Las últimas encuestas de intención de voto elaboradas por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en España arrojan una considerable ventaja para el PSOE. Estos datos han suscitado una furiosa polémica, ya que el nuevo director del CIS ha cambiado la cocina, esto es, la forma de estimar la intención de voto a partir de las respuestas a la encuesta. Sin embargo, la polémica ha eludido dos preguntas esenciales.

Primera pregunta: ¿Por qué se deben cocinar los datos? Porque crudos son indigeribles. Las respuestas a una encuesta no son meros reflejos de las acciones o pensamientos de la población encuestada. Las distorsiones entre la realidad y lo que recoge la encuesta son múltiples. Muchas personas no se dejan encuestar. Numerosas preguntas y respuestas se interpretan de manera distinta por diferentes encuestados (así, ¿qué significa “estoy satisfecho con mi trabajo”?). Pero la distorsión más grave es el sesgo de deseabilidad social: solemos seleccionar aquellas respuestas que nos presentan bajo una luz más favorable. Así, en las encuestas usualmente nos quitamos kilos cuando nos preguntan por el peso, simulamos comer más sano de lo que realmente comemos, dedicar más tiempo a nuestros hijos, estar mejor informados, ser más cultos, más ecologistas, menos machistas o menos racistas de lo que realmente somos. Estas distorsiones hacen necesario cocinar los datos de las encuestas electorales -y cocinar, como sabemos, no es una ciencia-.

Segunda pregunta: ¿Por qué se pueden cocinar los datos electorales? Porque aquí es posible contrastar las encuestas con la realidad. Tras las encuestas vienen las elecciones y la diferencia entre ambas sirve -imperfectamente: la realidad sufre continuos cambios- para corregir futuras estimaciones. Aquí las encuestas electorales se distinguen radicalmente de muchas otras encuestas -especialmente de las que supuestamente miden actitudes, opiniones, valores-,en éstas no hay posibilidad de corregir las distorsiones. Sus datos quizás sean reflejos o espejos de los pensamientos de la población encuestada, como fantasean sus defensores: pero espejos distorsionados, resquebrajados, embarrados.

Las ciencias sociales trabajan con muchos tipos de datos numéricos. Todos tienen sus distorsiones. Los censos o registros administrativos suelen tener menos que las encuestas -donde dependemos de la veracidad de los encuestados-. Entre las encuestas, las electorales presentan varias características que las hacen más de fiar. Por un lado, hay menos margen para interpretaciones diversas de preguntas y respuestas por los encuestados; el enunciado “votar al PSOE” significa lo mismo para todos: depositar en la urna una papeleta con el nombre “PSOE”. Por otro, hay poco sesgo de deseabilidad social -cada uno suele votar lo que en su círculo se considera más deseable-. Además, sus estimaciones se corrigen constantemente con los resultados electorales. A pesar de todas estas circunstancias favorables, las estimaciones necesitan siempre cocina e incluso cocinadas pueden fallar estrepitosamente.

Si esto ocurre con las encuestas en las que más podemos confiar, ¿qué pensar de aquellas que reúnen las características contrarias? Así, las encuestas de opiniones o actitudes acumulan todos los problemas. Muchas veces preguntas y respuestas son interpretadas de distintas maneras por distintas personas -y el analista debe imaginarse el sentido de las respuestas-. A menudo presentan enormes sesgos de deseabilidad social: en muchos ámbitos hay opiniones buenas y malas. Además, la encuesta anula toda nuestra ambivalencia: frente a los numerosos matices y vaivenes que sufren nuestros pensamientos y posicionamientos, nos obliga a colocarnos en una escala unidimensional. Por último, no hay posibilidad de corregir errores, de contrastar con la realidad: el analista ha de especular ante los reflejos deformados que la encuesta le ofrece y fabular personajes e historias tras las sombras distorsionadas de sus datos.

Muchos analistas exhiben arrogantes esas encuestas. Aplicándoles complejas fórmulas matemáticas presagian futuros acontecimientos alardeando de cientificidad. Pero sus afanes cabalísticos con sombras distorsionadas evocan las meticulosas fabulaciones de los alquimistas.

 

*Sociólogo. Profesor en la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla, España)