El gobierno de Cambiemos está haciendo lo que se propuso pero el itinerario comienza a restarle sustento social. De carambola, sus estrategas encuentran en el desgaste del Presidente la última posibilidad de que aparezca allí la identificación de los sectores que lo dotaron de legitimidad de origen y ahora dudan en respaldarlo.

Un hilo apenas perceptible une la lectura del inocultable desgaste que acusa el presidente Mauricio Macri al frente de un gobierno que sólo aplica y propicia ajustes, recesión, inflación y corridas cambiarias con el porrazo electoral del kirchnerismo en Neuquén, donde el MPN de Omar Gutiérrez se impuso cómodamente sobre el candidato de Unidad Ciudadana, Ramón Rioseco. Se trata de la suposición, aupada por el anhelo militante, de que el Jefe de Estado no podrá ganarse la voluntad popular en octubre próximo y que Cambiemos se diluiría a raíz de las pugnas intestinas de un radicalismo un poco más ávido que el que selló la Convención de Gualeguaychú en 2015.

Aun cuando resulte evidente que la Casa Rosada pierde apoyos con cada paso que da hacia al abismo económico, todavía opera con el fantasma del retorno de Cristina Kirchner o cualquiera de sus versiones posibles de populismo reloaded. En ese contexto, la furia tuitera contra el spot macrista donde dos trabajadores golpeados por la crisis admiten que toca en esta etapa bancarse el sufrimiento y que el problema de Argentina son, paradójicamente, los argentinos no hacen mella en los votantes más seducidos por la idea de la condena a la grieta que la asunción del antagonismo que surca la historia del país desde sus orígenes.

Si bien la polarización entre el macrismo y el kirchnerismo copa el ágora pública no debieran desatenderse los ingentes esfuerzos del establishment local por granjearse el favor de lo que irónicamente se conoce en las mesas de discusión política como Corea del Centro. El ex ministro de Economía, Roberto Lavagna, vendría a plantarse precisamente en ese terreno: tanto el visto bueno que le dio el conductor televisivo Marcelo Tinelli a su candidatura la semana pasada como la confesión del incombustible dirigente gastronómico Luis Barrionuevo acerca de que el ex titular de la cartera de Hacienda le confirmó a la CGT Azul y Blanca que su postulación era un hecho traducen ese deseo enunciado sistemáticamente por los que se desencantaron con la experiencia cambiemita y los que desprecian cualquier regreso kirchnerista.

En el medio, peronismo y confusión, podría decirse parafraseando a las feministas de la actual marea. No son pocos los bienintencionados que se agarran de la quirúrgica sintaxis de Eduardo Duhalde, ajedrecista empedernido de la arena bonaerense que sostuvo en el verano que la ex Presidenta le hizo saber que vería con buenos ojos el lanzamiento de Lavagna. Tal vez, hasta el propio Matías Lammens, aspirante voceado pero aun no asumido a la Jefatura de Gobierno porteño, quede atrapado en el mismo laberinto bajo la pretensión de que se arme “algo que junte kirchnerismo, progresismo, socialismo y sectores desencantados”, admiten cerca suyo, incluso contra la tajante aseveración del diputado Andrés Larroque, quien no bien asomó la cabeza el ex ministro rebanó la jugada colgándole el sayo de “candidato de Techint”.

A esta altura, en el núcleo duro del kirchnerismo porteño comparan el esfuerzo por la instalación de Lavagna con la desinhibida campaña de Clarín en 2003 por la llegada al ballotage de Ricardo López Murphy en lugar de Néstor Kirchner, para garantizarse la recomposición de su modelo, sea con Carlos Menem o con el bulldog.

De la debilidad, virtud

Dentro del bloque macrista en la Legislatura porteña, por caso, se aterran ante la política económica que su propio gobierno despliega y reconocen “cierta preocupación”. Sin embargo, fuentes consultadas por Diagonales en el primer piso de la Casa Rosada aseguran que no está débil el primer mandatario: deslizan que la posibilidad de la derrota existe pero estiman que para eso debería darse una serie de variables que descartan de plano bajo el incólume respaldo del FMI. “No es que estemos 100 por ciento tranquilos y tampoco se apela a la actuación de la debilidad como una estrategia para alimentar el entusiasmo opositor pero sabemos que sucede”, dicen aludiendo al cartel de Patria Grande con el eslogan “Ella le gana”.

En ese sentido, desde el entorno de Marcos Peña entienden que “la oposición cree que tiene más chances de las que de verdad tiene”. El propio Iván Petrella, filósofo, ex legislador Pro y actual director de Argentina 2030, no se cansa de repetir que hay una generación de argentinos cada vez más numerosa que nació y vivió siempre en democracia y para la cual las dictaduras y el peronismo no tienen el mismo peso simbólico que para sus padres y abuelos. Por añadidura, el macrismo puro considera que hay una enorme cantidad de habitantes a la que el kirchnerismo ni siquiera le habla, toda vez que estructura su discurso en nociones que caen fuera del universo emotivo de los votantes.

Ese segmento de la sociedad, más proclive al sacrificio cristiano que a la asunción terrenal de las peleas y fervoroso defensor de la facultad delegativa de que lo que haya en góndola satisfaga las necesidades civiles, trepa según guarismos de encuestadores cada vez más cerca del cadalso al tercio del electorado. Son los que comulgan con las loas al futuro que entona Sergio Massa, ubicándolo más allá de la nostalgia por el gobierno anterior y la frustración con los administradores del presente. Y aunque renieguen de los que pretenden reducirlos a chicha o limonada, optarían en un ballotage por la acritud cambiemita antes que la liturgia del peronismo.

El mismo Peña y el consultor Jaime Durán Barba cifran en ese aspecto el albur de su jefe. Y creen que tanto las trastadas en materia económica y el endurecimiento opositor como el desgajamiento o las tensiones con la UCR contribuyen a la trama en curso de una épica de la angustia y el sufrimiento de un hombre que trata de que el país cambie. Procedente de la clase que lo posee todo en estas pampas, Macri sólo puede ofrecerse próximo al dolor de los que padecen su programa político exhibiéndose agotado por culpa de los que resisten a la expoliación que él promueve como progreso.

El ex ministro de Trabajo y actual legislador porteño, Carlos Tomada, concede ante la pregunta de este portal que Macri y el gobierno “son buenos simulando” pero advierte que “analizar si esa debilidad es una estrategia es entrar en esa suerte de irracionalidad oficial por la que dicen que la inflación está bajando, que el dólar no es un problema o que crearon no sé cuántos empleos mientras todo se cae a pedazos”. “Nosotros lo que tenemos que seguir haciendo es trabajar para estar unidos y fortalecer nuestras propuestas para salir de esto en lo que nos han metido porque hay una realidad incontestable, que uno ve en la calle y se llama malestar, y eso no se puede disimular ni disfrazar”, completó.

Adelante, radicales

No hay pasillo que no se haga eco de los susurros conspirativos de un radicalismo que emula, en algunos casos, o refuta en sus acciones a su fundador, alrededor de la disyuntiva de doblarse o partirse. Ese cabildeo intenso también regocija al amplio abanico peronista, que se dio un porrazo en Neuquén. Con la voracidad por encontrarle la paja en el ojo al kirchnerismo, todos los flashes apuntaron en esa dirección pero, hasta donde supo este medio, el Instituto Patria ya pasó a lo que sigue: la elección de Córdoba.

A la sazón, el mandatario de esa provincia mediterránea, Juan Carlos Schiaretti, se reunió esta semana con el senador Miguel Ángel Pichetto, quien disparó por Twitter: “la elección de Neuquén mostró el agotamiento de la gente con la grieta. Marca un techo muy bajo para la proyección nacional de Unidad Ciudadana y también el fracaso del actual gobierno”. Principal beneficiario de la refriega boina blanca en su provincia, Schiaretti hasta podría darse el lujo de hacer la plancha porque, al parecer, no sólo el kirchnerismo trabaja para su reelección. En medio de la trifulca entre el diputado Mario Negri y Ramón Mestre, impulsados por distintas vertientes de Cambiemos –radicales o no-, crece el rumor de que el candidato de Macri en ese territorio no era ninguno de los dos sino Schiaretti, a quien conoce de sus andanzas en Sevel.

El tuit de Pichetto y la posición del jefe del peronismo cordobés funcionan, a la vez, como un alerta para cualquiera que pretenda adjudicarse caudales de votos que no se transfieren así nomás. El saldo de los comicios neuquinos, con la persistencia imbatible del MPN y su astucia para oponerse o subirse a bondis más oficialistas según los vientos que soplen, se inscriben en la misma lista. Al son de Antón Pirulero, hasta el mandamás jujeño Gerardo Morales se agendó una cena con Massa esta semana.