El enfoque económico a partir del cual el gobierno de Cambiemos se había organizado ha fracasado en todos los niveles. La concepción de que las economías crecen a través de estímulos a la oferta, que la inflación es causada por monetización del déficit fiscal, que la restricción externa es una idea vernácula de keynesianos estructuralistas, que da lo mismo endeudarse en pesos o dólares, que el tipo de de cambio debe ser flexible porque los mercados son eficientes y se autorregulan, entre otros postulados, ha sido pulverizada por la recesión económica y el colapso cambiario-financiero.

Paul Krugman podrá no entender las causas de esta crisis (así lo dejó trascender recientemente en Twitter), en parte por su lejanía, pero también por su caracterización de la inflación argentina como un fenómeno monetario (ver su post del 14 de noviembre de 2014). Pero quien haya seguido y analizado de cerca la macro local, sin las anteojeras ideológicas de los autodenominados “economistas profesionales”, siempre ha estado claro que el modelo de endeudamiento en dólares y tipo de cambio flexible tenia los días contados.   

En un articulo publicado para este diario el 6 de febrero de 2019 (“La mala praxis y sus efectos de largo plazo”) advertía que “la situación actual es alarmante” porque “el descontrolado endeudamiento en dólares del actual gobierno ha colocado al país nuevamente al borde de una disrupción contractual”. El 2 de mayo, en otro artículo para este mismo diario (“¿Por qué sube el riesgo país?”) también afirmaba que “el riesgo país ha estado aumentado porque hay dudas sobre capacidad financiera de repago del país (…) Mas allá de la “espuma” política de todo periodo electoral, la incertidumbre del mercado tiene fundamentos económicos”.

Como bien señalaba Hyman Minsky, las causas de las crisis financieras se desarrollan gradualmente, pero los desenlaces son violentos y disruptivos. Esto ocurre porque los mercados no son eficientes y los agentes financieros son incapaces de “pricear” correctamente los fundamentos económicos. En enero de 2001, un año antes del default más grande de la historia, el riesgo país no alcanzaba los 700 puntos básicos; y dos meses antes al colapso de diciembre se encontraba alrededor de 2000 puntos, niveles similares a los de hoy.

En este último periodo, la dolarización financiera se aceleró, hubo una alarmante caída de los depósitos en dólares y el gobierno no pudo refinanciar la deuda de corto plazo. Ante el pánico cambiario-financiero del sector privado, el pánico político del gobierno lo llevó a tomar medidas completamente ajenas a su naturaleza. Ya no se trataba de hacer un “cambio cultural” sino tan solo de lograr “llevar el barco a puerto” sin que se hunda a pocos metros de la costa. Efectivamente, las reservas internacionales netas no alcanzaban a este ritmo.

La irresponsabilidad de haber emitido letras de corto plazo denominadas en dólares como una suerte de contratos de “dólar futuro”, pero con entrega del “activo subyacente”, se transformó en una bomba a punto de explotar en el cortísimo plazo. Por otro lado, aunque los bancos están solventes, podrían enfrentar potencialmente problemas de liquidez: los encajes en dólares depositados en el Banco Central no cubren la totalidad de los depósitos del público, sino aproximadamente la mitad de los mismos. Con lo cual, llegado el caso, el Banco Central debería actuar como prestamista de última instancia en una moneda que no controla.

Aunque Cambiemos ha abandonado todos sus principios, su improvisación como método de gobierno se ha mantenido vigente. Más allá de la discusión sobre la efectividad de las últimas medidas, lo que está claro es que se han tomado en el orden inverso. Lo mas razonable hubiera sido, primero, establecer una pauta cambiaria mucho mas agresiva por parte del Banco Central (señalizando precios y defendiéndolos en el mercado) mientras se volvía a regular la liquidación de exportaciones para incrementar la oferta de divisas. Por último, en caso de no ser suficiente, se podría haber evaluado la posibilidad de “reperfilar” la deuda de corto plazo. Sin embargo, defoltearon primero (hasta las letras en pesos!) y luego salieron a intervenir y controlar el mercado de cambios. Todo al revés.

En cierta medida, hay elementos para pensar que la relativa estabilidad que se observa desde el lunes 2 de septiembre tiene mas que ver con el señalamiento de una pauta cambiaria en torno a los 56 pesos por dólar en el mercado mayorista y la obligatoriedad de liquidación de exportaciones que con el cepo a las compras del público. Si bien es un análisis contra-fáctico, lo cierto es que las intervenciones del Banco Central en el mercado spot han ido disminuyendo y la brecha cambiaria no se ha disparado como se debería esperar en un escenario de pánico. En otras palabras, parece difícil pensar que la reciente estabilización relativa de las expectativas ha sido obra exclusiva del cepo cambiario.

Más allá del problema de solvencia con relación a la deuda en moneda extranjera, la incertidumbre cambiaria ha sido en todo momento alimentada por la inacción o las intervenciones erráticas del Banco Central. Si tomamos como ejemplo la devaluación del lunes 12 de agosto, esta se produce porque el Banco Central se corrió del mercado y ni siquiera amagó con defender el esquema de política cambiaria que había anunciado tan solo tres meses atrás (defenderla hubiese implicado intervenir cuando el precio del dólar mayorista superó los 51,448 pesos). El Banco Central ha perdido su reputación, no por depender del Poder Ejecutivo (así debe ser), sino porque no ha defendido en el mercado su propios anuncios. En general, las crisis de confianza no frenan con prohibiciones administrativas sino con señalizaciones y contundencia en las operaciones del Banco Central.

*Investigador y estudiante de doctorado en The New School for Social Research. Professor Adjunto, John Jay College – CUNY . Twitter: @matiasdelucchi