De los pobres sabemos todo: en qué no trabajan, qué no comen, cuánto no pesan, cuánto no miden, qué  no tienen, qué no piensan, qué no creen…

Sólo nos falta saber por qué los pobres son pobres… ¿Será porque su desnudez nos viste y su hambre nos da de comer?”

                            Los hijos de los días. Eduardo Galeano, 2012

              

Las villas, discriminación y desprotección

Las villas nacieron en Argentina alrededor de 1930. En ese entonces se llamaron “villas de emergencia”  porque se suponía que serían transitorias. Pero no lo fueron.

La dictadura las erradicó violentamente, derribando casas y pertenencias con topadoras y obligando  a los habitantes a irse a otras tierras. Fue una política sin ninguna alternativa de reubicación, una expulsión forzosa que arrojó a la gente a su propia suerte. Algunos volvieron a sus provincias, otros engrosaron la población del conurbano bonaerense.

Desde 1983, con la vuelta a la democracia, se intentaron diversos planes de urbanización de las villas, siempre por debajo de las demandas y necesidades, mientras la población seguía, y sigue,  incrementándose.

No existe información certera sobre la cantidad de gente que hoy vive en las villas, por eso la organización Techo Argentina realizó en 2016 un relevamiento en CABA, que arrojó un resultado de 48 villas con 82.585 familias. Estas cifras superan las de 2013 en 3 villas y 2000 familias más.

A medida que crece la población en las villas también crecen los discursos y las prácticas xenófobas. Se responsabiliza a los inmigrantes de ocupar los puestos de trabajo locales y de utilizar los servicios públicos como la educación y la salud.

Los jóvenes cuentan que cuando se postulan a un trabajo no dicen nunca que viven en la villa porque “no les gusta”. Enseguida asocian a los villeros con delincuentes, sucios, borrachos, vagos: se los estigmatiza.

En un reciente artículo de la periodista Gisela Marziotta (Página 12, Sociedad, pag.16, 26 de abril de 2018) menciona que "más de 100.000 personas alquilan habitaciones sin baños, sin cocina y de tan sólo cuatro o seis metros cuadrados en las villas de la Ciudad de Buenos Aires. Los valores de estos alquileres van desde  2500 pesos hasta 6000 y el precio sólo depende de la voluntad del dueño. Para las familias numerosas la situación es más grave, ya que en algunos casos deben alquilar varias habitaciones, en otros vivir en condiciones de hacinamiento o bien renunciar a la posibilidad de vivir bajo techo". 

 Mate cocido con pan

Josefa está en su casa con 3 de sus 5 hijos. Los dos más grandes, Jonatan y María de los Milagros (12 y 14 años) salieron a cartonear. La más pequeña, Luján, toma la teta. Nahuel, de 2, está sentado en  su cochecito tratando de desarmar un sonajero desteñido. Y Enzo, enormes ojos negros, de 7, está haciendo los deberes sobre la cama.

Juan Carlos, el marido, está preso hace dos meses porque uno de sus compañeros del supermercado donde trabajaba como repositor, lo acusó de llevarse mercadería a su casa. Algo que Josefa desmiente, sin lograr que alguien la escuche. Tampoco le dicen si lo van a largar o no.

“Sólo Enzo va a la escuela, a mí me gustaría que vayan los más grandes también, pero la verdad es que no puedo, necesito que ayuden. Me da lástima por Milagros, a Jonatan mucho no le da la cabeza y cuando no alcanza para todos, va a la escuela el que le da la cabeza, en mi casa fue igual. Y yo sólo fui hasta tercer grado y apenas me acuerdo de leer y escribir”.

Josefa trabaja como empleada doméstica pero no puede hacerlo muchas horas porque debe dejar sus hijos pequeños al cuidado de una vecina y pagarle unos pesos. No le alcanza.

El único ambiente, de piso de barro, no tiene mesa ni sillas. Hay algunos juguetes rotos desparramados y un fuerte olor a humedad. Dibujos de Enzo decoran la pared de entrada.

“Es muy chiquito esto para todos, dice sonriendo con tristeza y escondiendo la boca porque no quiere que se le vean los dientes que le faltan. Para comer nos vamos turnando en la cama, en el suelo no me gusta que se sienten los chicos porque se ensucian demasiado mucho y no puedo bañarlos todos los días a todos. Pero están yendo a comer  otra vez al comedor comunitario, y  a la noche nos arreglamos con mate cocido y pan. Durante el día hago lo que hay que hacer pero cuando todos se duermen, lloro despacito,  no quiero que me escuchen”, concluye Josefa.

Violencias

En 2014 escribí un libro llamado “Bilma Acuña, historia de un manantial. Una biografía social” que cuenta la historia de vida de Bilma, una dirigente social, líder comunitaria y referente barrial de Ciudad Oculta. En muchas tardes de mates y entrevistas Bilma me enseñó sobre la pobreza mucho más de lo que ya sabía por mi formación de socióloga y mi vida profesional. Me enseñó de qué manera incide en la vida cotidiana de las personas, cómo las marca, cómo construye su subjetividad, cómo se deteriora su autoestima.

“¿Sabés que es violencia? Violencia es que se te chorree el agua adentro de la casa cuando llueve o depender de que te den la comida en un grupo comunitario. Eso es violencia”

Es su primer testimonio del libro. Hablamos mucho sobre las violencias. Las violencias de la pobreza.

Violencia de género, por tener que soportar a un padre violento, y de ahí sin tregua pasar a un marido golpeador. La naturalización del lugar de la mujer como sometida. La naturalización del patriarcado.

Violencia en el espacio, callecitas angostas, donde no hay espacio para que pasen los autos, donde las ambulancias no pueden entrar y los médicos tienen miedo. Las muertes evitables se cuentan de a cientos en los barrios pobres.

Violencia en el tiempo, los chicos se hacen adultos demasiado pronto, por tener que salir a trabajar o por la responsabilidad de cuidar a sus hermanos más pequeños. Todo antes de tiempo, también la desilusión y la desesperanza.

Violencia entre los chicos, que repiten el  modelo aprendido de gritos y golpes. El refugio en el consumo de paco, la “droga de los pobres”; esa sustancia que se inhala y que consuela mientras dura el efecto, pero que va dañando con prisa y sin pausa el sistema neurológico, dejando secuelas irreversibles.

Violencia del gatillo fácil, en cualquier situación donde aparece o participa un pobre, es inmediatamente sospechado de culpable y rápidamente aceptado por una sociedad insensible y cruel que se lo puede –y debe- balear, de cualquier manera. Por lo que hizo, o por lo que podría llegar a hacer.

Hablamos de personas pobres, de personas con piel oscura o mestiza que llevan el estigma de ladrones; hablamos de chicos, jóvenes y mujeres pobres que nacen y crecen en la violencia y en la privación, con puertas que nunca se abren para ellos, con sueños que no podrán cumplir. ¿No será que corresponde rescatarlos?

Ni changa

Salvador está sentado en una silla de paja y patas blancas despintadas en la puerta de su casa. Toma mate. Está solo, con las manos ajadas y la mirada perdida.

“No pensé que me iba a pasar otra vez. Tengo 47 años, lo único que sé hacer lo aprendí de mi padre, que era herrero, y se lo enseñé a mi hijo. Últimamente estábamos haciendo en el taller unas rejas que, así como me ves, las inventé yo mismo. El patrón las vendía a los countries y a los barrios privados, porque parece que todo el tiempo entran a robarles. Ponen alarmas modernas pero también quieren rejas porque tienen miedo. Nos venía diciendo, el patrón, que las cosas no andaban bien, pero nunca pensamos, ni mi hijo ni yo que iba a cerrar el taller. Buen hombre el tipo. Pero si la plata no alcanza, no alcanza, bien lo sabemos nosotros. Ahora no sé, siento vergüenza de estar sentado aquí a las 4 de la tarde tomando mate. Me parece que todos me miran y piensan que soy un vago, pero qué quiero yo más que trabajar.  A lo mejor mi hijo puede aprender otra cosa y salir a flote, pero yo no creo”.

“Estoy buscando….pero ni changa encuentro”, cierra Salvador.

 El suicidio

En el año 1996, mientras realizaba un estudio sobre condiciones de vida y de trabajo de las clases populares en la provincia de La Rioja, fui al Ministerio de Desarrollo Social a hacer una entrevista. Una cola interminable de personas, vestidas muy humildemente, esperaban su turno ante una ventanilla. Fue allí donde escuché por primera vez, o tal vez por primera vez presté especial atención, a la frase “vengo por el suicidio”, que luego escucharía tantas veces más.

Literalmente es una confusión entre la palabra suicidio y subsidio. Pero supuse –supongo- que es algo más. Empecé entonces a pensar qué asociación podría establecerse entre ambas palabras.

Mucha gente cree, o le hacen creer, o le conviene pensar que es así, que los subsidios sólo sirven para alimentar la vagancia de los pobres. Porque el subsidio a los ricos tiene muy buena prensa. Mientras el Programa Trabajar, por ejemplo, estuvo vigente en la década de los 90, la gente lo sigue mencionando como si se implementara hoy día. En realidad lo que quedó vigente fue su impronta y el prejuicio que despertaba: que los pobres tienen trabajo pero no quieren estar en blanco porque pierden “el plan”. Sigue teniendo vigencia el prejuicio que los rotula como vagos. A todos.

Lo que sucedía entonces era que “el Plan”, así como otras políticas de la misma década, (Jefes y Jefas de Hogar, por ejemplo) fueron diseñados como alternativas de respuesta a  la emergencia y, por tanto eran transitorios hasta que los llamados beneficiarios consiguieran trabajo. Por eso establecía que quien consiguiera trabajo debía darse de baja del Programa y no podía darse de alta nuevamente.

Los trabajos que conseguían habitualmente eran inestables, precarios, o changas, entonces, temiendo perder el derecho a un nuevo subsidio, la gente prefería trabajar en negro y mantener el aporte. De ahí su reticencia a perder “el plan”.

Los pobres son suicidados, es verdad. Cuando un “mercado laboral”, que, como si tuviera vida propia, los excluye. Cuando las clases medias y altas desvalorizan y llenan de prejuicios sus privaciones como si fuera algo individual, elegido, resultado de su falta de esfuerzo o de cultura del trabajo. Y cuando el Estado no asume que el subsidio –u otras formas de política pública para su protección- es un derecho y que le corresponde intervenir para compensar las inequidades. 

 

*Socióloga y psicóloga social. Directora Ejecutiva de Crisol Proyectos Sociales.