Aunque en septiembre, cuando echó a su asesor en Seguridad Nacional, John Bolton, Trump declaró que no lo empujarían a una guerra, el 3 de enero ordenó el asesinato extrajudicial del líder iraní Qassem Soleimani y puso al mundo en vilo. Esta acción temeraria, que cosechó infinidad de críticas internas y externas, responde a motivaciones de orden geopolítico, económico y electoral. Y aunque el 8 de enero se mostró triunfante, apenas logró una victoria pírrica cuyas consecuencias se vislumbrarán en el mediano plazo.

La decisión de concretar esta acción unilateral violando incluso la soberanía de un tercer país –Irak- responde, en primer lugar, a la necesidad de Estados Unidos de mantener su primacía en Medio Oriente, tras haber fracasado en Siria y estar perdiendo posiciones en Irak, luego de la ocupación iniciada en 2003. Esa región, donde aún conserva poderosos aliados –Arabia Saudita e Israel- es estratégica y está siendo disputada por sus adversarios globales. Por allí pasa la Nueva Ruta de la Seda, el “Plan Marshall” impulsado por China, que ya involucra a una centena de países. Rusia, en tanto, se está transformando en un actor clave en la región: el 6 de enero Putin viajó a Siria, y al día siguiente se reunió con Erdogan, el premio turco, y realizaron un comunicado conjunto, advirtiendo a Estados Unidos.

En segundo lugar, por supuesto, hay intereses económicos. El control del petróleo es inescindible de los conflictos en Medio Oriente. Estados Unidos nunca le perdonará a la Revolución iraní iniciada en 1979 haber derrocado al régimen instalado tras el golpe de estado de 1953 contra Mossadegh, orquestado por la CIA. Si bien Trump se ufana de que hoy Estados Unidos se autoabastece de crudo y no depende como antaño de su importación, la lucha por ese recurso estratégico sigue siendo una de las variables que explican sus incursiones en esa región.

Un tercer factor para explicar el cambio de posición de Trump –quien en diciembre de 2011 había acusado a Barack Obama de impulsar una guerra contra Irán para lograr su reelección- es de orden político doméstico. El mandatario estadounidense enfrenta en estas semanas el inicio formal del impeachment. Si bien las chances de ser destituido por la Cámara de Senadores son remotísimas, el juicio político podría debilitarlo de cara a las elecciones presidenciales del 3 de noviembre. La polémica decisión de asesinar al segundo hombre más popular de Irán tuvo que ver con mantener cohesionada no solo su base electoral –la enorme mayoría de sus seguidores apoyan esta escalada militar- sino también de los neocons, los halcones que responden al lobby militar-industrial y petrolero.

La respuesta militar de Irán fue acotada, y por ahora hay una paz provisoria y una relativa distensión. Tras el reconocimiento de Teherán del “error humano” que llevó al derribo de un avión civil el 8 de enero, el gobierno de Estados Unidos, que había recibido innumerables críticas internas y externas por su accionar –tanto de adversarios como de aliados-, se muestra triunfador.

Sin embargo, puede terminar siendo una victoria pírrica. Este conflicto no terminó acá. Irán no busca una escalada del enfrentamiento, sino lograr el retiro de tropas estadounidenses. Probablemente, Estados Unidos deberá retirarse de Irak, seguirá perdiendo posiciones en Medio Oriente y la acción de Trump terminará produciendo más daños que beneficios geopolíticos para Washington. El asesinato de Soleimani no solo profundiza sus enfrentamientos con sus adversarios en Oriente Medio y en el mundo, sino que también se produce una grieta con sus socios de la OTAN y otras potencias occidentales que no quieren aumentar las sanciones económicas ni atacar a Irán. Los gobiernos de Francia y Reino Unido ya se ven más cercanos a la posibilidad de retirar sus tropas en Irak. Otras potencias clave como Rusia, Turquía y China también manifestaron su discrepancia con la acción militar de Estados Unidos y llamaron a tender hacia la moderación en el conflicto.

La duda es si Trump logrará capitalizar electoralmente esta acción militar, que él presentó como necesaria para evitar una guerra, aunque por casi todos fue leída como una virtual declaración de guerra. Mientras que consolida su base ultraconservadora, la acción militar podría convencer a sus críticos, en particular los votantes independientes, a concurrir masivamente a las urnas en noviembre. La reelección del presidente depende de que la mayoría que lo rechaza no participe de la elección, siendo el voto voluntario en Estados Unidos.

Los países latinoamericanos, en tanto, hasta ahora no expresaron una voz propia unificada frente al conflicto global. Deberían haber condenado de forma más enfática el asesinato extrajudicial ordenado por Trump. Una buena iniciativa de la CELAC, por ejemplo, sería exigir que la Organización de Naciones Unidas (ONU) condenara estas acciones unilaterales que violan el derecho internacional y los principios del sistema global.


* Profesor UBA. Investigador Adjunto del CONICET. Co-Coordinador del Grupo CLACSO “Estudios sobre EEUU”. Compilador de Estados Unidos contra el mundo y autor de Bienvenido Mr. President. Dirige el sitio www.vecinosenconflicto.com Twitter: @leandromorgen