A veces vilipendiado, a veces visto positivamente como un recurso para lograr el equilibrio de la balanza de pagos y, otras, como un medio para lograr crecer, el endeudamiento es un tema que divide a la clase política (y, podría decirse también, a la sociedad). La coyuntura actual, con un persistente déficit fiscal, y un gobierno que, a contramano de la gestión anterior, se niega a utilizar la emisión monetaria –por su efecto inflacionario- como su principal medio paliativo, han vuelto a poner sobre la lupa la cuestión de la deuda.

 Respecto a las finanzas internacionales, la Argentina se ha encontrado típicamente dividida entre el debate de elites que han sostenido posturas políticas que sostienen que “debemos vivir con lo nuestro”, y entre las que postulan, por el contrario, la necesidad de “integrarse al mundo” para lograr el crecimiento económico. Las primeras consideran que es posible (y más conveniente) que el país crezca predominantemente a partir del ahorro interno, sin necesidad de utilizar el endeudamiento. Sin embargo, suelen recalcar que la fuga de capitales al exterior o fuera de los canales financieros son dos factores que impiden el desarrollo virtuoso de este modelo. Por otra parte, los segundos valoran positivamente el relacionamiento con los mercados financieros internacionales, evaluando de forma más positiva la toma de deuda como también la llegada de fondos e inversiones del exterior.

La gestión Macri es un claro ejemplo de la perspectiva que favorece la integración con los mercados internacionales, mediante un modelo económico en el que el crecimiento se basaría más en la inversión -que se presume, sería predominantemente externa- que en el consumo interno. De hecho, gran parte de las medidas económicas iniciales (acuerdo con los holdouts, unificación de tipo de cambio) fueron realizadas con el fin de rehabilitar el ingreso del país a los mismos y de dar previsibilidad al Estado Nacional. Las palabras del Ministro de Finanzas, Luis Caputo, a mediados de este año, son claras a este respecto: "El costo del capital y el acceso al financiamiento son dos preocupaciones centrales para la gestión".

Para modificar una matriz económica, que el gobierno considera incapaz para escapar a los repetidos estrangulamientos del sector externo que han limitado el crecimiento del país, la apuesta es generar un ambiente macroeconómico estable, con reglas claras y baja inflación. Sin embargo, mientras tanto, Argentina se ve necesitada del endeudamiento, necesario no solo para financiar el déficit fiscal, sino también para suplir parcialmente el pago de intereses de la deuda y proveer de divisas al país. Asimismo, se ha incentivado al sector privado y a distintos actores del sector público a buscar financiamiento en el exterior, aprovechando un contexto internacional con bajas tasas de interés y la renovada confianza de los mercados internacionales para con Argentina. Entre otros, ejemplos de esta tendencia son el Banco Nación, Aysa y el Banco de Inversión y Comercio Exterior.

De todas maneras, es evidente que el acceso al financiamiento internacional no parte tanto de una estrategia general sino de la necesidad de sostener el elevado déficit fiscal. En este sentido, según un informe realizado en el mes de Noviembre por la Bolsa de Comercio de Mendoza, el 79% del déficit del 2017 fue financiado con deuda, una evidencia preocupante de que el endeudamiento se ha utilizado en su mayoría para gastos corrientes. 

En el 2016, la deuda colocada en conjunto equivale a un valor de 65.622 millones de dólares. Mientras tanto, el año pasado esta cifra se situó en 94.800 millones, evidenciando un incremento de un 44,5% con respecto al 2016 (datos del Instituto de Trabajo y Economía de la Fundación Germán Abdala). En el 2017, las emisiones que se realizaron en moneda extranjera fueron de 66.699 millones de dólares, 86,3% tomado por el Sector Público Nacional, 7,2% por el Sector Provincial y Municipal y 6,5% por el Sector Privado. Debe recalcarse que esta tendencia a tomar deuda valuada en moneda extranjera implica una vulnerabilidad por parte del país ante volatilidades del tipo de cambio. Sobre todo, considerando que más de la mitad de la deuda pública bruta corresponde a títulos emitidos en moneda extranjera -en específico, un 67,4% si se analizan los datos hasta el segundo trimestre del 2017 (Consultora MB Inversiones). Más aún, la economista Maria Iglesia señala que de la deuda sostenida con actores privados, que equivale a 113.593 millones de dólares, el 80% se encuentra en moneda extranjera.

 

Presente y futuro de la deuda  

No obstante, es necesario diferenciar tanto el nivel actual como el ritmo a futuro del endeudamiento. Si se mira el primer factor, la situación financiera de la Argentina no es preocupante, aunque mirando a largo plazo la tendencia actual no es sostenible, y acarrea potenciales riesgos. En este sentido, la dependencia de fondos externos combinada con la ocurrencia de un fenómeno que reduzca el acceso a los mismos, sería una complicación difícil de sortear para el país. Por ello mismo, será relevante que se mantengan los flujos de capitales que han permitido a Argentina en particular, y a las economías emergentes en general -a través de una tasa de interés interna más atractiva-, financiar déficits fiscales gradualmente crecientes. Asimismo, tal como señala el economista Martín Kalos, los intereses de la deuda empiezan a ganar terreno dentro del presupuesto nacional. Mientras que en el 2015 los intereses de la deuda eran de un 1,4% del PBI, se estima que en el 2018 sean de un 2,3%. Esta situación obliga a reducir aún más el déficit y otros gastos fiscales con el fin de destinar fondos a cubrir este rubro.

Consiente de su dependencia externa, el gobierno sigue promoviendo políticas tendientes a promover la confianza de los inversores en el país, tales como el proceso para el ingreso de la Argentina a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur. Igualmente, pese a la suba gradual de tasas por parte de los Estados Unidos y a que el riesgo país de Argentina se haya incrementado en algunos puntos desde el anuncio del cambio de las metas de inflación a principios de enero, los analistas suelen coincidir en que el principal riesgo de mediano plazo es que no se logre reducir fuertemente el desbalance de las cuentas fiscales en los próximos años.

Por último, no obstante la existencia de un cierto consenso entre los economistas al respecto de que las reglas estables, apertura al mundo y la credibilidad política son elementos que atraerán inversiones y promoverán el crecimiento económico, esto solo no será suficiente sin una estrategia internacional clara para encadenar y promover dichas inversiones. Las políticas predominantemente de corte ofertista realizadas deben ser acompañadas por una política exterior activa, “atrayendo” a las inversiones. Sobre todo, esto es necesario en un contexto internacional en el que la ola proteccionista todavía sigue vigente, con la posibilidad de que actores importantes opten por priorizar su agenda nacional, dificultando consecuentemente la llegada de inversiones productivas al país. Un camino interesante, que resalta Marcelo Elizondo, Director de la Consultora Desarrollo de Negocios Internacionales, implica favorecer encadenamientos productivos de empresas locales con extranjeras y abrir, a través de -dificultosas- negociaciones, mercados de exportación en países atractivos para los productos nacionales. De esta manera, sería posible promover tanto el crecimiento interno como el volumen de las exportaciones, factores necesarios para dotar de sustentabilidad al actual modelo económico.


* Escribe Andrés Matías Schelp. Analista e investigador. Es politólogo por la Universidad de Buenos Aires y actualmente se encuentra realizando el Máster en Política y Economía Internacionales en la Universidad de San Andrés.