En Un cuarto propio, publicado en 1928, Virginia Woolf presenta una anécdota que sintetiza la relación histórica de las mujeres con los espacios educativos: al querer entrar a la biblioteca de la universidad, un guardia la interceptó y le pidió que se retirara, ya que solo podían entrar mujeres si estaban en compañía de un profesor o si tenían una carta de presentación.

A noventa años de esa situación y a cien años de la Reforma Universitaria, la situación ha mejorado, pero aún está muy lejos de ser igualitaria. El feminismo está hace años, décadas y siglos, tocándole la puerta a la universidad en reclamo por la desigualdad y la exclusión que ha sabido ejercer. En un contexto en el que se encuentra altamente movilizado y en conquista de nuevos derechos, es imperante preguntarse por el sistema universitario.

La crítica feminista a la universidad tiene varias aristas. Una de las más claras es aquella que pone en evidencia el sesgo androcéntrico del conocimiento científico, que siempre se pretendió objetivo. Tiene sentido: quienes han producido ese conocimiento han sido, excepto contados casos, hombres, blancos, heterosexuales de clase media o alta. A pesar de que existieron y existen epistemólogos y epistemólogas que se dedican a estudiar el tema, no suelen estar presentes en los planes de estudio, a menos que se trate de algún curso específico sobre géneros, feminismos y ciencia y esto cuando existe un curso dedicado al tema ya que uno de los problemas principales es la omisión en las currículas sobre la temática, tanto en la ausencia de espacios curriculares para el estudio específico de dicho campo como en la problematización transversal que debe existir en todo el conocimiento en general.

Otra arista del problema es el acceso por parte de las mujeres a cargos directivos en las universidades o instituciones de investigación. A pesar de que Latinoamérica tiene la mayor cantidad de participantes femeninas a nivel mundial, en el espacio científico esto no se refleja en la ocupación de cargos ni en su permanencia en las carreras científicas. La Facultad de Ciencias Sociales recién tuvo una decana mujer, Carolina Mera, para el periodo 2018-2021, a 30 años de su creación.

Si han sido los varones quienes han monopolizado la ocupación de estos espacios, es evidente que existen prácticas excluyentes y desigualitarias que dificultan a las mujeres, o a cualquier sujeto no hegemónico, a acceder a esos puestos de toma de decisión. Esto es lo que se conoce comúnmente como “techo de cristal”. Si los cargos directivos no son ocupados por personas conscientes de los sesgos de géneros operantes, es poco probable que se formulen políticas públicas que puedan revertir esta situación desigualitaria. 

Asimismo, las mujeres que sí acceden a cargos directivos se enfrentarán con la reproducción de estereotipos de género. Como han estudiado Virginia García Beaudoux y Valeria Edelsztein, estos estereotipos son utilizados no sólo para cuestionar la capacidad y el mérito de las mujeres para ejercer cargos, sino también para ingresar y permanecer en ciertas áreas académicas que han sido construidas como “masculinas”, como por ejemplo, las ingenierías o las ciencias exactas.

Otro aspecto importante a mencionar es que esta situación de desigualdad también ha habilitado que se ejerzan dentro del espacio educativo violencias basadas en el género. Por lo tanto, revertir la situación implica entender que la universidad también comprende las relaciones sociales que se dan dentro de ella y que éstas son relaciones de poder desigualitarias, por lo que hay que crear regulaciones que den marcos de contención para las víctimas e implementar políticas públicas para erradicar esta violencia.

Si bien ya han comenzado a tomarse ciertas políticas públicas universitarias al respecto, como la incorporación de materias sobre feminismo o estudios de género y la implementación de protocolos contra la violencia de género y orientación sexual, estas medidas no alcanzan a cubrir las demandas feministas que han tenido lugar en los últimos años y han dado cuenta de los sesgos androcéntricos y las estructuras patriarcales de nuestras instituciones educativas y gubernamentales.

No obstante, el diagnóstico no desanima la lucha y la organización para lograr el reconocimiento de nuevos derechos y de una nueva educación basada en la igualdad de géneros crece cada día. Tanto que, a cien años de la anterior, nos hace creer que es posible llevar adelante otra reforma universitaria; esta vez, feminista.

 

* En colaboración con Gabriela Muriel de Lima. Licenciadas en Ciencia Política - UBA