El 15 de noviembre de 2017 estaba yo, alojado y realizando trabajo de campo para una investigación académica[1], en la Base de Submarinos de Mar del Plata. El 16 iba a embarcar en el ARA SALTA, sólo a conocerlo. El buque, que era el otro en servicio en la Fuerza de Submarinos de la Armada de la República de la Argentina, no iba a navegar ese día -ni yo en él- pero se aprestaba para una futura navegación.

Al llegar al Comando de la Fuerza de Submarinos, me indicaron que se suspendía la actividad, sin mencionar otra razón que inconvenientes del servicio. Del ARA SAN JUAN, ni palabra.

Al día siguiente y ya regresando a Buenos Aires, tomé conocimiento de la infausta noticia que monopolizó los medios: la desaparición del ARA SAN JUAN, luego de una comunicación en la que daba cuenta de haber sufrido algún inconveniente.

En esos pocos días de aquella primera estadía y trabajo en la base naval, y puntualmente en la Escuela de Submarinos y Buceo, comencé a conocer, a respirar y a escuchar el espíritu del hombre de mar que anda bajo el agua (o dentro de ella), sea submarinista o buzo. En otras estadías en ese mismo lugar, pude comprobar, de primera mano, la particularidad del hombre que, lo primero que extraña, cuando navega en su buque, o se desplaza en su medio, es el mar. Que, aunque lo rodea, no es visto, pero sí oído y sentido.

Ese hombre aprende a comunicarse casi en silencio y a agudizar sentidos que, en otro medio, son menos importantes. Aquí casi no se usa la vista y mucho el oído, porque del silencio depende la supervivencia del buque y de su tripulación.

El submarino es un arma estratégica diseñada, equipada y tripulada haciendo uso óptimo del silencio y la invisibilidad. Así puede triunfar en su misión: cuando nadie lo ve ni lo escucha, aparece sorpresiva y furtivamente para dar caza a su blanco. El ARA SAN JUAN ya había dado muestras de sus capacidades cuando, unos años antes, pudo sorprender a una de las mejores y más poderosas flotas militares del mundo, la USNavy, en un ejercicio combinado en el Atlántico Norte, en el que debió operar conforme su naturaleza, y venció.

Todo buque es el navío y su tripulación, es un equipo en el que ambos son uno. Sólo así todo andará bien; ser humano y máquina en un solo ser. Por eso, cuando el ARA SAN JUAN desapareció aquel 15 de noviembre de 2017, no sólo se perdió una máquina: se perdió un equipo indivisible que latía con un solo corazón. ¿Esa desaparición ocurrió sorpresiva y furtivamente, como desaparece y reaparece un submarino? ¿O fue el producto de un proceso?

Después de muchos años de políticas militares que no priorizaron la defensa nacional, era cuestión de tiempo que algo así sucediera. Ya habíamos tenido “accidentes” aéreos y terrestres, pero con pocas o ninguna baja, pues en aquellas aeronaves siniestradas iba poca gente y en tierra, nada se cae ni se hunde. Los accidentes aéreos y terrestres en vehículos militares (por casos, el vehículo perteneciente al Ejército Argentino que volcó -por problemas técnicos- en la Ruta Nacional 150, en el camino a Chile y a la altura del ingreso al pasaje Peñasquito, en la provincia de San Juan, el 18 de marzo del corriente año y ocasionó la muerte de uno de sus ocupantes y heridas de gravedad a los otros tres, o el estudio del Centro de Estudios Nueva Mayoría, que constata que con la caída del cazabombardero A4-AR en Santiago del Estero ocurrida el 14 de febrero de 2013, se elevaba a 82 la cantidad de accidentes ocurridos con aeronaves militares desde 1986) que hemos visto en el pasado próximo pueden parecer como parte de la rutina accidentaria. Pero la desaparición del submarino reúne la peor imaginación (¿cómo habrán muerto? ¿cómo habrán sido esos últimos momentos?) con un medio extraño e inaccesible de manera natural (el fondo del mar) y con un destino colectivo del cual nadie puede salvarse individualmente.

Años de desinversión en cuestiones de defensa nacional llevaron al estado actual de indefensión y precariedad que se palpa en todos sus ámbitos. La defensa nacional debe considerarse una inversión, no un “gasto” como se nos suele decir. Es una póliza de seguro para estar cubierto cuando se produzca un siniestro. ¿Qué siniestro? Por ejemplo, una flota de pesqueros de los que siguen vaciando el Mar Argentino. Para lo cual es necesaria la vigilancia que ejercen los buques, los medios aeronavales y también los submarinos. A su vez, el ARA SAN JUAN que es un medio de defensa, sufrió un siniestro de manera que la Argentina ha tenido una pérdida. ¿Pero cuál? ¿La de un buque algo extraño que puede navegar en las profundidades oceánicas sin ser visto ni escuchado? ¿La de una tecnología algo superada, pero que se las arreglaba para funcionar? Mucho más que esto. Veamos.

Ni bien tuvimos la noticia se nos dijo que el buque estaba en condiciones de navegar, cosa que debemos (y queremos) creer. Pero la duda persiste. ¿Estaba esa tripulación con el tiempo indicado de inmersión, a esa altura del año, para poder navegar con absoluta eficiencia? O bien, ¿hubo menos ejercitación de la conveniente? ¿En qué condiciones de operatividad se encontraba el submarino y con qué garantías contaba después de su renovación o “media vida”? Estas y otras muchas consideraciones nos han ocupado y siguen ocupando para saber qué pasó y por qué. Las investigaciones en curso nos lo dirán. Necesitamos saberlo para extraer experiencia, enseñanzas y lecciones aprendidas que hagan irrepetible hechos como el del ARA SAN JUAN.

Ahora bien. Lo que toda esta discusión implica está en directa proporción con la dimensión de la pérdida, porque en noviembre de 2017 lo que se perdió fue, en verdad, un equipo que lleva mucho tiempo y esfuerzo formar, capacitar y perfeccionar. Como todo lo atinente a la defensa nacional, no se “fabrica” un piloto, un submarinista o un tanquista, en un lapso breve; mucho menos, se obtiene una máquina e incorpora a ella un plantel de personas para que la operen de manera inmediata. En la defensa bien entendida, “los fierros” llevan su tiempo para incorporarse a los profesionales, y éstos también necesitan tiempo y trabajo para salir a navegar, a volar, a combatir. La defensa no consiste en tener o comprar máquinas, sino de formar equipos de cierta característica; se trata de una especie de aleación “hombre/mujer-máquina” pasaje Peñasquito, experimentada y con sentido del deber supremo: dar la vida por la Patria, si fuera necesario.

Esto nos lleva a la cuestión central de la defensa nacional: la necesidad de inversión en equipos y en sus integrantes, es decir, en formar mujer/hombres-máquinas que sean acordes a las misiones a cumplir y la capacitación, la formación y el perfeccionamiento de sus hombres y mujeres para que se encuentren en aptitud física, profesional y espiritual para cumplir su misión: la guerra.

Las Fuerzas Armadas son, precisamente, el instrumento militar del sistema de defensa nacional de los estados. La guerra, que ojalá nunca llegue, es ese siniestro para el cual necesitamos de inversión. Es ese siniestro del cual nos protegía el ARA SAN JUAN. Pero ese submarino que, pese a su precariedad, prevaleció en un ejercicio internacional gracias al equipo que formaban el buque y sus hombres tripulantes en 1997, esta vez sufrió un siniestro que lo depositó en el fondo del mar.

Desde allí, una mujer y 43 hombres, indistinguibles ya de su máquina, nos preguntan qué haremos con los que vendrán, qué haremos con lo que queda del sistema de defensa argentino y con las alternativas a seguir. ¿Acaso un protectorado bajo alguna potencia que nos defienda, para ahorrar, así, mucho dinero?  

Ojalá el ARA SAN JUAN se convierta en un homenaje en memoria de sus sacrificados tripulantes, para que nuestra sociedad y sus dirigentes tomemos conciencia que la defensa nacional no sólo es un asunto de estado y/o constitucional, sino de supervivencia como nación.

Ojalá podamos entender que la defensa nacional no sólo son las fuerzas armadas, sino un sistema que interactúa con otras áreas del estado para el mejor cumplimiento de los objetivos nacionales y la defensa de los interesas vitales de la Argentina.

Y ojalá no dejemos de escuchar el grito del ARA SAN JUAN, ese maravilloso equipo “mujer/hombres-máquina” que, fiel a su naturaleza y a su estilo, nos mira en silencio desde el lecho marino, mientras nos implora no olvidar ésta, su última misión, su certera advertencia en su permanente adiós.

*Capitán Retirado del Ejército Argentino – Veterano de Guerra de Malvinas – Licenciado en Ciencias de la Educación – Magister en Defensa Nacional – Docente en UNDEF – Investigador de la Cuestión Malvinas.


[1] Desde 2016 en el Proyecto “Mar de Guerra” (Dir. Rosana Guber) seis académicos intentamos comprender la Guerra de Malvinas desde el mar y la Fuerza Armada que hace de las masas oceánicas su medio natural, la Armada de la República Argentina.