Luego del exitoso proceso de acumulación política en las elecciones, al Frente de Todos le llegó la hora de la distribución en la representación de espacios institucionales. Alberto Fernández ha buscado equilibrar el peso de los diferentes aliados en la conformación de su gabinete y en la dirección de importantes organismos estatales. Mientras,  figuras de su entorno ocupan la jefatura de gabinete y los ministerios de Economía, Justicia, Desarrollo Social, Trabajo y Relaciones Exteriores, el kirchnerismo controla las carteras de Interior, Ciencia y Tecnología, Defensa y Ambiente.  Ostenta además un fuerte peso en la Cámara de Senadores y preside el bloque de Diputados de la coalición gobernante. Asimismo, la fuerza liderada por la ex presidenta encabeza organismos medulares como la AFIP, el ANSES y el PAMI. Por su parte, Sergio Massa fue recompensado con la presidencia de la Cámara de Diputados, el Ministerio de Transporte, la presidencia de Aguas Argentinas, la dirección del Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE) y diferentes cargos en directorios y secretarías.

La participación de los movimientos sociales predomina en el Ministerio de Desarrollo Social, mientras que con menor injerencia los gobernadores ocuparon casilleros en la conducción del Ministerio de Agricultura y en secretarías de Minería, Obras Públicas, Transporte y Turismo. Un dirigente cercano a Víctor Santa María encabeza la cartera de Educación, aunque la presencia del sindicalismo se acota al Viceministerio de Trabajo, entre los cargos importantes. Huérfanos de Kicillof, algunos intendentes bonaerenses encontraron su lugar bajo el sol de la Casa Rosada en el Ministerio de Obras Públicas con Gabriel Katopodis. En tanto, referentes del progresismo porteño críticos del kirchnerismo en sus diferentes gestiones como Victoria Donda, Fernando Solanas y Claudio Lozano tuvieron designaciones en el INADI, la UNESCO y el directorio del Banco Nación, respectivamente.

Pero la trama de acuerdos, espacios y dirigentes que hiló el presidente en estos dos meses de gobierno trasciende la alianza electoral que lo depositó en Balcarce 50: el lavagnismo ocupa la conducción del INDEC (Marcos Lavagna), la vicepresidencia del Banco Nación (Matías Tombolini) y la embajada de Portugal (Rodolfo Gil). La prédica transparentista sobre “la clase política” de los noventa retorna en las figuras de Gustavo Béliz (Secretaría de Asuntos Estratégicos) y Carlos “Chacho” Álvarez como probable embajador en Perú. En la espera del plácet, en este caso para la embajada de Bulgaria, también está Alfredo Atanasoff, quien junto a Carlos Brown en el directorio del BICE constituyen la cuota duhaldista del Frente de Todos en el gobierno. Todos los peronismos todos, para garantizar unidad en la diversidad.

El objetivo de ampliar los apoyos también se vio reflejado en el ámbito parlamentario: el gobierno logró sancionar las leyes de Solidaridad Fiscal y Reactivación Productiva y de Sostenibilidad de la Deuda con el respaldo de bloques provinciales en el primer caso, y de casi toda la oposición en el segundo.  A diferencia de la minoría en ambas cámaras que tenía Cambiemos en el comienzo de su mandato, el Frente de todos controla el Senado, pero requiere de votos de otros bloques legislativos para lograr mayorías en Diputados. Ganar voluntades opositoras aparece entonces como un desafío primordial para legitimar las iniciativas del Ejecutivo Nacional. En la primera ley importante que se votó durante el mandato de Cambiemos, la derogación de la ley de Pago Soberano que permitió el pago a los fondos buitres, el gobierno de Macri tuvo su primer éxito legislativo logrando un acuerdo con el Frente Renovador de Sergio Massa y capitalizando la fragmentación del Frente para la Victoria con la ruptura liderada por Diego Bossio. En el Senado, logró un entendimiento –que ya despuntaba perdurable- con el jefe del bloque justicialista Miguel Ángel Pichetto, quien articuló voces y posiciones de los gobernadores en lo que se buscó presentar como “el peronismo responsable”. A este elenco estable de barones del parlamento habría que añadirle el inestimable oficio de Emilio Monzó, nombre propio de la rosca política que pese a su eficiencia en destrabar negociaciones complejas terminaría como un exiliado del cambiemismo de zapatos blancos, un derrotero inverso al de Pichetto. Para aprobar la Ley de Solidaridad Económica el gobierno actual debió introducir modificaciones y lograr así el apoyo en Diputados de los Interbloques “Federal” y “Unidad Federal para el Desarrollo”, ambos integrados por bloques provinciales. Mucho más rotundo fue el éxito legislativo en el caso de la Ley de Gestión de  Sostenibilidad de la deuda Pública Externa, aprobada por unanimidad en el Senado y por amplia mayoría en Diputados donde, no obstante, se requirió de negociación y mesas chicas entre Máximo Kirchner, Sergio Massa y los máximos referentes del interbloque de Juntos por el Cambio.

En busca de un liderazgo opositor

Ya en el tratamiento de la primera ley mencionada se evidenciaron fricciones al interior de la principal fuerza opositora entre dialoguistas y talibanes. Los legisladores vinculados a los gobernadores radicales y el sector que responde a Emilio Monzó buscaron diferenciarse de la actitud refractaria a cualquier negociación de un grupo de legisladores del Pro y la Coalición  Cívica. Esta energía contenciosa de cierta dirigencia de Cambiemos irradia a las grandes ligas del agro en la zona núcleo. En tanto, si durante la presidencia de Macri la UCR fue un bandoneón donde ya no cabían las quejas, la vacancia actual del liderazgo opositor envalentona al centenario partido. Alfredo Cornejo busca constituirse como el principal referente de una oposición dura, que renueva las credenciales antikirchneristas de la coalición, pero no encuentra eco en los gobernadores radicales como Morales o Suárez, quienes en el gesto conciliador dejan vislumbrar las necesidades de entendimiento con el tesoro nacional. Como si la casa estuviera en orden, Ricardo Alfonsín cruzó el Rubicón cansado ya de que su partido se doble y se doble pero no rompa nunca con el PRO y terminó aceptando la Embajada de España, seducido por la invitación a saltar la grieta y hacer un esfuerzo patriótico que en tono socialdemócrata promueve la palabra presidencial.

¿Alguien más participa del club de la cooperación? Si vos querés, Larreta también. Amante del casco y la cal, el jefe de gobierno porteño no milita en la estridencia antiperonista que permea buena parte del discurso cambiemita y se dispone a alistarse como interlocutor opositor en las filas de la moderación  albertista. En la solapada disputa por resolver el problema weberiano de la sucesión del liderazgo y a pesar de haber quedado relegado en la distribución de cargos partidarios en el Pro, el silente Rodríguez Larreta puede haberse beneficiado de las confesiones de verano de su ex jefe político. La viralización de esa microcharla militante permitió especular con que, en palabras de Pichetto, el “ex” presidente no estaba en control. A punto de entrar en default de credibilidad en la alianza, Macri fue rescatado por el colosal negocio del balompié al ser nombrado como presidente de la Fundación FIFA, una gestión sin “stress financiero” al disponer de una caudalosa cuenta en dólares para “contribuir a la promoción de un cambio social positivo”. Volveré y seré millones.

*Doctor en Ciencias Sociales (UNGS-IDES). Docente e investigador en el área de Sociología de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Analista de las coaliciones legislativas en el gobierno de Cambiemos y liderazgos políticos.