Cerrado el proceso de nominación de candidatos parece flotar una sensación de desconcierto donde se mezclan viejas prácticas de la política con novedosas tácticas electorales que conmueven una y otra vez el tablero político-electoral. Viejas prácticas de los “cierres de listas” que hoy se ven mucho más expuestas al escrutinio directo de los medios y de la sociedad. Novedosos movimientos que le dan un giro inesperado a la inercia que traía la disputa política y electoral.

Que un candidato a vicepresidente sea quien elija a su candidato a presidente es, sin duda, una rareza y, a la vez, es un recurso táctico innovador para cualquier liderazgo. Que un presidente (de una coalición electoral), que intenta reelegirse, lleve como candidato a vicepresidente a un ex opositor representa por sí misma una curiosidad para prestar atención.

¿Cómo podemos evaluar los movimientos de la oferta electoral en un escenario de creciente agrietamiento? ¿Estás jugadas son contradictorias frente a la “polarización electoral”? ¿De qué hablamos cuando hablamos de “polarización política”?

Antes de continuar necesitamos agregar aquí algunas de las características propias de nuestro tipo de elección presidencial:

a) El premio, la presidencia, es una recompensa indivisible. Esto determina que el “juego” sea de “suma cero”: a todo o nada.

b) Las reglas, predeterminadas en hasta tres partidas consecutivas, fijan umbrales electorales infra mayoritarios (balotaje a la criolla) para establecer al ganador: la fórmula presidencial.

c) Los jugadores, las fórmulas presidenciales, están prefijados al inicio de las sucesivas partidas (PASO, primera y segunda vuelta si fuera el caso) y no hay forma de cambiar ni sustituir a los competidores, tampoco es posible institucionalizar otros acuerdos o alianzas una vez iniciado el juego.

Bajo esta configuración es totalmente normal que nuestras elecciones presidenciales conlleven una “polarización electoral” que responde a las reglas y a los incentivos propios de un juego de “suma cero”. Aquí, la “polarización electoral” es no sólo esperable sino también deseable, ya que sólo cobra sentido en la medida que enfrentamos una elección suficientemente competitiva sin presencias de hegemonías electorales prestablecidas.

La “polarización electoral”, en tanto diferenciación del antagonista, es un dato saludable de competitividad del régimen. Mientras en la arena electoral se logre procesar de manera pacífica los intereses sociales, estructurando el conflicto político a través de los canales institucionales (formales y/o informales), todos los actores conservarán los incentivos para seguir participando y compitiendo.

Sin embargo, la “polarización extrema”, en términos de “radicalización política” (aunque no se traduzca necesariamente en diferencias ideológicas profundas en sentido de izquierda y derecha), sí representa un riesgo serio para el régimen y la convivencia democrática. No se trata ya de un ciclo de “polarización electoral” en términos de disputa y competitividad de candidatos. Se trata, más bien, de un “agrietamiento” donde cada “espacio” busca definirse como comunidades políticas antagónicas que tienden a negarse y deslegitimarse producto de la radicalización. Así expuesta, la “grieta” fogonea sobre un verdadero “conflicto identitario” donde, progresivamente, se va diluyendo el espacio no sólo para los “antagonistas” sino también para los independientes o “moderados”.

Si observamos las jugadas de los dos líderes, cada uno desde su lado de la grieta, como dos movimientos que no sólo responden a una táctica electoral, confluir hacia el “elector mediano” no radicalizado, sino también que expresan una estrategia política de moderación, construir una “coalición para la gobernabilidad” del futuro oficialismo, el resultado puede ser positivo: la “grieta centrípeta” como la caracterizó Malamud.

*Politólogo, UBA. Twitter: @RobertoBavastro