Desde hace décadas la Argentina se encuentra un laberinto que parece no tener escapatoria. Las crisis son recurrentes y da la impresión de que la historia se repite en un bucle infinito, del cual resulta imposible huir.

Sin embargo, la historia no es cíclica sino que existen problemas estructurales que se mantienen irresueltos y que nos llevan a chocarnos continuamente contra la misma pared. Trabas compartidas por el resto de la región, que hunden sus raíces en la época colonial, en el carácter inconcluso de la independencia y en la forma en que se constituyeron los estados en el siglo XIX. En nuestro caso, el huevo de la serpiente es el modelo del 80. Luego de décadas de guerra civil, los liberales conservadores asentaron las bases de la Argentina moderna a sangre y fuego. Esa pequeña oligarquía terrateniente edificó un país a su imagen y semejanza: agroganadero, exportador, librecambista económica y culturalmente dependiente. Una Argentina macrocefálica, porteño-céntrica, escasamente integrada hacia adentro y fuertemente vinculada con Inglaterra y las  potencias centrales. Una república cerrada, en la cual la democracia no era más que una ficción. Una nación pretendidamente blanca, receptora de europeos, que negaba violentamente su identidad popular, mestiza, indígena y negra. Una sociedad en la cual la dicotomía civilización y barbarie se impuso como patrón cultural legitimador del orden neo colonial imperante.

En fin, la elite construyó un país que a pesar de su pretendido éxito económico no pasó de ser una semicolonia próspera, desigual y dependiente -en el cual los resortes de la economía quedaron en manos de Inglaterra-, a la que para peor, se le pasó a deber una enorme deuda externa.        

Ahora bien, el crack del 29 hizo que el modelo agroexportador entrara en crisis. Se lo intentó revivir con el Pacto Roca Runciman y el fraude patriótico, pero durante los 30´s se fue incubando una nueva Argentina que finalmente emergió en los 40´s con la aparición del peronismo. Dicho movimiento implicó una radical impugnación del estado oligárquico pretendiendo construir un modelo industrial, proteccionista, con un estado fuerte y de bienestar. Una Argentina política, cultural y económicamente soberana, igualitaria y con justicia social. Si bien se avanzó mucho en ese sentido, la estructura agraria se mantuvo y la elite tradicional, aún debilitada, continuó siendo la clase dominante. No dirigente pero sí dominante. Ello le permitió derrocar violentamente al peronismo, dando inicio a un largo período en la cual buscó reimponer una versión actualizada de su antiguo proyecto, incluyendo la alineación con Estados Unidos, el ingreso al FMI y el Banco Mundial y la aplicación de recetas ortodoxas. Sin embargo, habiendo perdido la hegemonía sobre las mayorías e incapaz de hacerlo por las urnas apeló a los golpes militares, la proscripción del peronismo y a la violencia sistemática. Empero, el modelo industrial se negaba a morir dando lugar a un empate catastrófico entre las fuerzas de la vieja y la nueva Argentina. Aquí se encuentra el origen de las crisis recurrentes, generadas por la irresolución de los problemas centrales y por la incapacidad de que un proyecto se imponga sobre el otro. Luego de décadas de alta conflictividad, durante las cuales la industrialización sobrevivió maltrecha y transnacionalizada, aquel empate pareció concluir fatídicamente con la dictadura de 1976. La misma, con apoyo de Estados Unidos, destruyó las fuerzas que pugnaban por una Argentina alternativa e impuso a sangre y fuego el neoliberalismo.

Sin desconocer los elementos novedosos del neoliberalismo, como el alto peso de capital financiero, la emergencia de una subjetividad híper individualista y el creciente poder de los medios de comunicación, lo cierto es que éste resultó una actualización del antiguo proyecto agrario y exportador. Dicho proceso fue tan hegemónico a nivel global que incluso el peronismo, en su versión menemista, terminó consolidándolo. Empero, una vez más todo estalló por los aires. Detrás del supuesto éxito, se escondía la profundización de los problemas estructurales del país: la alineación con Estados Unidos, la dependencia económica, el desguase del Estado, de la industria nacional y la exclusión de millones de compatriotas. Una Argentina para pocos, que como tal resultaba inviable.

La crisis del 2001 abrió una nueva etapa histórica en la que se repitieron muchas lógicas del pasado. El kirchnerismo fungió como una reactualización del peronismo originario intentando una vez más crear un capitalismo nacional, estatista, con distribución de la riqueza y autonomía internacional. Muchos fueron los logros que consiguió, en parte gracias al ciclo progresista que vivió América Latina, el cual permitió un círculo virtuoso y un inédito proceso de integración regional.

No obstante, la impugnación al neoliberalismo fue limitada y el kirchnerismo estuvo aún más lejos que el primer peronismo de resolver las trabas centrales del país. La elite dominante se mantuvo al acecho, contando ahora con el poder omnímodo de los medios. Cuando el kirchnerismo  intentó afectar la renta agraria y la concentración mediática, las fuerzas de la vieja Argentina volvieron con vehemencia para destruir dicho proyecto reformista. Inéditamente lo consiguieron a través de las urnas, algo impensando en otro momento. Lo lograron por el desgaste de 12 años de gobierno, la incapacidad de este movimiento de encontrar un sucesor, pero sobre todo por el peso de los medios  y la continuidad de una cultura y una subjetividad neoliberal.

Así llegó Macri al poder, quien rápidamente aplicó el recetario neoliberal.  Una vez más el país vivió un volantazo de un modelo a otro y cuando parecía que salíamos del neoliberalismo volvimos a caer en él. La secuela fue aún peor que la versión original, con una exhibición obscena de las relaciones carnales y con un presidente multimillonario y ministros que hasta ayer eran CEO de multinacionales o directamente representantes de la SRA. Empero, no alcanzó el blindaje mediático para sostener al macrismo. Sus resultados fueron catastróficos, dejando una altísima deuda externa, 4,5 millones de nuevos pobres y una inflación galopante. La consecuencia obvia fue el regreso del kirchnerismo al poder a través del Frente de Todos y la candidatura de Fernández- Fernández. Sin embargo, la historia esta lejos de terminar. 

Los problemas estructurales no se han resuelto y parecieran estar lejos de solucionarse. Luego de décadas de conflictos seguimos teniendo una economía agraria, débil y dependiente. Un campo que sigue siendo el factor más dinámico de la sociedad, pero que no alcanza para a darle trabajo a la mayoría de la población ni está dispuesto a hacer un aporte para desarrollar la estructura general del país. Resulta que “el campo somos todos” a la hora de defender los intereses de los grandes pools sojeros, pero no al momento de distribuir las ganancias. Seguimos teniendo una cultura dominante auto denigratoria y mimética, que mira más hacia al Norte que hacia el Sur. Una cultura que nos lleva a integrarnos con las grandes potencias antes que con nuestros hermanos. Una sociedad enormemente desigual en términos de clase, género y raza. Un país con una clase dominante que al no defender los intereses nacionales es incapaz de construir un modelo que integre a la mayoría de la población. Que es incapaz de tornarse en  dirigente pero que retiene suficiente poder para imponer su mirada sobre amplias capas de la población y  para evitar la consolidación de un modelo alternativo.

Allí es donde radica la tragedia de la Argentina, la de tener un elite que se cree dueña de un país al que en realidad odian, porque preferirían estar viviendo en París o en Nueva York, antes que en lo que para ellos no es más que “el culo del mundo”. Lo peor es que la oligarquía del siglo XIX, aún con todas sus taras, construyó un Estado-Nación. Los herederos actuales no sólo son incultos (pasamos de Mitre y Sarmiento a Macri), sino que a su vez son absolutamente destructivos.

* Doctor en Historia, Docente UBA-UNSAM