Entre las PASO de septiembre y las pasadas elecciones generales, se habló mucho de las posibilidades de que se produjera una reversión del resultado obtenido precedentemente. Efectivamente, la incógnita principal residía en averiguar si el FdT podría ganar en distritos en los que había obtenido un resultado adverso en las PASO o, al menos, acortar distancias.

Por empezar, el concepto de “reversión del resultado” tiene su origen en el estudio de elecciones bajo sistemas de balotaje o doble vuelta electoral, para describir aquella situación en la que el ganador de mayoría simple resulta derrotado en la instancia final. En ese sentido, la extrapolación automática del concepto de “reversión del resultado” de sistemas de doble vuelta electoral a sistemas con primarias abiertas (PASO) no es del todo apropiada. Esto es así porque en los sistemas que contemplan la celebración de PASO, en el momento de la elección general lo que puede llegar a producirse no es una “reversión del resultado” respecto de lo obtenido en la instancia previa, sino en todo caso una “reversión del orden” en el que se ubicaron los participantes que contendieron inicialmente. En ese sentido, cabe subrayar que las PASO son, por principio, una instancia no dilucidatoria; con lo cual no consagran ganadores generales (los únicos ganadores de este evento son aquellos que se imponen dentro de los espacios en los que compiten y aún así, lo son en ese marco).

Por lo tanto, en relación a los resultados de las PASO deben considerarse dos dimensiones diferenciadas: una, concerniente a los guarismos de cada primaria abierta (en los casos de los partidos que las hubieran celebrado) y otra, al orden general en el que se ubican los agrupamientos que compiten tras las PASO. En ese sentido, en las primarias de septiembre, con respecto a la primera dimensión, los ganadores internos fueron, como regla, los esperados (la lista de Vidal sacó más votos que la de López Murphy en Capital, la de Santilli más que la de Manes en provincia y en el FIT, el pacto PO-PTS-IS se impuso cómodamente sobre el MST). En relación a la segunda dimensión referida al orden de los actores, en el país en su conjunto, JxC salió primero (con el 41,53% de los votos) y el FdT, segundo (obteniendo el 32,43% del apoyo).

En ese momento, la inesperadamente baja performance electoral del oficialismo nacional -incluyendo a la provincia de Buenos Aires, el territorio de mayor fortaleza del kirchnerismo-acaparó todas las miradas, dejando en un segundo plano a la pérdida de apoyo popular experimentada por la principal alianza opositora. Efectivamente, entre las elecciones generales de 2019 y las PASO de 2021, el FdT perdió 4.549.538 votos y JxC 1.308.953.

Ahora bien, antes de describir lo sucedido en la elección general, hay que aclarar que para establecer quién sumó y quién no sumó votos de una instancia a la otra, lo que se debe considerar es el número total de sufragios recibidos por cada fuerza participante. Medir porcentajes es inadecuado porque se trazan sobre bases diferentes.

Como regla general, después de las PASO, lo habitual es que se produzca una reorganización en torno a los agrupamientos más votados (especialmente si presentan listas de unidad). Cuanto menos competida sea la interna, mayor será la posibilidad de sumar apoyos entre una elección y otra. A esto se agrega la consideración negativa de los electores respecto de las primarias conflictivas y el impacto simbólico que esto acarrea.

En las elecciones generales de noviembre -que, no obstante, fueron las de más baja concurrencia ciudadana desde la recuperación democrática hasta la fecha (de 72%)- las dos coaliciones principales obtuvieron más votos, nominalmente, que en las PASO. La coalición JxC sacó más sufragios en todas las provincias, menos Chubut, Corrientes, Santiago del Estero y Tierra del Fuego (en las que hubo competencia interna en las PASO) y el FdT obtuvo menos votos solamente en Tucumán y Mendoza (en los que también compitió con más de una lista en la instancia previa).

Lo cierto es que las dos grandes coaliciones que representan sendos polos de la denominada grieta, encarnados respectivamente por las dos figuras más rechazadas de la política argentina (CKF y MM), si bien han perdido un importante nivel de adhesión en los últimos dos años, concitaron el apoyo de más del 75% del electorado.

En cuanto al discurso desplegado por cada una de las coaliciones, en la elección 2021 se produjo una situación semejante a la de 2019, con una inversión de los roles ocupados por los protagonistas de la grieta. Efectivamente, dos años antes, se conformó el FdT, a partir de la unificación provisoria de fuerzas políticas disímiles que coincidían en que Argentina vivía un momento dramático debido a las políticas neoliberales, por lo tanto, había que hacer a un lado diferencias de orden menor (logrando lo que se denominó la “unidad en la diversidad”), ante la imperiosa necesidad de evitar que el mal mayor siguiera en el poder. En 2021, desde la oposición antikirchnerista, primero se instó a la dirigencia crítica con el oficialismo, a dejar atrás rivalidades secundarias en pos de aunar esfuerzos mancomunados (en una idea similar a la de “unidad en la diversidad”) y luego se convocó a la ciudadanía a expedirse por la única alternativa capaz de imponerse sobre el ahora mal mayor.

En 2021 se reeditaron ciertas situaciones vivenciadas dos años atrás: por un lado, una vez más el “voto rechazo” fue canalizado principalmente por una de las dos coaliciones constituidas en torno a la negatividad política, tras una continua movilización táctica de los electores (quienes votan estratégicamente a un candidato que termina siendo peor que el presunto mal mayor). Por otro lado, en esta ocasión, también prevaleció el voto económico (el cual cumple una función de recompensa hacia los oficialismos ante las buenas performances económicas y de castigo frente a los malos desempeños). Antes de las PASO, desde el FdT, se había confiado en que prevalecería el voto contrario a JxC (que incluía la memoria de la gestión económica previa y la crítica a la posición irresponsable de algunos de sus sectores ante la pandemia) como criterio de alineación. Sin embargo, al igual que en 2019, en esta oportunidad, el voto tuvo la función de sancionar a la coalición gobernante en ejercicio por la insatisfactoria situación económica presente. Al tiempo que la justificación brindada por el gobierno de que la prioridad por la salud era lo que había impedido recuperar la economía en lo inmediato, fue perdiendo progresivamente credibilidad en los sectores no cautivos (especialmente tras los escándalos del vacunatorio VIP y el Olivos gate).

Por otro lado, por más que se hable del triunfo de la oposición, no hay una fuerza política que sea “la oposición”. Dentro de Juntos/JxC (que, según se dijo, es otra construcción política que la de 2019 y 2015) existen, al menos tres sectores diferentes, con divisiones internas entre ellos. Por un lado, el radicalismo cree -una vez más- que revive, que se puso de pie y que está en condiciones de disputar el liderazgo coalicional. Como el amante ingenuo que cree encontrar amor ante cada palabra remilgada que le susurran al oído. El problema surgirá cuando se deba afrontar la sub interna entre radicales advenedizos (Lousteau, Manes) y radicales orgánicos (Morales, Cornejo, Valdés). Los primeros están mejor posicionados en la opinión pública y tienen una imagen más marketinera. Los segundos respaldaron a candidatos que obtuvieron contundentes triunfos en sus provincias; sin embargo, cada uno de ellos, recibió menos votos de los que, contados uno a uno, obtuvo Nicolás del Caño. Esto no parece augurar prometedoras chances de cara a las elecciones presidenciales venideras.El PRO se divide entre los halcones (quienes quedaron secundarizados durante la campaña, pero emergieron favorecidos después de los resultados, buscando pactar con los libertarios) y las palomas (que terminaron desconcertados ante una performance no tan favorable como la esperada).

Al FdT, por su parte, se lo caracteriza ahora -como se había hecho con Cambiemos/JxC- como una coalición exitosa para ganar elecciones, pero incapaz de gobernar. En realidad, se trató de una coalición originariamente defectuosa, con sectores internos disfuncionales, ministros procedentes de tradiciones completamente distintas, que nunca pudo consolidar un liderazgo presidencial unificado, a lo que se agregaron serios problemas para la administración pública. En efecto, esta situación solo confirma que ambos acuerdos (FdT y JxC) se han constituido como meros matrimonios por conveniencia o por necesidad.

Pese a toda la evidencia exhibida, varios analistas resaltan que, en los años recientes, se han conformado dos arreglos supra abarcativos que ─más allá del cambio de integrantes, denominación y morfología─ representan dos proyectos políticos claramente diferenciados, visiblemente identificables por la ciudadanía.

Sin embargo, cada una de las dos grandes coaliciones, congrega sectores completamente dispares (en una, coexiste la progresía kirchnerista, junto a Berni, Manzur y Aníbal y la otra reúne al Partido Socialista con sectores de derecha ultra-reaccionaria como Olmedo en Salta y a los que quieren pactar con Milei en capital). Ahora bien, cada vez que se subraya ese irrefutable dato, se replica que se trata de una cuestión cuasi anecdótica. Se dice que lo fundamental es que son dos bloques divididos por el eje Estado-Mercado.

Pero, paralelamente, se oye a académicos que suelen aparecer en La Nación +, que siguen la idea de que existe una división binaria del campo político nacional, pero entienden que si sos peroncho votás peroncho y si sos gorila votás gorila. Entonces ¿con que versión nos quedamos? Es decir, ¿la línea demarcatoria se produce a partir de dos proyectos de país nítidamente estructurados? ¿O se da en función de identidades partidarias, de índole socio-afectiva, gestadas históricamente, difícilmente subsumibles a consideraciones abstractas?

En ese sentido, para quienes hablan de identidad peronista y antiperonista y recalcan que esta última prevaleció aun estando el peronismo unido, cabe hacer referencia a una nota anterior(Diagonales | Peronismo ¿Unido y salvador?), en la que aludíamos al mito de que lo que salva al peronismo es la unidad, centrándonos en los fundamentos sobre los que reposa la efectiva unidad del espacio .Por un lado, al peronismo como partido de statu quo se le demanda que sepa gestionar eficientemente y que exhiba un liderazgo solvente para la acción estatal. Por otro, es pertinente hacer referencia a las ideas de “peronismo permanente” y “peronismo contingente”, conceptos acuñados por Juan Carlos Torre. El peronismo permanente es la base inamovible (de alrededor del 30%), esa base que siguió apoyando al gobierno a pesar de las condiciones desastrosas de vida de la mayoría de la población. Y el peronismo contingente es el agregado que se adiciona a partir del relato que circunstancialmente despliega el sector peronista que gobierna. En los comicios de este año, no hubo épica, no hubo un relato creíble que adquiriera raigambre popular.

De hecho, al comienzo del gobierno del FdT se había desplegado una narrativa respecto de la gestión de la pandemia sintetizada en la consigna “el Estado te cuida” a través de la introducción y vigilancia de medidas sanitarias paliativas. En este contexto, no es que en la elección 2021 haya prevalecido el eje Estado-Mercado, y que los ciudadanos hayan procurado privilegiar al segundo polo del mismo, votando a JxC. Por el contrario, hubo un importarte sector del electorado que tendió a castigar a quienes prometieron que el Estado los cuidaría, habiendo incumplido su promesa, desmoronando el relato que había instaurado originariamente.

En realidad, esta división del campo político nacional en torno a dos bloques diferenciados es aparente y transitoria. En efecto, la profundización de la grieta y el rechazo a sus figuras principales derivó en que fuerzas partidarias ─que admiten tener importantes diferencias entre sí y que no responden por acciones u omisiones de sus socios tangenciales─se agruparan ante la presunta necesidad de enfrentar a un mal mayor. En los dos casos, se generaron identidades diferenciales fuertemente antagónicas, pero con una débil o nula potencia para articularse en un programa aglutinante. A esto se agrega, la desnaturalización del sentido originario de las elecciones legislativas de medio término, que deberían constituir el momento para favorecer a las opciones predilectas -algunas sin chances en comicios ejecutivos- y no para pronunciarse por el mal menor ante dos alternativas cerradas y excluyentes.

En los comicios de 2021 también se puso en evidencia que los abstencionistas selectivos o votantes de segunda elección no siguen un patrón de comportamiento determinado -como se suele recalcar en los medios- eligiendo casi inexorablemente al macrismo/cambiemismo. En esa misma línea, en esta ocasión, se sostuvo que los miembros de JxC/ Juntos “supieron utilizar bien las PASO”. Pero como vimos más arriba, este frente no retuvo todos los votos de los sectores derrotados internos (incluso, tanto en provincia como en capital, también se fugaron electores de listas que resultaron segundas en las PASO que, si bien se vieron compensadas por los nuevos votantes, el balance fue menos favorable de lo esperado).

Por otro lado, con respecto a la presunta y exageradamente subrayada remontada histórica del oficialismo, se puede recordar la frase de Lucia Topolansky, esposa del “Pepe” Mujica en las elecciones uruguayas de 2014: “El susto despertó al mamado”. El "mamado" sería el Frente, su dirigencia y su militancia, que "despertó" ante los números negativos. Algo similar sucedió esta vez aquí con los intendentes peronistas del conurbano y con algunos abstencionistas de las PASO. En esta ocasión, el espantoso susto de las PASO les permitió reaccionar y mantener la base histórica, pero sin proezas ni epopeya alguna.

En suma, en las elecciones 2021 en su conjunto (desdobladas entre PASO y generales) el voto ciudadano se dividió principalmente -aun con importantes performances de la izquierda revolucionaria y los libertarios antidemocráticos- en dos grandes bloques supra abarcativos. Sin embargo, no ha sido posible arribar, en ninguno de los dos casos, a “la unidad en la diversidad”, en tanto que la diversidad no puede ser contenida dentro de dos espacios artificialmente unificados, gestados a partir de identidades puramente negativas. Lo cierto es que lo que se instauró fue un esquema bicoalicional precario, basado en dos sectores que simbolizan dos experiencias gubernamentales fracasadas, en manos de herederos parricidas (una coalición macrista que quiere jubilar a Macri y una coalición kirchnerista que quiere sacarse de encima a Cristina Kirchner), que sucesivamente han ido perdiendo votos sustentados en el amor y ganando votos surgidos del espanto.


*Doctora en Ciencia Política. Investigadora Independiente CONICET. Coordinadora del Grupo de Estudio de Reforma Política en América Latina (GERPAL). Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC), Facultad de Ciencias Sociales, UBA. En colaboración con Carolina Pérez Roux: Politóloga y maestranda en Ciencia Política por la UBA. Integrante del Grupo de Estudios sobre Reforma Política en América Latina en el IEALC-UBA