímulo del entorno. Frente a tal formulación, emociones como la ira, el miedo, la alegría, etc., son reacciones que ocurren y percibimos antes de que se pueda darse en nosotros algún proceso cognitivo como es tener una idea o emitir una opinión sobre alguien; es más, no sólo son anteriores sino que es común pensar que son corruptoras o degradadoras del conocimiento, la reflexión y el buen juicio. Se suele poner bajo sospecha a las emociones porque remiten a nuestra naturaleza animal más primitiva. Y en efecto ¿cómo podría haber buen juicio si la dimensión animal (emocional) estuviese involucrada en nuestro discernimiento? No es extraña aquí la frase del sentido común que dicta: “debo pensarlo fríamente”.

Por otro lado, las neurociencias han mostrado que las emociones no son lo opuesto a la razón sino que constituyen  programas complejos de acción que fueron formados por la evolución y que “guían” en gran parte a nuestros razonamientos. Desde esta perspectiva, diríamos que “escuchamos a nuestro corazón” o, en otras palabras, que las emociones están evolutivamente cargadas en nosotros como si fuese una especie de código básico de software sobre las que se  escriben nuestras ideas. Nuestros razonamientos pueden pensarse entonces, como tramas de sentidos en los cuales las emociones han vertido desde un inicio una cierta valoración dentro de ese entramado.

Emociones políticas. Las interpretaciones que hacemos de ciertas situaciones políticas, sociales y familiares nunca están ajenas a nuestras emociones primarias sino que más bien son consideraciones que responden en gran parte a nuestro registro emocional. Los razonamientos que propician las emociones dan por resultado determinadas formas de respaldo que reproducen más y más emociones de ese tipo. Podemos decir que las razones se utilizan en gran medida para “racionalizar” una emoción que puede ser de aceptación o de desprecio hacia alguien. Nada de esto le es ajeno a los medios de comunicación, asesores políticos y publicistas quienes buscan reforzar, en el perfil de sus electores o consumidores,  un conjunto de argumentos que estén al servicio de las emociones escogidas. Así visto, las emociones juegan un papel significativo en términos políticos ya que pueden motorizar el encuentro como el desencuentro con los otros. Las emociones pueden motorizar demandas de justicia, reclamos de cambios en políticas económicas, salud, alimentación infantil, etc. o la creación de bandos - buenos vs. malos-, estigmatización de sectores, falsos maniqueísmos. La relación entre razón y emoción debe pensarse en términos dinámicos donde la razón pueda revisar simplificaciones argumentativas, la instalación de creencias o prejuicios falsos, y puedan modificarse tanto ideas como emociones.

Entiendo que es responsabilidad de los medios de comunicación y de los principales protagonistas políticos orientar sus acciones a un tipo de diálogo público conducente en el que no sea extraño que puedan abrirse procesos que disminuyan o superen visiones sesgadas sobre la diferencia. Cuando sólo se ahonda en la grieta o se busca todo el tiempo generar emociones negativas, la cultura política democrática se empobrece.


*Docente-investigador Universidad Nacional de La Plata; Universidad Nacional de Quilmes. Director de la Maestría en Filosofía UNQ.  Autor del libro Sobre la despenali¬zación del aborto (2013) y co autor de Conocimiento, arte y valoración: perspectivas filosóficas actuales (2016) e Ideas y perspectivas filosóficas (2017). Algunos de sus trabajos están disponibles en https://unlp.academia.edu/DanielBusdygan