Las grandes crisis de la argentina democrática (1989, 2001 y ahora 2020) tienen entre otros puntos en común, la evaporización del efectivo. Por efecto de la hiperinflación (1989), el corralito (2001) o el aislamiento (2020) la desaparición del cash es un capítulo de los grandes dramas argentinos. En las actuales circunstancias, a este dato recursivo podemos encontrar otros que nos remiten a los modos que el dinero permite darle expresión a la crisis que atravesamos.

El dinero endeudado es una marca de estos tiempos. Si ya las familias e individuos habían experimentado los últimos años del gobierno de Cambiemos un proceso de endeudamiento en sus económicas, el aislamiento desencadenó una agudización de estas circunstancias. Como lo demuestra el estudio de la consultora CERX, el 87,2% de las familias argentinas dijeron tener deudas durante el mes de mayo. Las deudas no bancarias marcan este ritmo de crecimiento. Según este informe, el atraso en el pago de impuestos, servicios o cuotas de colegios son indicadores del empeoramiento de la situación de las familias. Estos datos muestran una certeza: el dinero endeudado se instala como unos de los grandes dramas de argentina pospandémica y la pregunta sobre quién pagará las deudas será el interrogante que deberá darse respuestas más temprano que tarde.  

El dinero público se expande a niveles increíbles. Según informó el Ministerio de Desarrollo Productivo casi el 95% de los hogares tienen ingresos que provienen de las arcas del Estado. A las jubilaciones, pensiones y asignaciones familiares por hijo se sumaron el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) y el pago de salarios por el programa ATP. Una nueva relación entre Estado y sociedad se esta poniendo en juego con esta extensión del dinero público. Para el gobierno es un indicador del cuidado que el Estado le brinda a las familias, para muchas de estas puede significar este gesto o el claro indicador de que nunca se cayó tan bajo. La extensión del dinero público corre paralela a esta tensión.  

El dinero donado asume diversas formas en los tiempos de la pandemia. Empleadores que deben dar un salario sin recibir la contraprestación de sus empleados, consumidores habituales de bares muestran fidelidad con sus comercios favoritos pagando una consumición que recibirán en el futuro o las universidades organizan colectas para que sus estudiantes más desfavorecidos tengan accesibilidad a internet para seguir los estudios. En fin, los ejemplos se multiplican para ubicar al dinero donado como expresión de la crisis. El dinero donado siempre es paradójico. Puede expresar solidaridades, pero también afianzar jerarquías sociales.  Otro dilema que crece a medida que este dinero se expande con la crisis.

El dinero virtualizado

El aislamiento mostró que la sociedad está atravesada por una desigualdad poco advertida hasta el momento: el acceso a los medios de pago electrónicos. La partición de la sociedad entre quienes pueden pagar y recibir dinero a través de medios virtuales y quienes no, impuso un nuevo mapa de bienestar. La discusión sobre la virtualidad del dinero dejó la oficina de los diseñadores de empresas fintech y asomó con enorme gravitación para resolver cuestiones básicas de la vida cotidiana. Esta “nueva desigualdad” revela que la agenda del desarrollo se va modificando sin resolver los déficits estructurales tradicionales y sumando nuevos.   

Este breve repaso nos recuerda que el dinero, como en el pasado, es símbolo y método de las grandes crisis argentinas. El dinero le da forma y sentido a los dramas colectivos y arroja pistas para trazar el camino para salir de ellos. 

 

*Decano IDAES/UNSAM. Twitter: @AWILKIS