La precariedad de los cuerpos que trabajan, la defensa de esos cuerpos. Esas luchas cotidianas por llevar el pan a la mesa han sido relatadas numerosas veces desde la historia, los estudios del trabajo y las ciencias sociales, pero siempre en masculino. El varón proveedor organizó no solo las representaciones sobre el trabajo, sobre el buen trabajador, sino que permitió legitimar un orden capitalista y patriarcal, que ordenaba a la sociedad en una familia constituida por un varón que tenia la responsabilidad de ser el sostén económico del hogar, y una mujer cuyas obligaciones y responsabilidades se limitaban a las tareas necesarias para garantizar esa fuerza de trabajo.

Hasta aquí, una historia que se repitió y aun repite, como verdad revelada, como si el mundo del trabajo hubiese sido eso y nada mas que eso, desde sus orígenes. Las cientistas sociales feministas nos han enseñado a desconfiar de esos “hechos”. La invisibilización de las mujeres en el mercado laboral, así como de otras corporalidades disidentes, ha sido una constante que empezó a ser revertida por diferentes expresiones del movimiento de mujeres, desde la academia y también fuertemente desde las organizaciones y espacios de militancia.  

En los últimos tiempos, breves, intensos, este movimiento ha avanzado sobre espacios de participación tradicionalmente vinculados al mundo del trabajo como las organizaciones sindicales, las cuales producto de la división sexual del trabajo, no han sido una excepción en esta historia de invisibilizaciones. Ese movimiento de mujeres de fuerza arrolladora, atraviesa el sindicalismo propugnando transformaciones que resultan incontestables. Parte de esa creciente participación se cristaliza en la intersindical de mujeres, un frente transversal en el que se agrupan Mujeres Sindicalistas de la CFT junto a la CTA, CGT, CTEP y CNCT. Todas estas organizaciones son las responsables de elaborar el proyecto de “Ley de Equidad de Género e igualdad de oportunidades en el trabajo”, que fue presentado en el mes de junio en el Congreso de la Nación y tiene como objetivo cerrar la brecha salarial en Argentina a traves de  la creación y mejora de las licencias, asi como propiciar el establecimiento de políticas de cuidado que favorezcan la inserción de las mujeres en el mundo del trabajo registrado.

Sin embargo, la participación laboral de mujeres, lesbianas, travestis y trans supone siempre enfrentarse a estereotipos de género tanto en el campo profesional y laboral como en el de la militancia sindical y política. Las mujeres ocupamos no solo las posiciones mas precarias en el mercado laboral sino que también percibimos los salarios mas bajos. La brecha salarial entre varones y mujeres es, en ese sentido, de un 27% en Argentina (según un informe del CEPA de marzo de 2018). Esas características no pueden escindirse de las responsabilidades de cuidado que quedan en manos de las mujeres, quienes ocupan 5,7 horas diarias en el cuidado de niñxs, adultos mayores y de realizar las diversas tareas vinculadas al cuidado del hogar. Mientras que los varones solo destinan 2 horas de su tiempo a dichas tareas (informe CEPA, 2018). Es en ese sentido, que la doble jornada configura la forma en que las mujeres se insertan en el mercado de trabajo, por un lado en relación a la cantidad de horas que pueden destinar a una ocupación, y también por el tipo de ocupaciones en las que se insertan.

Para aquellas mujeres que forman parte de los sectores de menores ingresos, las condicionalidades derivadas de la responsabilidad de cuidado atraviesan y dan forma desde muy temprano a sus trayectorias laborales y a las posibilidades de encontrar inserciones con mejores condiciones, que les brinden protección social y previsibilidad para ellas y sus hijxs. De acuerdo a un estudio realizado por Francisca Pereyra y Ariela Micha, en base a datos de la EPH para el año 2016, las mujeres ocupadas –entre 15 y 60 años- de nivel socio-económico bajo (definido en función del menor nivel educativo alcanzado por el/la jefatura del hogar), se insertan en: el servicio doméstico 21,7%, venta y comercialización 15,9%, servicios de limpieza no domésticos 9,9%, ocupaciones administrativas 7,1%, servicios de estética 6,5%, seguidas por maestras y auxiliares de educación inicial y primaria; producción industrial y artesanal, servicios gastronómicas, y ocupaciones de la salud no profesionales. En todos los casos se trata de ocupaciones feminizadas o en donde las mujeres tienen asignadas las tareas vinculadas a los estereotipos “femeninos”, con un alto componente de “trabajo de cuidado”. A su vez, se trata de ocupaciones atravesadas por fuertes dinámicas de desigualdad de raza, genero, sexo y clase, entre otras. 

Las inserciones se producen generalmente en ocupaciones informales, en las que las condiciones laborales son precarias, alejadas del acceso a los derechos y beneficios de la relación salarial. Estas condiciones no solamente condicionan las posibilidades de acceder a empleos estables y protegidos, sino que contribuyen a reforzar dinámicas de precarización que en muchos de los casos atraviesan no solo las vidas de las mujeres jefas de hogar sino también las de sus hijas. La intersección de formaciones educativas inconclusas, trayectorias por trabajos precarios, informales, mal remunerados, que requieren escasa calificación, reproducen esas trayectorias, que en gran parte alternan entre ocupaciones diversas en tareas de limpieza.

Desde los relevamientos propios realizados a partir de los proyectos de investigación en los que participo, vinculados al estudio de las dinámicas de participación de las mujeres de sectores populares en el mercado de trabajo, observamos que entre mujeres ocupadas en el servicio doméstico, la peluquería aparece como un horizonte posible, que aparece como la oportunidad de alejarse de ocupaciones de profunda desigualdad como el servicio doméstico. El aprendizaje de un oficio, la “posibilidad” de trabajar sin patrona, y sobre todo la posibilidad de desarrollar una actividad a partir de la cual realizar una tarea que posea reconocimiento positivo, se cuentan entre las motivaciones para que muchas mujeres piensen este espacio como una alternativa laboral deseable. Y la oportunidad de poder continuar una formación profesional se vincula también con el desarrollo de un espacio de sociabilidad que trasciende a su trabajo, su familia y sus ocupaciones cotidianas. 

Aun cuando concluir la formación en alguno de los oficios de estética o peluquería no garantice el acceso a un empleo estable con beneficios sociales y seguridad, asistir a estos espacios representa para muchas de estas mujeres la posibilidad de encontrar un tiempo y lugar para ellas, un tiempo propio. Con ello, no queremos decir que se modifique la precarización de sus situaciones ocupacionales, pero si que en las trayectorias relevadas, ese pasaje les permite abrir mundos de referencias y significación distintos a sus tránsitos cotidianos. Los espacios de formación profesional resultan entonces espacios de acceso a información, experiencias y saberes que pueden incidir en las trayectorias no solo educativas y laborales de estas mujeres. Frente a eso podemos plantear el interrogante sobre la forma en que dichos espacios de formación profesional puedan constituirse también en espacios de circulación de experiencias que desde las trayectorias individuales, puedan confluir en la construcción de un saber colectivo y feminista. Y contribuir a desarticular los circuitos de reproducción de las desiguales inserciones laborales.

 

*Investigadora CONICET – ICI/ UNGS