Como todos sabemos desde marzo de 2020 nuestro mundo se trastocó. La expansión del SRAS-CoV-2 por el planeta ha tenido efectos en todos los ámbitos de la vida. Nuestras maneras de vivir se han trasformado: desde cambios en las formas de trabajo hasta la de sociabilidad, las formas de hacer compras, de juntarse con amigxs, de visitar familiares, de realizar actividades en tiempo libre, hacer uso del espacio público/ privado, duelar a seres queridxs, etc.

Las formas de ganarse la vida han sido fuertemente marcadas por la pandemia. Y aquí necesitamos plantear una cuestión importante. Si la pandemia puede ser pensada como un acontecimiento global (la misma noción de pandemia lo es), los efectos -producidos por las diferentes formas de entender las acciones y las prácticas contra el virus- han tenido efectos diferentes en los territorios y en los distintos grupos sociales y las formas de vivir o no del trabajo. Por ejemplo, la sanción del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO), generó la imposibilidad de que miles de personas se ganen la vida de la forma en que lo hacían. Muchxs de lxs trabajadores de la economía informal han visto imposibilitado el acceso a su mundo de trabajo: tal fue el caso de vendedores ambulantes. Muchxs otros trabajadorxs, por ejemplo, al no ser “trabajadorxs esenciales” no estaban habilitadxs para realizar actividades: tal es el caso de las empleadas de casas particulares. Si bien muchas familias ya sea teníenado a su trabajadorx “en blanco” o “en negro” cumplieron con la obligación de la mantener el salario. Los sectores populares sufrieron las medidas que buscaron prevenir la pandemia de forma profunda. También las condiciones habitacionales de miles de familias hicieron que -si hubiesen querido- un aislamiento prolongado sea posible. El parate en la “construcción” dejó a miles de personas en sus casas. Los sectores medios también sufrieron el impacto del COVID. Comercios cerrados, falta de trabajo fueron una postal de la Argentina toda.

Muchxs comercios optaron, luego de algunos meses, por abrir de forma “clandestina”. Ello muestra no solo la necesidad económica de los dueños de estos establecimientos sino también la “necesidad” de ciertos consumos de algunas personas: peluquerías, restaurantes, gimnasios recibían a puertas cerradas a sus clientes.

Estos acontecimientos -no puede olvidarse- se dieron en un contexto regresivo. El gobierno de Macri dejó una situación económica y social delicada en la que las nuevas medidas y la recesión global se inscribieron. Las políticas de contención (como la ATP; IFE, suspensión de despidos, etc.) si bien lograron morigerar el impacto, no han impedido que la pobreza aumente de forma considerable. En su mayoría, somos más pobres que antes.

Mirar la pandemia desde la dicotomía salud- economía es una perspectiva de la que debemos alejarnos: la pandemia es todo esto. Y la dificultad de priorizar la “economía” sobre “la salud” o la “salud” sobre “la economía” no permite comprender el complejo proceso que estamos viviendo. Una mirada que atienda a las formas de ganarse la vida y de vivir nos permite romper con esta mirada dualista.

Las acciones de las personas en pos de ganarse la vida no se pueden pensar solo desde una perspectiva “económica”, o sea, ponderando meramente el ingreso (ya sea monetario o de otros bienes o servicios). De la misma forma la “vida” no se reduce al trabajo. Las miradas en torno “al futuro” nos muestran antes de que lo que vendrá, los que nos gustaría (o no) que pase. Imaginar un futuro es una apuesta política. La pandemia ha mostrado el modo en que nuestra “normalidad” -nuestra vida- en todos sus sentidos ha sido modificada. Mucho de ello no nos gustaba, mucho si. Nuestras formas de vivir muestran esa complejidad que ha sido modificada, nuestras formas de vivir (y de ganarnos la vida) cambiaron. Restará ver cuánto de todo esto quedará y cuánto modificará las estructuras de forma más permanente.


Dr. Mariano Perelman

Investigador independiente CONICET.