Habrá muchos modos de nombrar estas épocas, muchas maneras de rondar por las urgencias, las pobrezas, las tecnologías, las políticas, las novedosas civilizaciones y la nueva educación. Algunos hablarán sobre lo "líquido", otros acerca de las "turbulencias", otros pronunciarán "tinieblas", y otros aún se contentarán con el mote de la "novedad" como único símbolo disponible.

Algo que todavía no hemos comprendido cabalmente habrá ocurrido para que hayamos olvidado los consejos de los ancianos, y estemos delante de la figura del "coaching" como la máxima expresión de la formación y la transmisión entre seres humanos.

Quien enseña debería ser aquel que va contra el orden natural de las cosas, sobre todo en esta época en que enseñar se ha vuelto una suerte de profesión técnica, una estrategia derivada de cierta forma de hacer y entender burocráticamente el conocimiento, un aliado de la falsa idea del empleo, un modo de postergar el presente para sumarse a los discursos voraces y falaces del futuro –el futuro ciudadano, el futuro trabajador, el futuro lector, el futuro padre-madre de familia- e, inclusive, una figura ahora desprestigiada y confinada a un papel de mediador entre las informaciones y los aprendizajes de los niños y jóvenes.

Ir contra el orden natural de las cosas supone una cierta rebeldía, una determinada insatisfacción y un deseo por pensar de otro modo la educación: rebeldía para negarnos a la hipocresía de la exigencia de salvación por lo educativo, insatisfacción por ser y parecer solo administradores de informaciones, deseo de recuperar el arte de enseñar. 

Y aunque es cierto que no son éstos buenos tiempos para desnaturalizar una percepción de escuela que funciona en términos de rendimientos y auto-realización, la búsqueda consistiría en separar esa identidad perversa entre mundo y vida, sobre todo el mundo horroroso que naturaliza las guerras, el hambre, la miseria, la humillación, para resguardar y proteger las vidas singulares que son el principio y el destino de toda educación y de toda comunidad.

Hasta hace poco tiempo pensaba que educar significaba unir en un mismo gesto, en una misma acción, el mundo con la vida o la vida con el mundo. Pero ahora no estoy tan seguro: si el mundo, o cierto mundo solo desea formar secuaces para un mundo tecnificado, si ese mundo solo plantea un conocimiento utilitario, pues habrá que imaginar una separación que cuide las vidas y que, con ese cuidado, quizá, cree nuevas relaciones en el mundo.

Pero no es la ideología del mérito, la meritocracia, la que aquí cuenta. Por el contrario: preguntemos al que se levanta a las tres de la mañana para cargar bolsas, enharinar las fuentes de pan, desenrollar las redes de pesca, viajar cuarenta kilómetros por día para ir a la escuela, buscar trabajo como quien busca su vida, no conseguir una silla de ruedas o recibir golpes o morir por ser mujer, si no han hecho méritos como para vivir otra vida.

Esa cultura del trabajo y del esfuerzo sólo vale para sostener privilegios y ocultar el origen más cruento de la desigual existencia. La verdadera cuestión está en la igualdad primera, donde no importa de dónde se provenga, con qué apellido se nace, en qué barrio se ha nacido.

Lo público de las escuelas nada tiene que ver con el mérito, la calidad, los talentos "naturales" y las exigencias.

Estamos allí, en las escuelas, para no dejar a otros librados a su propia suerte, la mala suerte; para ir contra el orden "natural" de las cosas, esa "naturaleza" que algunos piensan que es inefable y que no se puede contradecir ni torcer;  porque si no las publicidades, buena parte de los medios, las empresas y cierta política convertirían a los niños y a las niñas solo en consumidores y trabajadores sin decisión, ni vocación, ni pasión; para que la escuela sea uno de esos lugares que luego recordemos como uno de esos momentos en que fue posible transformarse uno mismo gracias a la presencia de otros y otras diferentes; para que la infancia y la juventud de un pueblo, de una ciudad, de un país, no se conviertan rápidamente y antes de tiempo en una vejez indefensa.

Estamos allí, en fin, para que la fatalidad no nos gane la partida.

 
*Educador y escritor, Investigador principal del CONICET, [IICSAL] INSTITUTO DE INVESTIGACIONES SOCIALES DE AMERICA LATINA. FLACSO, Argentina