“Patricia sí, falopa no”, cantan unas 20 personas engalanadas con banderas argentinas y cotillón de Juntos por el Cambio mientras ella, vestida con un saco negro arremangado, agita el brazo derecho colgada de las vallas. La escena, delirante y un poco triste, fue filmada con un teléfono celular y colgada por Patricia Bullrich en sus redes sociales unos días antes de la derrota electoral del 27 de octubre. El video dura unos pocos segundos, y termina con una sonrisa sincera que le atraviesa la cara. Desde entonces, y durante los ocho meses en que se sostuvo como única vocera del Pro, la ex ministra nunca dejó de hablarle a ese séquito de convencidos, y muchas veces estuvo sola en esa tarea, casi siempre ingrata, de ir contra la corriente oficial en tiempos de pandemia. Cuando la cuarentena tenía un enorme consenso, Patricia pidió por la economía; cuando los científicos que asesoran la política en salud gozaban de buena imagen, habló de “infectadura”. Y cuando le dieron medio centímetro de ventaja, con la supuesta liberación de los presos o la expropiación de Vicentín, Patricia llamó al cacerolazo. Y más de una vez tuvo eco: el mismo que tuvo durante cuatro años su prédica en el supuesto combate contra el narco que dice que libró desde Seguridad. El video sigue ahí, con miles de reproducciones y comentarios en las redes, para dar cuenta de esa realidad, y para que politólogos y comunicólogos se hagan un sin fin de preguntas.

Ahora que le intervinieron la vocería del principal partido de oposición, tras el escandaloso comunicado por la muerte de Fabián Gutiérrez, sus compañeros de Cambiemos usaron a Patricia de chivo expiatorio. En off de récord le echaron la culpa de haberse sobrepasado al sembrar sospechas de que CFK estaba detrás del crimen, y de faltar al consenso interno. Pero casi ninguno pidió las disculpas del caso de forma pública; el comunicado, a fin de cuentas, llevaba la firma del frente electoral, no la de ella. El Gobierno también compró el paquete y la eligió como el blanco principal, la cara visible de la grieta y los “discursos de odio” que dice no querer, al tiempo que el Presidente se conformó con sentarse junto a Rodríguez Larreta el 9 de Julio y con recibir a intendentes opositores de la primera sección en Olivos. Hay una oposición buena, y otra mala; la mala es Patricia (y Macri, claro), porque es la grieta. “La grieta la inventó el Kirchnerismo”, respondió Patricia, rápida, cuando vio por dónde venía la cosa. Si la llaman a ese juego, ella sabe jugar.

Macri no pudo elegir a alguien mejor que Bullrich para que hable por él desde la oposición. No sólo porque durante los cuatro años de su mandato fue el brazo ejecutor de la mano dura necesaria para el ajuste y por ende, una fiel representante del macrismo. Las principales razones, en cambio, están en su biografía política. Puso la cara del ajuste a jubilados y estatales en el 2000, y de eso no se vuelve: el carril de la derecha es el suyo desde entonces. Pero también está acostumbrada, quizás como nadie, a nadar contra la corriente. Y para completar el combo, hay una verdad un poco incómoda: Patricia tiene más experiencia política que la enorme la mayoría de sus compañeros de partido e incluso que muchos de los miembros del actual gabinete.   

Son muy pocos los que como ella pueden mostrar militancia desde los 15 años. El primer volante que repartió fue en un prostíbulo: era una joda de la época, una broma como derecho de piso que le jugaron sus responsables de aquel entonces. Más tarde la mandaron a proletarizarse, y trabajó por un sueldo de miseria en un local de comida rápida, al mismo tiempo que en su casa, por orden de su madre, la familia se trataba de usted. Mientras cursaba los últimos años en el exclusivo colegio Bayard, a una cuadra del Malba, Héctor Cámpora usaba su casa para su primera reunión como presidente electo con la cúpula de Montoneros. Un encuentro clandestino del que, obviamente, se enteraría años después.

Es una parte de su vida censurada por ella misma, pero Patricia ingresó de manera ilegal al país en plena dictadura estando embarazada, después de haber perdido a su hermana Julieta en el exilio en un accidente como mínimo extraño, y de animarse a romper con Montoneros en el año 79, en desacuerdo con la contraofensiva (que en un principio había apoyado). “Fueron días duros, de aislamiento, era complicado tomar contactos y te jugabas la vida repartiendo volantes. Y sin un mango”, relató alguien que la conoce mucho y de muy cerca. A todo eso sobrevivió, mal, pero sigue vigente casi como ninguna otra figura de esa generación, con excepción de Cristina Kirchner. Los que la señalan simplemente como “borracha” o incoherente no sólo no son justos, también se equivocan.

Patricia también es un salmón. Antes de ser durante 12 años una diputada opositora al kirchnerismo, también fue opositora del menemismo y, también, del alfonsinismo. En el año 84, durante el relanzamiento en democracia de la JotaPé, cuando la mayoría de la población rechazaba en las urnas el fantasma del peronismo en armas de los 70 (del que ella había sido parte), Patricia se puso al frente del relanzamiento de la rama juvenil frente a 10 mil almas en el Luna Park. Podría decirse que es una experta en la materia, que es un oficio que maneja mejor que muchos.  

Esa parte de su biografía que negó ella misma sentada a la mesa de Mirtha Legrand (“¿Usted fue Montonera, Patricia?”) es el origen de ese talento. Y hay una figura que destaca en ese tallado y es, obviamente, el “loco” Rodolfo Galimberti.

Galimberti pasó, como lo explica la gran biografía de Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, del secuestro de Jorge Born a hacer negocios con Corcho Rodríguez y el Padre Grassi en la tele de los 90, con el “Hola Susana”. Pero seguía andando por la calle armado. La parábola de Patricia puede decirse que es similar, en todos los sentidos.

En los '80, dice una persona que la conoce como nadie, “la legalizan y aparece como una dirigente juvenil fuerte, con un discurso duro. Ahí conoce la esfera superestructural de la política”. No antes: antes estuvo siempre de la mano –y en las sombras– de Galimba. Pero así como esa relación la marcó, también la marcó la ruptura con ese origen. En ese “contacto con la superestructura política” nadie la Patricia de hoy, la que hizo carrera.

Para graficar, la fuente elige dos anécdotas. La primera: “Sus primeros pasos como política comienzan con un discurso muy duro contra Cafiero. Al poco tiempo, se hace cafierista. Eso la pinta de cuerpo entero”, dice.

Y la segunda: “Estando en Francia, con Galimba, fuimos juntos a visitar un criador franchute de perros. A Galimba le gustaban mucho los perros. Galimba le pregunta si el perro podía morder al dueño. El tipo le contesta que el perro no es un teórico de izquierda: no se pregunta las cosas antes de hacerlas. Si tiene que morder, muerde. Eso es Patricia: una pragmática total”.