En las últimas semanas, la familia Etchevehere estuvo en el ojo público por un proceso judicial de más de 10 años. Dolores, la única heredera mujer del patriarca Luis Félix Etchevehere comenzó una investigación profunda del manejo de la herencia y las empresas familiares que hicieron sus tres hermanos varones y su madre luego de la muerte de aquel. El caso cobró nueva relevancia el mes pasado porque Dolores se alió con varios movimientos sociales para formar el Proyecto Artigas, de la mano de su nuevo abogado Juan Grabois. La elección de este último no fue inocente, fue el golpe final que demostró a la familia que Dolores no comparte los mismos planes para el manejo de la tierra. El 15 de octubre, la heredera y personas de dicho proyecto ingresaron a uno de los campos de la familia para instalarse en él a pesar de las presiones que recibieron de los hermanos y de una gran cantidad de agricultores de la zona que mostraron su apoyo por días en un acampado fuera de la estancia. Todo esto fue muy discutido en los medios nacionales: para algunxs se jugó el derecho a la propiedad privada y para otrxs el acceso a la tierra. Se trajo a discusión un tema pendiente de antaño: quiénes acceden a la tierra y cómo.

Además de todo esto, que por sí solo trae interesantes discusiones, Dolores denunció la violencia económica ejercida sobre ella. Según sus denuncias, fue despojada de su rol en las empresas familiares y de su parte de la herencia a través de falsificación de firmas y en algunos casos, de firmas bajo coerción. Al día de hoy, después del desalojo de ella y su contienda, las numerosas causas judiciales siguen abiertas y sin resolución mientras que, en paralelo, los hermanos abrieron una causa por usurpación de la tierra que ocupó.

Desde diferentes medios se han visto confusos intentos de demostrar el trato igualitario de la familia hacia las mujeres por involucrar a la madre, a quien no sólo “respetan” sino que siempre fue la verdadera mandamás del clan. A las denuncias de Dolores por los tratos hacia su persona, se suman los tratos a las familias trabajadoras de los campos y en particular a las mujeres en ellas. Todo esto sirve para contextualizar y recordar las dinámicas de familias terratenientes argentinas con gran poder económico y político nacional.

Hoy en día no es necesario tener un camino de deconstrucción para saber que las agresiones físicas y sexuales de hombres sobre mujeres y personas de la comunidad LGBTQ+ están tipificadas como violencia de género. La novedosa masividad del feminismo y sus conversaciones incómodas ha logrado darle nombre propio a lo que callábamos: la violencia física que ejercen los hombres sobre sus parejas y las integrantes mujeres o LGTBQ+ en su familia, es un problema sistemático y cultural[i] que debe ser denunciado judicialmente. Pero, ¿qué pasa con las violencias más sutiles, expresadas fuera de un golpe?

Lxs humanxs tenemos la tendencia a no reconocernos como víctimas ante ciertas situaciones. Primero, nos cuesta reconocernos en un rol de total vulnerabilidad propiciada por otrx y negamos las señales una y otra vez. Ese es uno de los golpes más bajos del feminismo: la obligación a reconocerme como un ser vulnerado y violentado. Cada persona sufre esa violencia en diferentes niveles en base a su orientación e identidad sexual, raza y clase social, pero todxs la sufrimos. Incluso el privilegiado varón blanco. La tarea de reconocer nuestra opresión es individual pero nunca esa opresión es particular. El problema es sistemático porque nuestras estructuras sociales y económicas están basadas sobre esas opresiones que despojan a unxs y privilegian a otrxs. Por eso, la violencia de género no es extraña a la explotación laboral o a la exclusión racial y clasista. Todas las opresiones se superponen.

Es interesante, entonces, un mismo ejemplo que trae discusiones necesarias y aparentemente diferentes: una familia poderosa y millonaria excluye a la única heredera mujer de las tenencias, quien los denuncia por violencia económica (violencia de género) y por manejo fraudulento de fondos privados y del Estado (privilegio de clase), sumado a maltratos a empleados (explotación laboral).En el discurso común de los medios de comunicación parece que la violencia económica es un factor secundario o incluso una exageración de parte de la denunciante. Por ello, es importante reforzar el concepto como una de las formas de violencia de género a la que muchas mujeres se ven sometidas intrafamiliarmente. La economía y sostenimiento material de los hogares recae sobre los varones, únicos detentores meritorios del título “jefe de familia” quienes -no casualmente- ganan mejores sueldos y en algunos casos, son los únicos con trabajos pagos. Las mujeres en su gran mayoría son ajenas al manejo del dinero del hogar ya sea porque se creen incapaces de hacerlo o por una explícita exclusión por parte de sus parejas, quienes a través de estos mecanismos las hacen dependientes y ajenas a sus propias finanzas. Todo esto es violencia. Las violencias sutiles, lejos de la agresión física o verbal, también son vejaciones a los derechos, son maltratos y sobretodo, una constante subestimación a las mujeres por su condición de mujer. Aunque Dolores no haya participado de los negocios familiares en la misma medida que sus hermanos varones, el patrimonio pertenece a ella en parte igual. Identificar y nombrar estas formas de violencia más sutiles contribuye también a la ruptura de preconceptos basados en el género y sobretodo, cuestiona el poder patriarcal.   



*Venezolana. Licenciada en Ciencia Política, UBA. Docente de la UBA en la materia Análisis del discurso de las izquierdas argentinas en la Facultad de Sociales. Grupo de Estudios sobre Marxismo e Historia Argentina en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe. Grupo de Investigación Feminismo y Política, UBA. Twitter: @deangelisas

 
   

[i] No se hace especial mención a las violencias fuera del ámbito familiar por la temática del artículo.