La asimetría en el nivel de desarrollo de las regiones que componen la Argentina es uno de los elementos que la definen como país subdesarrollado, en transición, periférico. Siguiendo diferentes estudios es posible agrupar las provincias que integran el territorio nacional en tres áreas[1]:

I) Área central: Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y la Ciudad de Buenos Aires, lo que se conoce como Pampa Húmeda. Casi dos tercios de población y tres cuartos del PBI nacional se encuentran en esta área que ocupa alrededor del 27% de la superficie. Desde hace dos siglos, el agro pampeano es el motor de la economía argentina, concentrando a su alrededor el grueso del parque industrial y las empresas de servicios del país.  

II) Área periférica: Catamarca, Corrientes, Chaco, Formosa, Jujuy, La Rioja, Mendoza, Misiones, Salta, San Juan, San Luis, Santiago del Estero y Tucumán. En lo productivo se caracterizó por las llamadas “economías regionales”, producciones agroindustriales que surgieron al amparo de subsidios y protección arancelaria. En términos relativos, es el área donde se observa el menor nivel de ingreso per cápita y los índices de mayor deterioro social del país.

III) Área despoblada: Chubut, La Pampa, Neuquén, Río Negro, Santa Cruz, y Tierra del Fuego, también denominada región Patagónica. Se caracteriza por la baja densidad poblacional relativa y una inversión pública en infraestructura económica y social per cápita superior a la del resto del territorio. En su aparato productivo se encuentran explotaciones ganaderas extensivas, producciones agroindustriales en oasis, el desarrollo de la industria turística –orientada a una franja de altos ingresos- y emprendimientos ligados al petróleo, al gas y al carbón.   


  • Ciencia, Tecnología y Territorio

 

Existe amplio consenso acerca de que uno de los caminos para reducir estas brechas es el del desarrollo científico y tecnológico. Sin embargo en la Argentina, el 70% de los organismos destinados a diseñar políticas e instrumentos para la ciencia y la tecnología (en su mayoría creados en la segunda mitad de la década de 1950) se concentraron en el área central. Veamos cómo evolucionó esta situación con indicadores recientes.

Los datos de inversión en I+D muestran que en el área central se invierte casi el 74 % del total nacional, mientras que en la periférica el porcentaje desciende al 18,3 % y en la despoblada al 7,8 %. Asimismo, la cantidad de personas dedicadas a I+D en el área central define más de las tres cuartas partes de los recursos humanos totales (73,7%), en tanto la periférica cuenta con el 20,2% y la despoblada con el 6,1%. En suma, el patrón de distribución asimétrico sigue vigente.  

Más allá de estos datos, es importante destacar el esfuerzo realizado entre 2003 y 2015, etapa en la que se puso énfasis en la visión federal, la planificación, el consenso con la comunidad científica y se incrementó el presupuesto para el sector.

Pero el cambio en el escenario político nacional a partir de diciembre de 2015, planteó un panorama preocupante. Por sólo dar un ejemplo, si tenemos en cuenta que en el gobierno de Macri, la Nación, principal proveedora de recursos, disminuyó  drásticamente el presupuesto para el área (en el período 2009/16 la fracción del presupuesto dedicada a MINCYT + CONICET + CONAE osciló entre 0,7 % y 0,8 % y en 2017 se redujo al 0,59 %) el panorama para las provincias y regiones, especialmente las de menor desarrollo relativo, resulta desolador. 


  •   Hacia un patrón más virtuoso

 

Es imposible imaginar el desarrollo de un país sin la generación de una capacidad propia en el campo de la Ciencia y la Tecnología. Las problemáticas y los potenciales de cada región demandan diversas capacidades científicas y sobre todo tecnológicas que es necesario radicar y desarrollar, para lograrlo es preciso contar con una estrategia de desarrollo, un esfuerzo sostenible y constante, la disponibilidad de los recursos necesarios y acciones tales como:

Impulsar modelos orientadores de política como el Triángulo de Sábato o el de la triple Hélice que postulan establecer un sistema recíproco de relaciones entre el Gobierno, la estructura productiva y la infraestructura científico–tecnológica, para la permanente circulación de demandas y ofertas y la generación y utilización de conocimientos. No es casual la presencia del Gobierno en estos modelos; contar con un Estado robusto y un fuerte liderazgo político resulta medular. 


Profundizar la Federalización de la Ciencia la Tecnología y la Innovación, a través de la participación de las instancias de gobierno sub-nacionales en la definición y orientación de políticas. En este desafío resulta crucial el fortalecimiento de las áreas de CyT sub-nacionales, el protagonismo del Consejo Federal de Ciencia y Tecnología, una transformación de los instrumentos de promoción, el aumento de las capacidades de diseño estratégico y evaluación, y líneas de financiamiento específicas.


Priorizar los territorios de mayor vulnerabilidad social y menor desarrollo relativo del país, a través de la creación en las provincias de áreas multidisciplinarias para la gestión de políticas de ciencia, tecnología y sociedad. Es preciso llegar a las bases, impulsar políticas que permitan vehiculizar proyectos y canalizar las innovaciones existentes para dar respuestas a las necesidades y demandas sociales más urgentes.


*Magíster en Ciencia, Tecnología y Sociedad; Docente Investigadora CIAP - UBA ; Miembro Comisión CyT Instituto Patria

   

[1]Ferrer, A (1980 {1963}) "La Economía Argentina, Las Etapas de su Desarrollo y Problemas Actuales", Fondo De Cultura Económica, Buenos Aires. Núñez Miñana, H (1972) “Indicadores de Desarrollo Regional en la República Argentina: Resultados Preliminares”, Documento Interno Nº 10, Facultad de Ciencias Económicas, UNLP, La Plata. Rofman, A (1975) “Marco Económico Social y Político Administrativo de las diferenciaciones regionales”, Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo (CLAD), Caracas.