Las inmediaciones del Centro Cultural C invitaban a pensar en positivo. El sol primaveral y las familias poblando el parque Los Andes como en sus mejores tardes pintaban una escena de vida pre pandemia. Justo esa visión que el Gobierno viene intentando instalar como horizonte cercano, y que era su principal apuesta para estas elecciones. Eso de estar saliendo a la vida que queremos.

La Avenida Corrientes completamente interrumpida por enormes carpas que ocupaban casi toda una cuadra y un escenario montado mirando hacia la intersección con Dorrego hacían rememorar el 27 de octubre de 2019, cuando esa misma geografía alumbró el triunfo definitivo del Frente de Todos frente al intento de reelección de Mauricio Macri. El día apacible, el normal desarrollo de la jornada electoral, la locación de la victoria, todo pintaba bien.

De a poco fueron llegando los asistentes a lo que debía ser una fiesta, una concurrencia de un total de 500 personas que ingresarían al centro cultural para vivir el escrutinio desde adentro. Afuera, sobre la calle, la prensa se amontonaba en una de las carpas, separada del ingreso oficial por un pasillo de vallas que hacía imposible el contacto con los referentes y funcionarios que iban llegando. Había que esperar por las declaraciones y no había termómetro de cómo estaban los miembros del oficialismo porque nadie bajaba a conversar con los periodistas. Todavía era temprano, y el dato que más captaba la atención era el porcentaje de participación electoral, eje del debate de los últimos días.

El primer anuncio oficial fue que los funcionarios y referentes del oficialismo irían bajando de a tres en tres una vez que el Ministro de Interior, Eduardo Wado de Pedro, pronunciara las primeras palabras oficiales pasadas las 18:30 desde el Correo. Y, también, que no estaban previstos discursos para el público, ya que el llamado era a no movilizar. El escenario de la esquina era un “por las dudas”.

Un poco más tarde de lo previsto, alrededor de las 19:30, una primera ronda de declaraciones llevó ante los micrófonos al Ministro de Desarrollo Social, Juan Zabaleta, la Diputada nacional Cecilia Moreau, y la titular del PAMI, Luana Volnovich. La línea estaba unificada: saludo al consenso político para retrasar las elecciones un mes, la importancia del avance del plan de vacunación para llegar a estas PASO con la posibilidad de una aceptable participación electoral, y foco en la reactivación económica que crece y permite ir saliendo a la vida que queremos.

A esa hora ya circulaban múltiples bocas de urna, oficialistas y opositoras, y nada parecía muy alejado de la lógica. El Gobierno ganaría en Provincia y haría una buena elección en CABA, donde se impondría con fuerza Juntos por el Cambio. No había nada concreto, había pocas voces oficiales, y nadie olfateaba el vuelco que la situación tomaría unas dos horas más tarde.

 Un rato después se sumaron la Diputada nacional María Cristina Álvarez Rodríguez, el industrial Vasco de Mendiguren, y la Ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad, Eli Gómez Alcorta. Sus palabras reafirmaron las de sus antecesores: “hoy comienza el camino a noviembre, y el camino es vacunar y reactivar” dijo Álvarez Rodríguez. De Mendiguren resaltó los meses consecutivos de reactivación económica, balanza comercial positiva y generación de empleo, y criticó a Larreta por sus dichos sobre la posibilidad de eliminar las indemnizaciones. Pocos habrían podido imaginar a esa altura, con todo el escrutinio por delante, que esas eran las últimas palabras oficiales que se escucharían en la carpa de prensa en toda la noche.

Hasta ahí, la sensación era la de un Gobierno que esperaba un buen resultado y se enfocaba en dar un mensaje para adelante: continuar la vacunación y la senda de recuperación económica para llegar más sólido a noviembre y consolidar la victoria. Para ese momento ya había llegado la Vicepresidenta que, a diferencia de las PASO de 2019, esta vez se tomó un avión desde Río Gallegos para ser parte de la noche que tenía que ser de gloria. También habían llegado los candidatos bonaerenses, Victoria Tolosa Paz y Daniel Gollan, que un rato antes saltaban junto a Kicillof en La Plata como si ya tuvieran la certeza de una triunfo arrasador.

Pero a eso de las 21:30, con el viento soplando más fuerte en el exterior de la carpa y sacudiendo los árboles del parque, el clima cambió de golpe. Empezó con las escuetas declaraciones del Ministro de Interior, que apenas oficializó que los datos estaban cargados en la app de las elecciones, se fue sin responder preguntas y empezó a dejar entrever que la cosa estaba complicada para el oficialismo. Automáticamente todas las miradas fueron a los celulares, y tras unos minutos en los que los números estaban en cero y el aire se cortaba con un cuchillo, cayó ese 38 a 33 que terminó de desatar el sacudón.

La noche del domingo se dio vuelta como panqueque en el aire, porque a pesar de que la fórmula Tolosa Paz-Gollan resultaba la más votada en el territorio clave, la sumatoria de la interna de Juntos la superaba en unos 200.000 votos, diferencia que no se acortó a medida que fue aumentando el porcentaje de mesas escrutadas. Todo muy lejos del clima triunfalista que el oficialismo había desplegado en La Plata unas horas antes, trayendo el fantasma de los varios anuncios apresurados que el Gobierno luego no pudo cumplir en el tiempo previsto durante la pandemia y que la oposición le facturó, particularmente en relación a la llegada de vacunas. Los goles nunca se gritan hasta que no suceden.

 A partir de ese momento, la incertidumbre se adueñó de la escena. Periodistas atónitos, buscando explicaciones en las secciones electorales que ya estaban cargadas vs. las que no, increudulidad ante los alocados festejos de la cúpula bonaerense y Tolosa Paz en La Plata menos de dos horas antes, y funcionarios y referentes oficialistas brillando por su ausencia sería el largo y descriptivo título de la pintura de la carpa de prensa anexa al búnker del FdT después de la llegada de los primeros resultados.

Silenzio stampa, una hora después de haberse conocido los primeros números aún no había bajado ningún representante del Gobierno a dar declaraciones a la prensa, y la tendencia se consolidaba. El mapa bonaerense pintado de amarillo, con islas celestes en el conurbano y algún que otro municipio, firmaba una sentencia difícil de dar vuelta con el 30% de las mesas que aún faltaban escrutar, y abría un complejo panorama para el Gobierno de cara a noviembre. Alberto Fernández, que seguía la jornada junto a Santiago Cafiero desde Olivos, aún ni había llegado al búnker de chacarita. Toda una señal.

En el sector en el que el periodismo intentaba decodificar la situación imprevista sin más recursos que las propias lecturas, se seguía esperando la aparición de algunas figuras del oficialismo que bajaran a dar declaraciones, aportar alguna interpretación al nuevo panorama, o simplemente dar la cara para no agigantar con su silencio el impacto del golpe electoral. Pasadas las 23, con Alberto Fernández ya en el búnker y los referentes del Gobierno aprestándose para dar sus discursos puertas adentro, quedó claro que el horno no estaba para bollos y que nadie saldría a hacerse cargo de una derrota que tenía un solo padre: el Presidente.

Él fue quien inclinó la balanza para las candidaturas de Tolosa Paz y Santoro, él fue la cara de la foto que cambió el rumbo de toda la campaña y que le costó semanas al oficialismo para lograr recuperarse, él debía asumir la difícil tarea de salir a darle ánimos a una tropa que no terminaba de asimilar el golpazo. Y así fue.

A las 23:30, en unos escuetos 10 minutos, Fernández se dirigió a los 500 concurrentes que se encontraban dentro del búnker, tratando de inyectar algo de esperanza de cara a los difíciles dos meses que se le vienen por delante a la militancia oficialista. Toda la primera plana subió con él al escenario: Santoro, Marziota, Tolosa Paz, Gollan, Massa, Kicillof, Máximo y Cristina Kirchner. Pero el Presidente fue el único orador.

Alberto asumió la derrota, se paró desde una actitud democrática manifestando haber escuchado el mensaje del pueblo, insistió en los dos modelos de país en juego y le pidió ayuda a “cada argentino y cada argentina que me esté escuchando, que tengo por delante dos años de gobierno, que no voy a bajar los brazos”. Una aclaración que sonó a penumbra, como si hiciera falta que el Presidente recordara que aún tiene la mitad de su mandato por delante. Los paraguas tampoco se abren antes que llueva, si no se quiere invocar a la tormenta.

Su mensaje culminó con un intento desinflado de dar nacimiento a una remontada épica. “Salgan mañana a convencer a cada vecino, no perdamos ni un solo día. La campaña acaba de empezar y en noviembre la tenemos que ganar”. Sus palabras tenían menos fuerza que la fulminante mirada con la que CFK lo relojeaba de atrás. Segundos antes, mientras los candidatos subían al escenario, sonaba un tema de Gustavo Cerati que parecía elegido en chiste: “a veces siento que me pierdo en el camino, pero me guía la intuición” decía el primer verso. Esa intuición que, al menos en esta parada, pareciera haber traicionado al Presidente en su énfasis por seguir siendo Alberto Fernández, un tipo común, con sus defectos y virtudes, en un momento del país que requiere liderazgos sólidos, claros y sin errores no forzados.

Terminado el escueto mensaje oficial, comenzó el rápido operativo de desmonte. Las pantallas se fueron apagando, las últimas crónicas terminaron de escribirse, y los funcionarios y referentes del oficialismo siguieron sin aparecer ante los micrófonos, dejando todas las preguntas para mañana o quién sabe cuándo. Afuera, los pocos centenares que se congregaron a la espera de una noche triunfal, no tuvieron ni la suerte de ver de cerca algún referente del Gobierno. El escenario montado en la esquina de Corrientes y Dorrego, que dos años atrás supo sostener con sus tablas la epopeya de la vuelta del peronismo al poder, esta noche quedó vacío y desconsolado.

Una jornada atípica, en todo sentido. Una elección en pandemia, con protocolos, horarios y cuidados especiales; un búnker de prensa por el que apenas desfilaron algunos funcionarios, donde la expresión oficial más resonante fue el silencio; una militancia que no logró hacerse oír ni a una cuadra de distancia; el peronismo bonaerense unido viendo sucumbir su máxima fortaleza; la candidata más votada y una derrota que podrá encuadrarse dentro de las más duras; y una disputa que comenzará hoy por instalar el relato más conveniente, frente a unos resultados que no se esperaban de ninguno de los dos lados.

Cómo se recompondrá el oficialismo es todo un interrogante. Si seguirá apostando a un discurso confrontativo o volverá a retomar la senda de proponer futuro y consenso, es una pregunta válida. Si se le cobrará puertas adentro al Presidente el resultado de anoche y se agitarán las internas, es otra. Lo cierto es que el Frente de Todos necesita dar vuelta la página rápidamente, y recobrar la amplitud que le permitió el contundente triunfo de 2019. Macri acortó a la mitad la distancia entre las PASO y las generales de 2019. Desde esta mañana llega el turno del peronismo para mostrar su capacidad para levantarse. Tras 16 años sin una victoria bonaerense en elecciones legislativas, el objetivo se muestra como algo épico e histórico. De no conseguirlo, terminará de caer la máxima de que el peronismo unido no pierde en Buenos Aires. Tamaño desafío tiene el Frente de Todos por delante. Como dijo el Presidente, su campaña acaba de comenzar.