La Universidad pública es un emblema argentino en el mundo. Se la conoce por su excelencia académica, el carácter inclusivo de su gratuidad, y su dimensión de institución social en el país. Frente a la pandemia, distintas universidades son reconocidas por sus trabajos científicos en la búsqueda de una vacuna. En un país desgarrado por una tremenda crisis económica, con un Estado empobrecido y desguazado en los últimos años, en una región con territorios muy postergados en infraestructura y condiciones de vida, la UNLP viene cumpliendo, además de la investigación, otro rol fundamental: poner el cuerpo en la primera línea de batalla contra el virus. Y lo hace con sus recursos, sus personas, y una perspectiva comunitaria que debería ser ejemplo para la gestión estatal.

Inés Iglesias es Directora del Consejo Social de la UNLP, organismo encargado de reunir a los diferentes actores de la comunidad para analizar sus principales problemáticas y pensar estrategias de abordaje. Melina Fernández es Directora de Gestión Territorial de la Prosecretaría de Políticas Sociales, dependiente de Extensión de la Universidad. De su Dirección depende el fortalecimiento de los trece Centros de Extensión Comunitaria que la casa de estudios tiene en toda la región en barrios populares. Guido Mastrantonio es Secretario de Extensión de la Facultad de Ciencias Exactas, área a cargo, entre otras cosas, de las brigadas Ramona Medina. Diagonales dialogó con ellos para reconstruir el inmenso trabajo que realizan día a día por la comunidad de la región, con especial énfasis en los sectores históricamente postergados. Un trabajo que no es nuevo, que se potencia por el COVID-19, que apunta a construir más allá de la pandemia, y que merece ser conocido y reconocido por toda la sociedad.

OPERATIVOS, PRODUCCIÓN DE INSUMOS Y CONSTRUCCIÓN COMUNITARIA

Resulta difícil decidir por dónde empezar a contar un trabajo tan profundo, extendido, interdisciplinario y multiactoral como el que la UNLP desarrolla día a día en barrios, laboratorios, comités populares y de crisis, oficinas de gestión y hasta las casas de las cientos de personas implicadas en el mismo. Quizás, lo primero sea decir que ya se cuentan en unas 7.000 familias y más de 20.000 las personas que fueron asistidas directamente por los operativos de las Brigadas Ramona Media, que ya son toda una institución en los barrios populares. Estas brigadas cuentan con más de 200 estudiantes y profesionales que se dividen en grupos autorganizados por territorios, y bajo una coordinación común con una lógica bien clara: una intervención territorial integral, que exceda lo sanitario, desde la perspectiva comunitaria de la empatía. “El propio escenario de la pandemia fue ordenando nuestra intervención y marcando los aspectos que teníamos que atender. Por ejemplo, la salud mental no fue quizás el elemento central al principio de los operativos, y fue cobrando relevancia con la prolongación del aislamiento", comenta Mastrantonio. Los primeros operativos tuvieron que ver con continuar planes de vacunación que se vieron suspendidos por la cuarentena, y al día de la producción de estas líneas ya son más de 80 las jornadas territoriales de vacunación, para relevamiento sanitario y búsqueda de casos activos. En las mismas, no solo se atienden las necesidades sanitarias, sino que se busca construir un vínculo con las familias para abordar la totalidad de sus problemáticas.

Al número de personas alcanzadas por las brigadas se le deberían agregar todas las personas indirectamente tocadas por las acciones de los equipos universitarios. Cabe citar como ejemplo los 25 mil litros de lavandina, los 6 mil de jabón y otros tantos de detergente, que diferentes dependencias de la UNLP produjeron y distribuyeron entre comedores populares. Esto significó la mayor dotación de insumos para la higienización que recibieron los territorios, y una ayuda indirecta para las miles de personas que concurren a esos espacios comunitarios. “Entre los insumos que se compraron para producir productos de higiene, insumos para las más de mil máscaras que produjo el gremio de no docentes, seguros para los promotores de salud, y las miles de impresiones de materiales de difusión, protocoles, etc., la Universidad lleva invertidos más de $1200000 de recursos propios para enfrentar esta situación” dice Iglesias en relación a la magnitud del esfuerzo económico que está haciendo la Universidad. Teléfono para el Municipio, que debería ser quien garantice todos estos recursos.Pero hay acciones que no pueden medirse en dinero y también valen mucho. El asesoramiento a organizaciones para la producción de insumos; el acompañamiento con instancias de formaciones en salud, diseño de protocolos, capacitaciones en abordajes de casos sospechosos, coordinaciones entre los comedores de los territorios para cubrir toda la semana, son algunos de los aportes que se llevan adelante en los distintos dispositivos de cogestión entre las comunidades y la UNLP.

En cuanto a lo educativo, la Escuela Universitaria de Oficios, por ejemplo, virtualizó su oferta y sigue adelante en los barrios. El contacto educativo y el sostenimiento de los vínculos es una prioridad de las políticas sociales de la UNLP. “Tenemos experiencias muy lindas, que muestran el compromiso de una universidad que además de realizar acciones sanitarias en el marco del Voluntariado Universitario y las Brigadas Sanitarias, está también realizando esfuerzos para sostener las intervenciones educativas que realizaba antes de la pandemia”, cuenta Fernández. Un ejemplo es el Colectivo musical, un proyecto de extensión que busca promover la integración cultural y la identidad barrial a través de la participación de los niños, niñas y adolescentes del barrio en espacios de producción musical. Lleva tres años funcionando en el Centro de Extensión Comunitario Corazones de El Retiro, y consolidó un ensamble de música popular llamado “Los chicos y las chicas de Chispa”. Para seguir haciendo música, se les prestaron a los chicos y las chicas de Chispa los instrumentos que pertenecen a la casa de estudios. Hoy mantienen los ensayos por videos de WhatsApp o videollamadas. En otro barrio, El Puente es  un proyecto de alfabetización de la Facultad de Humanidades que desde el año pasado funcionaba en la escuelita Eva Duarte, un aula construida  por estudiantes de arquitectura en el Las Palmeras. Ante las medidas de aislamiento, fueron desarrollando diferentes estrategias para mantener el vínculo con los niños y niñas que participaban en los talleres: desarrollaron cuadernillos con actividades que se distribuyeron casa por casa, sostuvieron el vínculo con la Escuela Nº50, colaborando con la entrega del servicio alimentario escolar y los cuadernillos de la escuela, y sostienen videollamadas con los estudiantes para acompañar la modalidad de educación virtual a distancia en contexto de pandemia. “Buscamos sostener acciones que excedan lo sanitario y que sostengan y fortalezcan las redes comunitarias de los territorios, generando respuestas multiactorales”, señala la Directora de Gestión Territorial, remarcando la perspectiva de construcción comunitaria que orienta todas estas intervenciones.


UNLP Y LA INTENDENCIA DE GARRO: DOS IDIOMAS DIFERENTES

La crítica central a la respuesta municipal a frente a la pandemia no pasa, para los entrevistados, por la insuficiente entrega de alimentos o recursos, por lo tardío de sus acciones o la falta de articulación, aunque concuerden en estos aspectos para describirla. Ante las consultas de Diagonales, los tres académicos puntualizaron en una lógica de intervención diferente por parte del Municipio, a partir su mirada emergentológica no comunitaria. “Tenemos diferencias en cómo entendemos el problema, hablamos idiomas diferentes”, señala Mastrantonio. “La perspectiva del Municipio es una mirada medicalizada. Ellos llegan al territorio solamente en búsqueda de casos sospechosos, toman la temperatura, hisopan y se van. Eso desconoce las dinámicas comunitarias, las realidades del territorio. Muchas veces ese tipo de intervención sólo genera tensiones, estigmas entre los vecinos”. El abordaje de las Brigadas Ramona Medina y de los voluntarios universitarios se rige por otro concepto. “Nuestros operativos persiguen una intervención integral desde el diálogo y la empatía, partimos de la relación con las familias y  el conocimiento y comprensión de sus realidades y sus problemáticas; una perspectiva de salud comunitaria”. En ese sentido, estos operativos abordan problemáticas múltiples, como la salud mental, la violencia de género, la promoción de medidas de higiene y cuidado, y hasta la salud de las mascotas. Los operativos universitarios comenzaron antes que los municipales. La intendencia no se sumó de entrada a la propuesta que la UNLP llevó al inicio del aislamiento para comenzar con los mismos, y sólo se plegó después, cuando su inacción ya rozaba el escándalo.

Algo similar sucede con la distribución de alimentos. “Al principio del aislamiento tuvimos una reunión con el Municipio en la que nos pidieron fijar criterios para la distribución, y nosotros propusimos esta perspectiva comunitaria de incluir a los actores de los barrios, concretamente en ese caso los comedores. Finalmente avanzaron con otros criterios, y desde ahí fuimos por caminos algo separados hasta que se pudieron constituir los comités de crisis”, expresa la Directora del Consejo Social. “Para que el aislamiento se cumpla hay que pensarlo en los barrios, no en los hogares. Eso es entender las dinámicas comunitarias. Para eso planteamos desde el inicio algunos temas como el agua, la electricidad, los elementos de higiene, alimentos; y esa conversación que tuvimos en Marzo sigue siendo más o menos la misma hoy",  agregó.

Los comités de crisis son vistos por todos como un paso adelante importante, a consolidar y profundizar, de relación entre los distintos actores de los territorios y el Estado Municipal. Aunque tengan funcionamientos disímiles entre sí y muchas veces no den respuestas concretas. “Al principio la UNLP no estaba convocada a los comités de crisis. Fue a partir de los pedidos de los comités populares que se nos incluyó, lo que marca la inserción de los dispositivos de la Universidad en los barrios, y la construcción permanente con las comunidades”, exclama Fernández, encargada de la gestión territorial. Y remarca la importancia de esa perspectiva de construcción comunitaria: “a la mayoría de los casos el Estado llega porque son los vecinos y las organizaciones las que los ponen en agenda en los distintos comités; y ahí se piensan lo operativos. La Municipalidad no tiene la capacidad para responder a todo, pero tampoco muestra la voluntad política de un abordaje integral, van por otro lado. Las organizaciones quieren colaborar”, concluye.

Otro aspecto importante es la falta de articulación por parte del Municipio. Los comités de crisis están nucleados en un Comité Central que es el encargado de compartir la información entre las distintas secciones. Hace más de un mes que no sesiona, su último encuentro fue el 16 de junio, y en el medio hubo una compra de alimentos con recursos de Nación que no fue debidamente informada ni se discutió su distribución. Lo mismo sucede con los operativos. Las Brigadas Ramona Medina y los Voluntarios vuelcan en un App la información que recogen, la procesan, y comparten con los distintos efectores de salud correspondientes. Pero ellos no reciben la información recuperada por los operativos municipales.

“HOY APRENDIMOS A SONREIR CON LOS OJOS”, UNA MIRADA AL FUTURO

“Conformamos lo que llamamos Núcleos Operativos de Emergencia, referentes de las comunidades más voluntarios, para las redes comunitarias con los CAPS y los hospitales. Apostamos a fortalecer a las comunidades para que todo esto quede cuando pase el COVID, que estos núcleos comunitarios tengan una presencia permanente”, comenta Iglesias. Su perspectiva es compartida por Fernández: “los operativos dan una foto de cada territorio, pero eso es muy variable, muy dinámico. Lo que busca la UNLP es fortalecer a los actores de los barrios para que por sí mismos puedan detectar casos y saber cómo actuar, de acá para adelante y para siempre. De eso se trata fortalecer las redes comunitarias, mejorar las capacidades de una comunidad para afrontar sus problemáticas”. Mastrantonio, por su parte, lleva la cuestión a algo bien concreto: “hoy realizamos operativos de vacunación y al mismo tiempo preparamos esas redes para que sepamos qué hacer cuando llegue la vacuna para el COVID; una estrategia de vacunación está vinculada al bagaje inmunológico de una comunidad, y eso se conoce estando en el territorio fortaleciendo esas redes”.

La idea es clara y esperanzadora. Todo el trabajo de hoy, además de resistir a la pandemia, pretende aportar a construir comunidades más articuladas, más fortalecidas, con mayor autonomía y mejor preparadas para las nuevas problemáticas que se presenten, o viejas que subsistan. “En uno de los informes que compartimos con las brigadas, reflexionamos sobre la necesidad de llevar tranquilidad y algo de alegría a las familias que están sufriendo esta situación, y que de pronto tienen que abrirnos las puertas de sus casas y responder a nuestras preguntas sin siquiera vernos las caras porque andamos con barbijos. Y ahí surgió una frase que muestra el espíritu de estos hombres y mujeres que decidieron ponerse este pedazo de historia al hombro: hoy aprendimos a sonreir con los ojos”, cuenta Mastrantonio. Y entonces no queda más que un profundo respeto y admiración por todos ellos y todas ellas, y la esperanza anclada en estas construcciones basadas en la empatía, que solo podemos soñar con que se multipliquen e irradien a todos los niveles de la gestión pública.