Tengo 33 años y desde los cinco que soy estudiante. Cursé jardín, primaria, secundaria, Licenciatura en economía, Maestría en economía y, finalmente, Doctorado en economía. Siendo más preciso, debo decir que era estudiante: la semana pasada finalicé mi Doctorado en la Universidad de Cornell (Estados Unidos) dando fin a mi extenso ciclo educativo con la firme convicción de no volver a rendir un examen escrito en lo que me resta de vida.

Nací en una pequeña ciudad del este mendocino, hijo de una maestra de escuela y del dueño de una histórica pizzería del centro del pueblo. Reflexionando en estos días sobre el camino recorrido desde adolescente irresponsable en mi ciudad a doctor en Estados Unidos, me di cuenta de que fui un privilegiado por las oportunidades que el sistema escolar argentino puso frente a mí. Principalmente, su desprestigiada gratuidad y su fácil acceso.

A pesar de haber pasado más de un cuarto de siglo recorriendo aulas, nunca pagué por ello. Todas las instituciones a las que asistí en Argentina son escuelas y universidades públicas, desde las que obtuve una beca en Estados Unidos donde incluso recibí un sueldo por estudiar. De haber nacido en un contexto similar en muchos otros países de la región, los costos de la universidad hubieran sido altísimos, y el acceso a la universidad pública prácticamente imposible para mí por la alta competitividad por cada uno de los escasos lugares.

No fui un estudiante ejemplar ni en la primaria ni en la secundaria, aunque tampoco fui desastroso. Me conformaba con aprobar y pasar de año sin deber ninguna materia. Mi promedio se alejaba de los mejores estudiantes, pero afortunadamente nunca importó para el ingreso a la universidad pública. En lugar de crear cuellos de botellas, la política de ingreso universitario argentina construye puentes que ponen en igualdad de condiciones a todos los aspirantes que automáticamente se convierten en ingresantes.

En otros países el futuro de los chicos se dirime exclusivamente en la escuela primaria y secundaria, donde las malas decisiones abundan en contextos adversos. Basta conversar con indios, chinos o incluso americanos, y preguntarles por su etapa en la escuela secundaria: sólo recuerdan la presión casi insoportable de sus padres, quienes los obligaban a estudiar la mayor parte del día en vistas de rendir el examen de acceso a la universidad, carentes de vida social, y muchas veces sin practicar deportes ya que sus padres temían que una lesión los obligue a perder días de clases. El estudio compulsivo en niños y adolescentes es el único medio de movilidad social ascendente, disponible para el pequeño número que es capaz de sobrellevar esa pesada carga a tan corta edad.

En cambio, si se le pregunta a la gran mayoría de argentinos por su colegio secundario, una sonrisa se dibuja en su rostro y puede pasar horas contando anécdotas con amigos que son para toda la vida. Como adolescente, nunca me sentí forzado a elegir entre invertir en el futuro o vivir mi presente. La verdadera carrera hacia el ascenso social, la que realmente importó, empezó en la universidad, donde ya tenía la madurez para asumir esa responsabilidad. Antes sólo estaba precalentando y tomando impulso.

Sin la gratuidad y el acceso al sistema universitario argentino hubiera sido casi imposible progresar en mi etapa educativa. Y no me considero de ninguna manera un caso especial; en cualquier universidad que he visitado en Estados Unidos encuentro muchísimos compatriotas estudiando doctorados que también son la primera generación de universitarios, y muchos proceden de pequeños pueblos del interior. Esto no es común en otros países de América Latina, ni en Estados Unidos, donde el costo y el sistema de ingresos a la universidad es cada vez más competitivo y un chico debe vestirse de superhéroe para llegar a una institución de calidad si proviene de un barrio marginal o de una pequeña ciudad.

En nombre de incontables casos como el mío, te doy gracias Argentina. Estoy en deuda contigo y prometo retribuirte un día todo lo que has hecho por mí.

 

* El autor acaba de finalizar el doctorado en economía en la Universidad de Cornell (Estados Unidos), y es investigador afiliado del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS). Es uno de los autores del libro Crecimiento, empleo y pobreza en América Latina, publicado por Oxford University Press. Twitter: @djjaume_econ