Un nuevo 1 de Mayo, Día Internacional del Trabajador, es la fecha más propicia que nunca para reflexionar sobre las nuevas perspectivas que se abren ante dicha conmemoración a raíz de los profundos cambios sociales que se han producido en el mundo laboral.

Las pésimas condiciones de trabajo de los albores del siglo pasado y la insuficiencia o ausencia de normas jurídicas que protegieran a los trabajadores llevaban a injusticias inaceptables.El avasallamiento de los derechos de la clase obrera constituía una afrenta a su dignidad a la vez que caldo de cultivo para la aparición de líderes mesiánicos que aprovechaban el descontento popular para instalar regímenes antidemocráticos.

Es así que a mediados del siglo XX, luego de la Segunda Guerra Mundial, surge el llamado Constitucionalismo Social, que reconoce la multiplicidad de derechos laborales, sociales, previsionales y gremiales tal como los conocemos hoy en día.

Bajo el paradigma dominante en ese entonces, y en gran parte vigente aún, se presume cierta inmutabilidad en las distintas clases sociales, modalidades de trabajo más o menos esquemáticas y pocos cambios de fondo. En otras palabras, el trabajador iba a ser siempre trabajador, los cambios de trabajo iban a ser relativamente pocos durante su vida laboral útil y las condiciones laborales podían ser fácilmente regulables de manera uniforme en horas máximas, plazos de vacaciones y licencias y remuneraciones básicas.

En definitiva, esa concepción estática fue hija de una época de pleno empleo que no previó los fenómenos del desempleo, subempleo e informalidad. Se creó un sistema que protege al que está adentro y desprotege al que queda afuera.

Con el tiempo, la globalización, los permanentes avances tecnológicos, la continua necesidad de adquirir nuevas habilidades, la velocidad con la que se crean, funden y fusionan empresas, entre muchos otros factores, han diseñado un nuevo mundo laboral, al que nuestro país claramente no es ajeno. 

En ese mundo, las pequeñas y medianas empresas propias de un modelo enfocado en el comercio y los servicios son mucho más importantes que las grandes fábricas del viejo modelo industrial; surgen y desaparecen nuevos trabajos a un ritmo frenético, no necesariamente se debe trabajar todos los días las mismas horas, crece la incidencia de la remuneración variable vinculada con la productividad del trabajador y es mucho más probable que un trabajador pase en algún momento a ser emprendedor, entre muchas otras novedades.

En Argentina, mientras tanto, el alto costo económico de despedir un trabajador, la existencia de remuneraciones mínimas obligatorias con independencia de la situación económica de la empresa, las altísimas cargas tributarias laborales y el proteccionismo industrial y comercial en general son todos factores que conspiran contra la creación de empleo, dificultan la registración laboral e impiden el reconocimiento del trabajador eficiente.

Tomar personal debiera ser la primera opción para un emprendedor que crece, pero con el paradigma hoy vigente, lamentablemente, es la última. En los tiempos que estamos viviendo es imperioso incluir a los excluidos por el viejo modelo, es decir, los trabajadores informales, los independientes y los desempleados.

Ninguna duda cabe de que hay una nueva realidad en el mundo laboral y está en nosotros adecuar nuestro sistema a la misma para no quedar a la zaga del mundo.

 

Abogado, escribano y docente universitario. Presidente Coalisión Civica – ARI Mar del Plata. Diputado provincial Cambiemos. Twitter: @guillercastello