El debate sobre la ampliación de la jornada escolar comenzó en nuestro país hace más de 50 años con la creación de las primeras escuelas de jornada completa, también llamadas de doble escolaridad,  pero cobró fuerza a partir del año 2006 con la sanción de las Leyes de Financiamiento y de Educación Nacional que establecieron la extensión del tiempo escolar,  priorizando a los sectores sociales más postergados.

La extensión de la jornada escolar refiere a la ampliación del tiempo escolar a más de un turno de 4 horas diarias. En este concepto se incluye tanto a la jornada completa que comprende dos turnos de escolaridad, como a la jornada extendida que propone ampliar el tiempo escolar sin que la extensión alcance un turno completo.

Existe consenso acerca de que los nuevos contenidos que demanda la cultura contemporánea tales como lenguas extranjeras, nuevas tecnologías, diversos lenguajes artísticos, deportes, entre otros, no pueden ser atendidos sin ampliar el tiempo de la jornada escolar que históricamente es de 4 horas.

No obstante, en los últimos años, se puso en debate la incidencia de la extensión del tiempo escolar en la mejora de los aprendizajes, basado en algunas experiencias que han demostrado que no siempre más es mejor y que nos lleva a preguntarnos acerca de cuál es el proyecto que le da sentido a más tiempo en la escuela, cuál es su valor educativo,  cuáles son los contenidos y  cómo se enseña y se aprende en la escuela.

La primera cuestión para tratar de responder a estos interrogantes es desmontar la idea de que el objetivo prioritario de la extensión horaria es obtener mejores resultados en las evaluaciones. Un estudio realizado por el CIPPEC en el año 2006 en el que se analiza los resultados de las pruebas de los Operativos Nacionales de Evaluación demuestra que los alumnos de escuelas de jornada completa obtienen en general mejores rendimientos que los alumnos de jornada simple, aunque la diferencia es en todos los casos leve. Por lo tanto, no es precisamente esta relación lo que justifica la necesidad de avanzar en políticas de extensión de la jornada escolar.

A más de 12 años de la sanción de la Ley de Educación Nacional las cifras evidencian que desde el punto de vista cuantitativo, la meta establecida (“lograr que al año  2010, como mínimo el 30% de los alumnos de educación básica tenga acceso a escuelas de jornada extendida o completa, priorizando los sectores sociales y las zonas geográficas más desfavorecidas”) aún está lejos de cumplirse dado que el último dato disponible indica que al año 2018 sólo el 22 % de las escuelas primarias de nuestro país ofrecía jornada extendida o completa. No obstante, no se trata solo de una cuestión cuantitativa, lo importante es analizar en qué medida más tiempo en la escuela representa para los chicos la oportunidad de ampliar su horizonte cultural a través del acceso a otro tipo de experiencias, tanto expresivas como deportivas, que la jornada simple no puede ofrecer y a las que los alumnos de familias de bajos recursos no pueden acceder por fuera de la escuela.

A la hora de pensar políticas para la infancia tenemos que tener presente que más tiempo en la escuela incide favorablemente en la calidad de los aprendizajes de los alumnos en la medida que vaya acompañado de nuevas formas de organizar la vida escolar, contenidos actualizados y prácticas pedagógicas renovadas, entre otras cosas.

Existen evidencias de que en los chicos que participan de prácticas artísticas, expresivas y deportivas, algo muy poco frecuente en los sectores más postergados, se fortalece la autoestima y se gana en seguridad personal, generándose otro tipo de vínculo con el aprendizaje, lo que favorece sin duda alguna un mejor desempeño en general.

En un país como el nuestro, donde 1 de cada 2 chicos está por debajo de la línea de pobreza es la escuela la única institución capaz de ofrecerle estas oportunidades y es responsabilidad indelegable del Estado el poder garantizarlas.


*Investigadora del Observatorio de UNIPE - Universidad Pedagógica Nacional