Con motivo de la aparición reciente de un virus denominado “corona” se han impulsado medidas sin precedentes en los Estados Nación modernos. Lo novedoso de esta nueva pandemia no es exclusivamente el aspecto sanitario o político, sino la crisis financiera que conlleva puede, sin dudas, tener efectos nocivos en un sistema económico que demuestra a las claras las inconsistencias del modelo.

No es sorprendente para los ciudadanos contemporáneos la aparición de una pandemia. Sin ir más lejos en el año 2009, el surgimiento de la Influenza A (H1N1) estimuló en amplios sectores algún grado de paranoia pero su baja mortandad (0.02%) y el advenimiento de una vacuna, provocaron que la denominada “gripe aviar” quedara en el recóndito de la memoria. Los avances clínicos en el último medio siglo demostraron que, a contramano de previsiones apocalípticas, enfermedades mortales como el HIV podrían transformarse en crónicas, siempre y cuando la salud pública no se viera recortada por el avance de las políticas liberales. El rol del Estado en cuanto proveedor de derechos y garantías encontró, luego de la “crisis del Estado de Bienestar” en los años setenta, importantes limitaciones a las erogaciones destinadas a la investigación y desarrollo científico gubernamental.

Los inicios del siglo XX habían puesto de manifiesto la rápida propagación de enfermedades si no se aplicaban las medidas pertinentes para contener las futuras pandemias. Sin dudas, la más importante y mortífera ocurrió en el final de la Gran Guerra de 1918. Mal denominada “gripe española” (debido a que la prensa de ese país le dedicó gran atención e informó sobre su aparición al no encontrarse bajo la censura bélica), tuvo su foco infeccioso en los campamentos militares de Estados Unidos. La propagación del virus se realizó principalmente por los traslados de tropas y el hacinamiento de los soldados. A pesar de no existir certezas, se supone que el virus H1N1 (que a la postre se transformó en estacional y reaparecería en 2009) mató más de cincuenta millones de personas, entre el cuatro y el seis por ciento de la población mundial. La mayoría de víctimas fueron jóvenes entre veinte y cuarenta años que no habían creado anticuerpos al virus, debido a que en su infancia habían estado en contacto con otra cepa de la Influenza, denominada H3N8.  La epidemia tuvo tres oleadas que culminaron en el invierno de 1919, siendo más letal la segunda, del otoño- invierno de 1918, afectando fundamentalmente a jóvenes y algunos niños.

No obstante, si queremos mencionar una de las pandemias más feroces que tuvo que atravesar la humanidad, debemos remitirnos a la famosa “peste” de los cuatro siglos, desde 1348 a 1720.  A pesar de que se encuentran registros que la peste había aparecido fuertemente en Europa entre los siglos VI y VIII – con periodicidades de brotes cada nueve o doce años-, ésta se desvaneció en el siglo IX, pero reapareció con inusitada fuerza en 1346 en las orillas del mar de Azov, en la actual península de Crimea. Los años 1348-1351 fueron los más agresivos de la “peste negra o bubónica” matando, según estimaciones, a la “tercera parte del mundo”. Durante todo el siglo XIV y hasta el XVI la peste apareció en Europa casi cada año en algún lugar diferente del continente. Este escenario de imprevisibilidad y manifestación espontánea generó un ambiente de “alta ansiedad y miedo” entre la población, ya que cuando se creía extinguido, el brote surgía de forma más violenta y mortal. Así, después de 1721 la peste desapareció del mundo occidental. No obstante, los datos no dejan de sorprender, por caso, París perdió 40000 habitantes en 1450, Londres vio dezmado el diez por ciento de su población, y en 1665 perdió 685000 almas; Marsella en 1720 perdió con 50000 muertes la mitad de sus ciudadanos, misma proporción en Nápoles en 1656, pero con 270000 fallecimientos.

Las causas de la peste fueron desconocidas hasta el siglo XIX. Los científicos contemporáneos acusaban a la polución del aire y sus conjunciones astrales o emanaciones podridas del subsuelo. De allí que se encuentren acciones inútiles, como prender fogatas en ciudades contaminadas, el rociamiento con vinagre a monedas y cartas, desinfecciones de hogares y gentes con azufre y perfumes. Asimismo, las ratas fueron ignoradas por las publicaciones de la época como portadoras del virus, al igual que la pulga. En cambio, la responsabilidad de contagio recaía sobre los vínculos humanos. Hoy las investigaciones no desconocen el papel de los roedores en la transmisión, pero el agente principal de transferencia parece que fue la pulga del hombre que pasaba de un agente enfermo a uno en buen estado de salud. Eso permite comprender que los barrios populares fueran el lugar de mayor exposición al virus, donde el parasitismo era más agudo.

La solución, a contramano del presente, no se dio por el consejo de los expertos que se negaban a creer en el contagio. Lo más preciso fue el aislamiento o la huida, máxime si se tiene en consideración las complicaciones secundarias de la peste bubónica, que generaba dificultades neumónicas. El sentido común popular se colocaba por encima de los sabios en este punto. Y fueron las medidas de aislamiento las que provocaron el retroceso de la pandemia, aunque hay que destacar que los ricos eran los que disponían de los medios para rubricar la rápida huida. Pero no solamente el accionar de reclusión permitió vencer al virus. El diagnóstico temprano del síntoma bubónico de la enfermedad fue crucial para luchar contra la peste. La identificación de los “carbuncos y bubones” con descripción de la lengua tumefacta, sed ardiente, alta fiebre, delirios violentos, alteraciones en el sistema nervioso central y los dolores de cabeza y la mirada fija eran señales indisolubles de la peste. Los observadores se percataron que atacaba sobre todo en verano y a las poblaciones más pobres que habían sido víctimas de penurias en el corto plazo, y contagiaba especialmente a niños y mujeres.

La peste provocó un efecto derrame sobre cuestiones básicas. No se conseguían alimentos ni víveres, ni siquiera para aquellos privilegiados que disponían de dinero. De ahí que los pobres comieran alimentos putrefactos debido a la carestía. Así, se sumaba una nueva complicación a la heredada: la aparición de nuevas enfermedades provocadas por la marginalidad y mala alimentación, que complementario a los hechos acontecidos por la peste estimularon raudamente la mortandad en los meses posteriores a la desaparición de la epidemia.

Todo había cambiado, las ciudades habían quedado desiertas y silenciosas, muchas casas fueron deshabitadas y los mendigos fueron focos de agresión al asociarlos como portadores de la peste. Una carta de un magistrado fechada en junio de 1692 en la ciudad de Toulouse, comentaba que “los pobres nos traerán aquí cualquier desgracia si no se toma pronto alguna medida, se trabaja para hacerlos salir de la ciudad y no dejar entrar en ella a ningún mendigo foráneo” y en otra epístola posterior afirmaba con sumo alivio: “comenzamos a respirar un aire mejor desde la orden que se ha dado para el encierro de los pobres”.

Todos los relatos coinciden en la misma escena, parálisis del comercio y las ciudades, cierre de almacenes e iglesias, prohibición de toda diversión, vaciamiento de calles y plazas y el silencio de los campanarios. Todo espacio público estaba inundado de cadáveres que no tenían la mínima posibilidad de sepultura, el solo hecho de respirar provocaba pánico entre ricos y pobres, y sin dudas el miedo era más perturbador que la propia muerte. Se cerraban las ventanas, no se salía a la calle, se separaban hijos de madres, esposas de esposos y la paranoia por la acumulación de víveres era moneda corriente. Los saludos se realizaban a la distancia y en Milán, en 1630, era corriente observar a gente armada por las calles. Muchas casas señaladas como focos infecciosos eran custodiadas por agentes gubernamentales y hasta se les colocaba cadenas y clavos.

El prójimo, el ciudadano, el familiar era peligroso. Se invirtió el concepto de identidad y pertenencia, el mundo había mutado. Los pacientes eran aislados y ni siquiera los médicos los atendían o tocaban, los curas daban la absolución desde una gran distancia. Las relaciones personales habían cambiado gracias a la peste. No obstante, cuando todo había pasado, en el siglo XIV, Jean de Venette escribió: “cuando la pestilencia y mortandad hubiera pasado, los hombres y mujeres que quedaban se casaron a porfía. Las mujeres sobrevivientes tuvieron un número extraordinario de hijos. Ay! De este nuevo mundo, nada ha sido mejorado. Los hombres fueron más codiciosos y avaros todavía, porque deseaban poseer mucho más que antes; perdían la tranquilidad en las disputas, las intrigas, las querellas y los procesos”

*Historiador. (Ceheal-Iiep-FCE-UBA/UNQ)