Con miradas distintas sobre la región y la inserción global, cada uno de los gobiernos ha utilizado las estrategias regionales apoyándose en las iniciativas de gobiernos anteriores pero resignificando su orientación. Así como el gobierno de Menem promovió la creación del MERCOSUR (para promover la liberalización comercial) apoyándose en los acercamientos de Alfonsín con Brasil y Uruguay, los gobiernos de Duhalde primero y Néstor Kirchner después readecuaron los objetivos y orientaciones del bloque en sintonía con sus proyectos políticos nacionales.

En el caso de la UNASUR, su origen se remonta a la iniciativa brasileña de creación de un Área de Libre Comercio Sudamericana (ALCSA) de Itamar Franco (1993-1995) y continuada por F.H. Cardozo (1995-2003). El gobierno de Lula la reorientó hacia la búsqueda de la convergencia de políticas e infraestructura bajo la denominación de Comunidad Sudamericana de Naciones, primero, y UNASUR luego, como parte de un proceso de negociación de la propuesta original que contuviera los intereses de gobiernos tan disímiles como el de Álvaro Uribe (Colombia) y Hugo Chávez (Venezuela).

El gobierno de Mauricio Macri (y parte de los gobiernos liberales de región) representa una ruptura de esta tendencia: primero, no considera la reorientación de los acuerdos regionales, como el MERCOSUR o la UNASUR, en función de sus prioridades de política exterior. Busca en cambio su vaciamiento, reflejando así su incapacidad para resignificarlos. Segundo, las acciones regionales le sirven a los propósitos de la política nacional para fortalecer su posición en la opinión pública nacional. Así, la coalición Cambiemos desde la campaña electoral de 2015, utilizó los asuntos sudamericanos como un elemento para el debate político doméstico demonizando y simplificando esa esfera. Una vez en el gobierno, la gestión de la diplomática Malcorra tuvo una actitud titubeante con los compromisos regionales: en parte debido a su interés por obtener el apoyo de la región en su carrera personal hacia Naciones Unidas, así como por la ausencia de otros actores de peso para vaciar las plataformas regionales. En este marco, se intentó un acercamiento del MERCOSUR con la Alianza del Pacifico como instancia superadora para la liberalización comercial de la región.

La asunción del canciller Faurie sumado a los cambios políticos en algunos países de la región, facilitó llevar adelante un proceso de vaciamiento: primero, estableciendo un cordón sanitario sobre el gobierno de Maduro, para luego lograr suspenderlo del MERCOSUR; segundo, con el “Grupo de Lima” quitar el respaldo a la UNASUR durante la presidencia pro-témpore boliviana para posteriormente denunciar el tratado y retirarse de esa plataforma; y tercero, promoviendo la eliminación de las elecciones directas al Parlamento del MERCOSUR como insumo para la campaña electoral.

Estas decisiones demuestran la incapacidad para apropiarse y resignificar esas plataformas: mientras que la UNASUR o el MERCOSUR (con Venezuela) hubieran permitido a los gobiernos de la región tener un ámbito propio (con herramientas y tradiciones institucionalizadas) para procesar la crisis del gobierno bolivariano. Mientras que en un primer momento durante la presidencia argentina en UNASUR se intentó –infructuosamente- designar a José O. Bordón como Secretario General (sin obtener siquiera acuerdos dentro de los gobiernos “liberales”), y se opta por su vaciamiento apareciendo como furgón de cola de la iniciativa colombiana de la creación de la PROSUR (que no queda claro aún cuál será su objeto). En tanto que, en 2015, las elecciones directas al PARLASUR les permitió proyectar a Mariana Zuvic como figura nacional, y a meses de la elección -y sin cumplir con los mínimos procedimientos legales- promueve su derogación para, en el marco de la actual campaña electoral, demonizar los aspectos no comerciales de la integración.

A menos de 8 meses de finalizar su mandato, el gobierno de Mauricio Macri no ha podido tener una política exterior clara para la región (cuestión válida para el ámbito multilateral) que le hubiera permitido (legítimamente) resignificar los supuestos “errores” de la integración regional promovida en los años anteriores.

Por el contrario, la sobreideologización de la integración regional (en gran parte por la demonización doméstica) lo ha llevado a una incapacidad de apropiarse del proceso, resignificarlo y utilizarlo para sus objetivos regionales como una herramienta válida para los objetivos de la política exterior. Intentarlo en el presente es demasiado tarde.

*Politólogo y Docente en la UBA/UNLA. Investigador del CEAP-Sociales-UBA. Twitter: @eporcelli