Estos últimos días se abrió un debate respecto del acceso a la educación de un grupo de estudiantes, sin dispositivos ni conectividad, en la Ciudad de Buenos Aires. El gobierno de la Ciudad propuso abrir escuelas cercanas para resolver el problema. Otras voces, muy variadas por cierto, realizaron propuestas alternativas como la entrega de dispositivos para estos niños y jóvenes.  El argumento era no sólo evitar potenciales riesgos sanitarios sino también de posibilitar el acceso a la tecnología para disminuir la brecha educativa. Brecha que se profundizó con la pandemia en todo el país.  Hoy, quienes tienen acceso al mercado pueden educarse en sus casas, de modo sincrónico (si cuentan con un dispositivo e internet de alta velocidad) y sin necesidad de traslado.

Mientras tanto, quienes pertenecen a los quintiles de ingresos más bajos sólo tendrían, según la política diseñada por la ciudad, un acceso limitado a los días y a las horas en las que puedan concurrir a estos espacios escolares preparados ad-hoc.

Lo cierto es que la realidad podría haber sido muy distinta y más justa para todo el sistema educativo argentino. Tuvimos en nuestro país un programa que se denominaba Conectar Igualdad.  El mismo, hasta diciembre del 2015 llevaba entregadas cinco millones trecientas mil computadoras. La entrega incluía a docentes y estudiantes del nivel medio, de educación especial y a los profesorados.

Esas computadoras estaban asociadas a servidores que se instalaron en cada una de las escuelas. De este modo se garantizaba  el acceso a una intranet, que permitía la comunicación permanente entre estudiantes y docentes de una misma escuela.

Conectar Igualdad era mucho más que la entrega de un dispositivo a millones de estudiantes. Era la posibilidad de educarse en el mundo de las TICs. Era la posibilidad de tener intranet y por tanto, comunicación entre estudiantes y docentes de una escuela. Era una política que entregaba las netbooks con aplicaciones, programas y contenidos que permitían un mejor trabajo pedagógico. ¿Era mejorable? Si, sin duda tenía enormes desafíos por delante.

Sin embargo, en lugar de encarar estos desafíos, propios de una política incipiente,  el gobierno asumido en el 2016 lo desmanteló a pesar de proclamar la continuidad del mismo en la campaña electoral.

Pocas voces se alzaron cuando se inició el desarme progresivo del mismo. Sencillamente era difícil de creer que se fuera a tirar tanto esfuerzo por la borda. Con dolor y preocupación muchos de quienes lo habíamos visto crecer lo vimos desaparecer.

Nadie imaginaba, en aquel momento, que una pandemia como la actual,  iba a azotar con fuerza inusitada a todo el planeta. Pero lo hizo.

Y al hacerlo dejó al desnudo la irresponsabilidad de tomar decisiones que involucran a millones de estudiantes, entre cuatro paredes, sin considerar los esfuerzos de todo tipo que dicha política había requerido. Decisiones que afectaron, como lo vemos en la actualidad,  las oportunidades de quienes menos poseen.

Imaginemos hoy lo diferente que sería el proceso educativo si hubiera continuado (con las mejoras del caso) Conectar Igualdad. Estudiantes de todas las secundarias tendrían sus computadoras. Estarían conectados de mínima con la intranet. También lo estarían, estudiantes de los profesorados, estudiantes de educación especial y graduados. Los desconectados de hoy no lo estarían, por lo menos, no en su mayoría.

Un estudio reciente del ODSA (Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina) muestra que aquellos estudiantes que poseen una computadora y/o libros en sus casas tienen mejor rendimiento en la escuela que quienes no poseen ni computadoras ni libros.

Infelizmente no podemos volver el tiempo atrás, tampoco las políticas. Sin embargo, podemos aprender lecciones para que esta y otras coyunturas no sorprendan ni afecten tan profundamente la marcha del sistema educativo.

¿Qué lecciones podemos aprender? La primera es no tirar por la borda lo que hace otro gobierno simplemente porque no es del mismo  signo político.

Conectar Igualdad implicaba una estrategia de llegada a todos los estudiantes y docentes por igual. Esa es la segunda lección: fomentar políticas universales. El modelo de entrega uno a uno debe ser valorizado. La tercera es la de fortalecer políticas que entiendan la necesidad de la alfabetización digital. Como un gran pedagogo argentino señalaba: la alfabetización digital es al siglo XXI lo que la alfabetización fue al siglo XIX. Una necesidad para el progreso de las naciones. Y dejemos en claro que la alfabetización digital es mucho más compleja que manejar un teclado o un programa determinado. Alfabetizarse digitalmente implica saber programar, implica convertirnos en consumidores activos, inteligentes y en productores de TICs.

No podemos darnos el lujo hoy, si queremos un país democrático, justo y con perspectiva de futuro promisorio,  que el acceso a las tecnologías dependa sólo de la capacidad adquisitiva de la población.

No podemos  seguir en debates tan poco estratégicos como el que plantea que los menos pudientes tengan un acceso limitado a las TICs para fines educativos con el único objetivo de resolver la coyuntura.  Dispositivos y conectividad (no sólo para tareas administrativas) junto al libro impreso, son herramientas claves en la educación.  Las políticas de Estado deberían guiarnos hacia ese horizonte entendiendo que la universalización de la provisión de estas herramientas didácticas es parte de un derecho establecido constitucionalmente al que no queremos ni vamos a renunciar.


*Secretaria de Ciencia, Tecnología y Políticas Educativas de La Matanza, investigadora del CONICET, ex Directora Ejecutiva de Conectar Igualdad. Twitter: @silvinagvirtz