A raíz de la conocida denuncia por violación realizada por una actriz argentina, nuestra sociedad viene presenciando una ola de enorme y masivo repudio a todos los hechos de acoso, abuso y violencia hacia las mujeres, sintetizado en la frase “mirá como nos ponemos”. Enunciada y multiplicada desde la primera persona del plural, la frase busca expresar la voz de todo el colectivo de mujeres, poniendo en evidencia el hartazgo generalizado ante dichas formas de violencia, históricamente invisibilizadas y naturalizadas. De algún modo, la masividad de la reacción demuestra que los temas de género han irrumpido, desde hace ya un tiempo, en la agenda pública y encuentran amplio consenso en el conjunto de la sociedad.

Las demandas de género felizmente también llevan a revisar muchas otras formas de violencia y discriminación, como lo son aquellas existentes en el mercado de trabajo. Si bien los estudios de género vienen mostrando desde hace décadas las profundas desventajas de las mujeres –y también de los géneros no heteronormativizados-, la naturalización y persistencia de las mismas en el tiempo nos alerta del largo camino que aún falta por recorrer si se quieren desandar siglos de restricciones, exclusiones, desvalorizaciones y disciplinamientos. Parte de esa deconstrucción resulta de la complejización que conlleva el entrecruzamiento de las desigualdades de género con otras formas de la desigualdad, principalmente generacionales y de clase: quienes más padecen las segregaciones y discriminaciones son las mujeres de bajos ingresos, principalmente jóvenes.

Un estudio reciente en nuestro país muestra que, de todas las mujeres activas, la tasa de desocupación alcanza el 9,5% (contra el 7,3% de los varones). Pero si solo se toman a las jóvenes de 16 a 24 años, la tasa de desocupación alcanza al 28,4%. Asimismo, el 68,1% del total de desocupadas pertenece al 40% de hogares con menores ingresos (DGEMyEL - MTEySS, 2018).


Una vez insertas en el mercado de trabajo, las mujeres padecen diferentes segregaciones, como las llamadas “paredes de cristal”, o segregación horizontal. Esto es: las mujeres no logran acceder a determinados sectores de actividad, y al mismo tiempo, en otras ocupaciones (principalmente el empleo en casas particulares, en la enseñanza, en las tareas de salud y en los servicios sociales), existe una sobre-representación de trabajadoras mujeres, volviéndose actividades feminizadas. Pero, además, existe la segregación vertical, o el “techo de cristal”, que evidencia que las mujeres ocupan puestos de menor jerarquía, calificación y remuneración. Lo que sucede es que, mientras los varones logran generar trayectorias ocupacionales acumulativas y ascendentes en sectores de actividad más jerarquizados, las mujeres se topan con límites, no explicitados, “invisibles”, pero que se constituyen en una barrera infranqueable para el recorrido laboral. 

De este modo, la referencia al “techo de cristal” se relaciona con la referencia al “piso pegajoso”: en general a las mujeres, sobre todo de bajos ingresos, les cuesta iniciar recorridos ocupacionales estables, en tanto los empleos a los que acceden resultan más desprotegidos y precarios; sumado a que sus exigencias domésticas muchas veces las llevan a configurar trayectorias intermitentes, de “entradas y salidas” al mercado de trabajo, sobre todo en los períodos de maternidad. Las mujeres jóvenes, si son además madres y con menor nivel educativo, encuentran mayores obstáculos y restricciones en la configuración de sus trayectorias ocupacionales.

La explicación de estas persistentes segregaciones hay que encontrarla directamente en la histórica “división sexual del trabajo” que se cristalizó en nuestra cultura delineado caminos y destinos laborales diferentes para mujeres y varones. Ello explica también por qué las mujeres destinan mucho más tiempo que los varones a las tareas de cuidado al interior del hogar y participan en menor medida como trabajadoras activas en el mercado de trabajo.

De este modo, al mismo tiempo en que celebramos “la revolución de las pibas”, debemos resaltar la multiplicación de desventajas que significa ser mujer, pobre y además joven. La persistencia y agudización de las segregaciones en el caso de mujeres jóvenes de bajos ingresos, revelan cómo aún el patriarcado es un sistema extremadamente opresor y cuánto falta aún para logar “hacerlo caer”.  No hay dudas de que vamos en ese camino; seguramente más lento de lo anhelado, pero con la confianza de que avanzamos, sin pausa.

*Socióloga, Doctora en Ciencias Sociales (UBA) e investigadora asistente en el CONICET. Integra el Programa de estudios sobre Juventud, Educación y Trabajo (PREJET-CIS-IDES/CONICET). Twitter: @VMillenaar