Falta un mes para el cierre de listas y aún no queda claro cuál será el juego de alianzas que competirán. Hay movimientos de último  momento y apariciones inesperadas.

En el oficialismo la estrategia queda un poco más clara, el Frente de Todos no tiene afinidad conceptual, no tiene claro cuál será su candidato de 2023 y ante la responsabilidad de gestión atenúa las disidencias internas. Cristina Fernández se fuerza por quedar callada, mientras Sergio Massa coloca su mejor cara. Pero tienen claro que la unidad del espacio clarifica el triunfo, es una condición necesaria. En una elección legislativa no resulta suficiente, pero sí en una ejecutiva. El peronismo sabe que unificado en una elección ejecutiva es imbatible, en el 2015 con el peronismo divido, Sergio Massa le restó 5 millones de votos (21,39%) a Daniel Scioli. En  el 2019 con el peronismo unido, obtuvo el 48% de los votos.

En Juntos para el Cambio los tiempos de la verticalidad del PRO se terminaron. De tener el timón del Gobierno Nacional, provincial y de la Capital Federal, sólo le quedó esta última, y al parecer, resulta insuficiente para alinear a todos los sectores. Mientras el PRO está conociendo los sinsabores de convertirse en un partido político (crecimiento territorial, pero al mismo tiempo corrientes internas, pases de factura, etc.), el radicalismo hace valer sus 130 años de historia, su rol estructural en el Congreso y las 32 intendencias de la provincia de Buenos Aires. Esta vez, lo distintivo del centenario partido es que ofrecen dos candidatos superadores, Martín Lousteau y Facundo Manes, esto movilizó a las cómodas internas comiteriles.

Lo que queda claro en Juntos para el Cambio es la acefalía. Por tanto, la elección del 2021 será de nuevos liderazgos en el frente. Lo más sano aquí es una gran PASO, en donde se compatibilice la unidad dentro de la diversidad.

En este escenario, hay que ver el rumbo del GEN de Margarita Stolbizer, el grupo de Emilio Monzó, Florencio Randazzo y Miguel Pichetto.

En los últimos meses irrumpieron los libertarios, con cierta acepción en algunos jóvenes de las grandes ciudades saben que no existe lugar para una tercera vía pero quieren competir. Allí hay que ver si la “superioridad moral y estética”[1] que se atribuye este nuevo liberalismo, puede congeniar en una lista compitiendo en las PASO en el interior de Juntos para el Cambio. Lo que queda claro es que las terceras posiciones han sido infructuosas en la vida democrática de nuestro país.

Todos buscan seducir a candidatos mediáticos, el conocimiento público permite menos gastos en campaña y menos acercamiento a la ciudadanía. En pandemia pareciera ser una fórmula ideal. Se busca así, personas con minutos televisivos, aunque se desconozcan sus posiciones.

No obstante, todos los frentes electorales y los actores políticos saben que en esta elección de medio término se juega una nacional. Esto es, el 2021 tiene olor a 2023. Este es el denominador común de todos los Frentes: en ninguno hay un liderazgo claro.


*Lic. En Ciencia Política. Docente e Investigador de la UBA/USAL/UAI. Autor de varios libros sobre  Sistemas Electorales. Twitter: @GusGonzalezok


[1] El candidato Javier Milei  aseguró en un programa de televisión “somos superiores moralmente, somos superiores estéticamente, somos superiores en todo”