La historia, por más que digan que se repite bajo la forma de una farsa, no deja de operar en la memoria como el puñal de una tragedia. Y esto no implica descartar el carácter caricaturesco de algunos sucesos de nuestra propia historia, muy por el contrario. Que se repita como farsa no quiere decir que sea menos trágica, ni menos dolorosa, sino que resulta más ignominiosa.

Para que podamos insinuar que algo se repite debemos, al menos, encontrar algunos puntos de conexión. Pensemos en dos sucesos que, bajo la excusa de la efeméride, podemos traer a colación en ocasión de la fecha. Esos dos sucesos ocurrieron un 16 de septiembre pero con 21 años de diferencia. El primero fue en 1955 y se conoce como el inicio de la llamada Revolución Libertadora, aunque algunos preferimos llamarla la Revolución Fusiladora; el segundo fue en 1976 y lo conocemos como “La noche de los lápices”. No es mi intención contar qué sucedió en esos días (ya hay mucho escrito al respecto), sino pensar que trama subyace en ambos casos. Incluso para decir algo respecto al presente.

Si bien son muchas las similitudes que podemos encontrar en uno y otro (ambos ocurren en dictaduras militares, el peronismo como un sujeto a proscribir, perseguir y desaparecer), me gustaría detenerme en una idea que todavía retumba en amplios manchones de la sociedad: la idea de que hay vidas que valen más que otras.

Toda nuestra historia no es ajena a esa idea. Desde el indio, el gaucho, el inmigrante, el obrero, el peronista al estudiante, hay una extensa hilera formada de “otros” cuya vida el poder del estado liberal y las fuerzas armadas, durante gran parte de nuestra historia, silenciaron sin miramientos. Como lo señaló Pilar Calveiro en su excelente libro Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina: “La intención es clara: destruir al sujeto y retraerle a una existencia casi exclusivamente animal como si realmente se pudiera “animalizar” al hombre”. No sólo por las vejaciones que ella relata en su libro, sino también porque en esa intención, la de animalizar al hombre, subyace una simple operación: extirpar todo lo humano que tenga esa vida, desde el mismo derecho a la vida hasta el derecho a un juicio justo.

Existe, podríamos decir, una especie de matriz de dolor que transita nuestra historia, a veces por la superficie y otras clandestinamente, a la que generaciones de argentinos le han opuesto una imbatible resistencia con su propia vida. Una matriz del dolor que conecta acontecimientos en el tiempo, como un mapa los conecta en el espacio. Ese mapa temporal, que también hace las veces de perfil, pone en evidencia una forma de ser, y por ende una forma de ver el mundo. Si existe una grieta posible es esta: la que divide a aquellos que creen que hay vidas que merecen ser vividas y hay vidas que no.

Un proyecto político que tenga por objetivo cerrar la grieta tiene que tener en su programa a la vida y al otro como única Patria. Más allá de sus pensamientos, sus ideas, sus afiliaciones; más allá de sus saldos y sus deudas; más allá de sus deseos, sus colores o sus rutinas. La vida ante todo. Cerrar la grieta es militar la vida, aún la de aquellos que gritan desaforados y sin brújula.

Por eso es que este 16 de septiembre, a pocos días de una nueva elección democrática, y a algunos años de esos “otros 16 de septiembre” que anochecieron nuestra historia, debemos ser enfáticos en la defensa de la vida y en el lugar que queremos ocupar en nuestra joven historia. No podemos permitir que muera un solo chico de hambre o que un abuelo no llegue a comprar ni la mitad de sus remedios, ni que una madre o un padre puedan cuidar de sus hijos, darles salud, educación o futuro. No hay grieta que nos haga elegir. No hay vidas que valgan más que otras: todas las vidas merecen la pena ser vividas.

A la memoria de los que ya no están.

*Candidato a Diputado Provincial por el Frente de Todos. Twitter: @matimolle