Las elecciones primarias del domingo pasado sorprendieron por la contundencia del resultado favorable al peronismo, especialmente en la categoría presidencial, pero sobre todo porque prácticamente nadie había podido anticipar los 15 puntos de diferencia entre un candidato y otro.

Ni los ganadores, ni los opinólogos de los programas televisivos ni los analistas más sesudos. Tampoco pudieron hacerlo los que habitualmente recurren a metodologías científicas para sustentar sus diagnósticos y pronósticos.

Fallaron los consultores políticos que basan sus vaticinios en encuestas, las que constituyen el sustrato sobre el que basan sus creencias todos los anteriores.

Si bien todos los vaticinios establecieron acertadamente quién ocuparía el primer lugar, la mayoría de los expertos subestimaron a los Fernández entre 5 y 10 puntos porcentuales y sobreestimaron la fórmula del oficialismo dentro del mismo rango.

Encontrar los puntos débiles de esos pronósticos fallidos no es tarea sencilla. La información disponible no es suficiente. Sin embargo, y solo a partir de lo publicado en medios masivos, algunos datos sirven como indicio.

La mayoría de las consultoras realizan sus encuestas vía telefónica. Esta metodología consigue rápidas respuestas y a muy bajo costo, pero tiene varios aspectos en contra.

En primer lugar, el relevamiento se sostiene en una selección de teléfonos fijos ubicados en viviendas. Se produce el llamado y dentro del hogar puede responder tanto una persona como otra, más allá de cuotas, ajustes y ponderaciones posteriores. Es decir, la muestra se basa en un universo erróneo, ya que los votantes son personas, y no hogares o familias.

Como si esto fuera poco, y como si hiciera falta decirlo, el uso del teléfono celular desplazó completamente al fijo y cada vez menos hogares cuentan con el antiguo aparatito, a la par que la paciencia de los usuarios está absolutamente agotada luego de atender innumerables llamados de vendedores, promotoras y otras yerbas cuasi carroñeras, con voz modulada y falaz sonrisa. Si hoy en día ya es de por sí inusual que suene el teléfono en un hogar, su mero sonido y luego la automática y timbrada voz de un operador (aunque no se intente una venta y efectivamente se trate de un encuestador) es rechazada de plano.

Ni qué decir del sistema IVR, que pone una máquina en lugar del encuestador facilitando la operación e, incluso, alentando a que el eventual encuestado corte la comunicación sin otra consideración.

El reemplazo de la telefonía fija por la móvil parece personalizar las llamadas (retornando adecuadamente al universo correcto) pero la dinámica de altas y bajas resulta tan intensa que es muy sospechoso que se pueda contar con un listado exhaustivo y actualizado de números de esta especie. Por otra parte, en Argentina hay más líneas de celular que personas, lo que indudablemente introduce un inconveniente más.

En síntesis, el universo de estudio se reduce y se oscurece en contra de la voluntad del consultor, complicando la elaboración de cualquier muestra, la que necesariamente se vuelve poco representativa. Además, también es probable que una importante proporción de los hogares que no poseen teléfono fijo pertenezcan a estratos sociales de nítidos perfiles, irreemplazables por hogares de similares características pero con teléfono. Dicho de manera más simple: si la mayoría de los pobres no tienen teléfono, encuestar a un pobre con teléfono no garantiza captar adecuadamente las opiniones y actitudes de aquellos.

El avance tecnológico y comunicativo está ofreciendo la posibilidad de incorporar nuevas posibilidades: las encuestas on line, por internet o vía correo electrónico. También rápidas y poco costosas, presentan las mismas limitaciones que sus parientes telefónicas. Y a todas les caben, además, otro par de argumentos negativos: la dificultad de establecer con cierta dosis de seguridad características básicas de los encuestados (género y edad) y la impracticabilidad de emplear cuestionarios largos y complejos (la mayoría de las pocas preguntas que se efectúan buscan como respuesta meras dicotomías: si, no; a favor, en contra; muchas veces desligadas de una actualidad cada vez más rica en matices, donde casi nada es blanco o negro).

Queda entonces la estrella de los procedimientos, la encuesta presencial. Lenta y costosa, prácticamente no posee ninguna contra. Si se trata de la variante domiciliaria, hay datos suficientes como para construir una muestra representativa y si se realiza en días y momentos adecuados es posible aplicar cuestionarios extensos y complejos. Digamos: caro, pero el mejor.

Aunque también con obstáculos: la poca disposición del público para atender a los encuestadores, sobre todo en contextos de inseguridad o en barrios de alta densidad poblacional.

Su hermana menor, la encuesta en vía pública (encuestadores en puntos fijos, como plazas y esquinas concurridas) opera en muchas ocasiones como un salvataje potable.

Si bien ningún método es cien por cien eficaz, se observa que (según la escasa información disponible) las consultoras que proveyeron pronósticos más acertados utilizaron metodologías presenciales de abordaje. Clivaje anticipó 46,4% para Fernández y 33,7% para Macri. Por su parte, el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG) presagió 45% a 35,4%. Felicitaciones!

*Docente e Investigador. Facultad de Ciencias Sociales (UBA)