Los comicios presidenciales de la Argentina (octubre, 2019) fueron paradójicos: comenzaron con una gran incertidumbre y terminaron exhibiendo una completa previsibilidad (con la mayor concentración del voto en las dos opciones mayoritarias de las últimas décadas). A inicios del 2019, nadie podía prever que la elección iba a terminar definiéndose en primera vuelta y que, a su vez, las dos alternativas pertenecientes a los polos que conformaban la grieta iban a concitar el 90% de los votos.

Por entonces, tanto el actual presidente Mauricio Macri como la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner eran vistos por una porción de la población como un “mal mayor”. Paralelamente, cada uno de ellos acaparaba un consenso negativo por parte de quienes, ante todo, impugnaban a su principal antagonista (al responsabilizarlo por “la heladera vacía” o por “haberse robado todo”, respectivamente).

En febrero, las encuestas arrojaban un solapamiento de consensos negativos. Esto es que más de un 40% del electorado rechazaba a ambos polos irreconciliables de la grieta (es decir, casi la mitad de la ciudadanía estaba dispuesta a elegir una opción ajena tanto al macrismo como al kirchnerismo). Se especulaba con la posibilidad de que emergiera una tercera alternativa que consiguiera instalar una lógica de tercios en la elección, un posible “cisne negro”.

Se clamaba por el surgimiento de un/una dirigente que no estuviera contaminado/a con ninguna de las dos últimas gestiones gubernamentales. Así fue que reapareció Roberto Lavagna, con sus sandalias con medias veraniegas, transformado prontamente en el “ganador Condorcet”, esto es en aquel contendiente capaz de ganar un mano a mano a cualquier otro de los candidatos en danza.

Al poco tiempo, la popularidad de Lavagna se desplomó abruptamente cuando osó negarse a participar de una competencia interna en las PASO. Entonces, curiosamente, la disputa se mantuvo entre el FPV (fuerza política que, no solo presentó candidatura única elección tras elección, sino que hasta sufrió un cisma por evitar la competencia interna) y Cambiemos (coalición liderada por el PRO, que vetó casi todas las precandidaturas radicales, impidiendo la competencia interna en las primarias legislativas previas).

La grieta se tornó cada vez más profunda y virulenta, sin vislumbrarse una salida ante la encrucijada entre dos experiencias fallidas. En ese momento tuvo lugar el suceso más inesperado de todo el proceso electoral: la renuncia de Cristina a encabezar la fórmula presidencial y la consiguiente nominación de Alberto Fernández para ocupar ese cargo. Este hecho permitió, no tanto la construcción de un liderazgo peronista aglutinante, cuanto la morigeración de las resistencias internas y posibilitó el acercamiento de gobernadores y dirigentes afines, cumpliendo la función de quitar del primer plano a una de las figuras más cuestionadas de la política vernácula.

A partir del paso al costado de la ex mandataria, se mencionó que el presidente en funciones debería hacer lo propio: se habló de la no presentación de Macri, del Plan “V” (la postulación alternativa de la gobernadora María Eugenia Vidal) y de las escasas chances de que un presidente fuera reelecto con los indicadores macroeconómicos existentes.

Macri se postuló. Acompañado por el peronista –otrora kirchnerista- Miguel Ángel Pichetto como compañero de fórmula, licuando las chances de una tercera opción ajena a la grieta.

Esta pronta coordinación de fuerzas “anti” dio lugar a la configuración de dos grandes coaliciones circunstanciales y electoralistas, basadas en amplios y heterogéneos consensos negativos. Hubo quienes sugirieron que estos dos frentes reflejaban la diferenciación ideológica existente en la sociedad. Pero lo cierto es que ambos espacios estaban encabezados por dirigentes de centro-derecha, incluían componentes ideológicamente disímiles y exhibían como elemento conglutinante central la oposición al fracaso –económico o moral- que el sector antagónico simbolizaba.

En las PASO de agosto, el Frente de Todos (sucesor del FPV) y Juntos por el Cambio (continuador de Cambiemos) concentraron aproximadamente el 80% de los votos, con una diferencia abismal -y prácticamente irremontable- del primero sobre el segundo.

Vale aclarar aquí que nuestras reglas electorales promueven efectos en dos direcciones contradictorias. Por un lado, la existencia de un sistema de tres fases eleccionarias posee la presunta virtud de ampliar el abanico de opciones de los ciudadanos, quienes pueden emitir sucesivamente un voto sincero y otro estratégico o útil. En efecto, se aspira a que los votantes de las alternativas expelidas en las primeras fases (PASO y elección general) se reacomoden entre las dos opciones más viables recién cuando se llega al balotaje. Pero en este caso, el ejercicio del voto útil por el mal menor, previsto para la última instancia, se adelantó al primer hito de la competencia electoral.

Por otro lado, en sistemas con reelección presidencial inmediata, la postulación del presidente incumbente produce una contracción en la competencia, estimula la activación del eje gobierno–oposición en la decisión del voto y promueve la división del campo político en dos espacios diferenciados. Como regla general, el presidente en funciones se coloca en una posición privilegiada sobre sus adversarios, en la medida en que cuenta con ciertas ventajas estructurales (visibilidad pública, acceso a recursos, exposición mediática, experiencia ejecutiva, etc.) que le permiten arrancar la competencia desde la pole position.

Esta peculiar combinación de reglas electorales derivó en que la carrera presidencial tuviera su efectiva largada después de una categórica derrota del incumbente en manos del principal desafiante. Esta situación dio lugar a un enroque de roles entre ambos postulantes en la última fase de la campaña (con un Macri, hipermovilizado y un Fernández, replegado) y a la transmutación simbólica de una circunstancia absolutamente estándar –el triunfo de un presidente que va por la reelección (con solo dos excepciones en América Latina)- en una proeza heroica.

En suma, Macri –quien llegó al poder sustentado en un “consenso negativo antigubernamental” en tiempos kirchneristas- ahora aspiraba a expandir el “consenso negativo antikirchnerista” para continuar en el gobierno. Fernández, por su lado, sólo necesitaba que se impusiera el “consenso negativo antigubernamental” que se acrecentaba acuciosamente en un país inserto en una profunda crisis socioeconómica.

La elección general de octubre pareció ponerle fin a ese proceso continuo, consistente en tensar y extremar la alteridad. Pero, al igual que en 2015, prevaleció el voto útil hacia una coalición “anti”, apoyada por sectores heterogéneos y diversos, cuyos intereses y preferencias difícilmente puedan aglutinarse y compatibilizarse en un programa gubernamental común.

En definitiva, una elección en la cual el 90% del electorado se define por alguna opción considerada por un amplio sector como un mal mayor y que, a su vez, acapara un consenso negativo respecto de su congénere, invita a indagar acerca de las limitaciones sistémicas, políticas y comunicacionales que imponen al ciudadano falsas antinomias y lo compelen a elegir entre dos experiencias gubernamentales agotadas.

*Doctora  Ciencia Política. Investigadora Adjunta CONICET. Directora del Grupo de Estudio de Reforma Política en América Latina (GERPAL). Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC), Facultad de Ciencias Sociales, UBA.