Entre los principales elementos explicativos del triunfo del Frente de Todos en las elecciones de 2019, se destacó la idea de unidad del Peronismo, contrastante con la aparente división exhibida en los comicios de 2015. Posteriormente, se asoció este concepto de unificación partidaria con el carácter históricamente atribuido al Peronismo como salvador del país en tiempos de crisis. No obstante, aquí queremos resaltar que la unidad actual del Peronismo, como así también la división precedente, contienen componentes ilusorios. 

Comencemos por sus orígenes. El Peronismo es un fenómeno que, desde sus inicios, reviste una complejidad tal que le ha valido la antipatía tanto por parte de sectores de derecha como de izquierda. En efecto, el proyecto de poder delineado por Juan Domingo Perón nació del rechazo tanto al comunismo, como a los sectores financieros más concentrados, valiéndose de una retórica combativa que, no obstante, procuraba articular el trabajo con el capital. En efecto, no se postula la abolición de una sociedad dividida en clases antagónicas, sino que se propone, a partir de la consigna de justicia social, un empoderamiento de los sectores populares-obreros dentro en un marco configurado a partir de diferentes clases sociales. Es, por lo tanto, un proyecto político que se apoya tanto en la movilización de masas como en la contención de las mismas. 

Los principales estudiosos de este fenómeno han destacado que, como partido, el PJ (Partido Justicialista o Peronista), cuenta con una extensa estructura,informalmente organizada por redes clientelares, que le permite disciplinar a los actores territorialmente localizados. Además de su densidad organizativa y gran arraigo popular, este partido se ha caracterizado por mantener estrechos lazos con el movimiento sindical tradicional y por su retórica Estado-céntrica. A su vez, esta fuerza política posee una destacable plasticidad y capacidad adaptativa que le ha permitido adecuar su proyecto identitario a las necesidades de la coyuntura política. Por ejemplo, en la década del 90’ fue el actor encargado de vehiculizar reformas pro-mercado y de achicamiento estatal, aún siendo éstas opuestas a la matriz que le dio origen promediando el siglo XX.

Peronismo-kirchnerismo. Un recorrido por sus etapas

En las elecciones de 2003, el PJ se presentó dividido en tres “neo-lemas”, ante la imposibilidad legal de que sus fracciones utilizaran el nombre y sello partidario oficial. En esa ocasión, Néstor Kirchner (con el neo-lema FPV) se impuso sobre el ex mandatario peronista, Carlos Menem, al haberse erigido como la mejor opción antineoliberal y como una alternativa a la política tradicional. Esa postura presuntamente progresista y renovadora propiciaría el acercamiento de organizaciones sociales, favoreciendo la construcción de la denominada transversalidad como estrategia de concertación sectorial. Este proceso de acumulación contribuiría a revertir el escaso respaldo ciudadano inicial. Con la posterior estabilización del funcionamiento institucional del país, Kirchner fue suscitando el apoyo de ciudadanos que no le habían acompañado originariamente, pero que aprobaban su aptitud para la gestión pública.

En ese contexto, el mandatario consiguió -en línea con la tradición peronista, según la cual el presidente es también el conductor partidario- constituirse en el líder natural del partido. Simultáneamente, el FPV, al adquirir una posición predominante en el sistema político nacional, fue adoptando progresivamente un perfil más acorde con el mencionado prototipo del PJ.

Si bien el kirchnerismo continuó con la retórica inicial (renovadora y antineoliberal), su base electoral pasó a estar nutrida mayoritariamente por un votante de extracción peronista (que había estado repartido entre los otros sub-lemas partidarios cuando Kirchner llegó al poder). Y pese a que el partido mantuvo escisiones locales (las más notorias y estables, en Córdoba y San Luis), estas no mellaron el carácter vertical y unitario de la organización oficial peronista.

La ampliación de la base y la conquista de su electorado históricamente estable, permitió que en 2007 se produjera la consagración electoral de Cristina Fernández de Kirchner (en alianza con los denominados “radicales K”). Cabe señalar que al poco tiempo, el partido comenzó a sufrir la fuga de elementos tradicionalmente peronistas a raíz del conflicto con las patronales agrarias. De todos modos, en 2011 –luego del fortuito fallecimiento de Kirchner- la mandataria consiguió su reelección, con un núcleo partidario más fornido, superando el 50% de los votos. 

Efectivamente, ese núcleo duro del electorado fue el que se mantuvo, aun cuando el proyecto fue mostrando fisuras, quedando en evidencia la verdadera orientación ideológica del kirchnerismo, alejada tanto de la izquierda como de la renovación. En 2013, una importante porción del sector no peronista que había apoyado al gobierno en los años previos, migró hacia otras opciones opositoras. En esos comicios se destacó la notoria performance de la izquierda revolucionaria (unificada a partir de los requerimientos formales de la nueva ley electoral) y el resonante triunfo del intendente de Tigre y ex funcionario kirchnerista, Sergio Massa, en la provincia de Buenos Aires, quien se posicionó muy favorablemente de cara a los siguientes comicios presidenciales. Este dirigente, cabe señalar, nunca encarnó al Peronismo auténtico o a un Peronismo alternativo al kirchnerismo. Por el contrario, captó a sectores no peronistas que habían adherido originariamente al gobierno, que se fueron alejando del oficialismo ante el agotamiento de la experiencia gubernamental kirchnerista y veían en él, una figura alternativa y renovadora. 

En efecto, en las elecciones presidenciales de 2015 no hubo una división del Peronismo. Ni por arriba (es decir, oficial-cupular) ni por abajo (de la propia base electoral peronista tradicional). El FPV era la fuerza oficialista y su etiqueta estaba asociada fuertemente a un partido histórico (PJ), pese a la resistencia interna generada por su postulante presidencial Daniel Scioli, un dirigente ingresado 22 años atrás a esta agrupación en calidad de outsider (resistencia que logró aplacarse con el anexo del hiper kirchnerista Carlos Zannini como compañero de fórmula). La coalición UNA, por su parte, liderada por Massa, estaba formada por elementos provenientes de distintas tradiciones políticas, partidarias e ideológicas. Si bien el ex intendente trazó alianzas con dirigentes peronistas relevantes (entre los que se destaca De la Sota), lo hizo luego de intentar-sin éxito -aliarse con el macrismo (con el cual, no obstante, formó parte de la misma coalición en Mendoza, Entre Ríos, Salta y Jujuy).

En la elección general de octubre, el voto del núcleo duro inelástico peronista/kirchnerista habría sido acaparado mayoritariamente por la fórmula Scioli-Zannini. Mientras que, el sector no peronista del electorado (crecientemente amorfo y despartidizado) se concentró principalmente en Cambiemos (con Mauricio Macri a la cabeza), pero también en la liga conducida por Massa.

En la segunda vuelta, una importante porción de los votantes que se habían inclinado por el massismo en octubre, esta vez eligieron a Macri. Es decir, en 2015 no fue la presunta desunión originaria del Peronismo (que, de ser tal, incluso podría haberse paliado con una coordinación posterior en el balotaje) lo que permitió el triunfo de Macri. Por el contrario, tras el desgaste de 12 años en el poder, la adhesión al polo kirchnerista/peronista –aún como opción secundaria- no pudo imponerse sobre la alternativa opositora sustentada en un –vago e incongruente-consenso antikirchnerista. 


Unificación del peronismo(presunta o real) y su carácter de salvador en tiempos críticos

Para entender la –insuficientemente dilucidada- cuestión de la unificación del Peronismo y su vinculación con la gobernabilidad y la capacidad para ejercer el poder de un modo eficaz en tiempos de crisis, hay que hacer alusión a los elementos reales que propician la unificación y que la contienen en el marco de un proyecto gubernamental común.

En el Peronismo, las facciones partidarias se encolumnan detrás de un líder. Este líder, a su vez, debe mostrar aptitud para concertar con diversos sectores, que le permitan llegar al poder y mantenerse en él. En tiempos críticos, también debe exhibir capacidad para reestructurar la unidad política, articulada en la organización del Estado.

En este contexto, es fundamental entender el rol del liderazgo –presidencial y partidario- dentro del Peronismo. Se sabe que el Presidente de la Nación es el líder (formal o informal) del partido. Pero poco se menciona el proceso de transmutación de ese liderazgo cuando termina el mandato presidencial. 

Tomemos nota: todos los ex presidentes peronistas se convirtieron en figuras altamente cuestionadas de la política nacional, perdiendo también porciones de poder interno. La unificación de sectores de origen peronista se produjo cuando esa figura salió del primer plano de la escena política nacional y partidaria y fue inmediatamente sustituida por un liderazgo alternativo –simbólico o real-conglutinante y popularmente legitimado. 

La derrota de Menem -tras una elección excepcional, en un marco de intervención y disgregación del PJ- derivó en la construcción y posterior legitimación del liderazgo de Kirchner. El sorpresivo deceso de este último posibilitó la unificación del peronismo detrás de la figura de su viuda, por entonces presidenta en funciones. En el caso de Cristina, fue su decisión –presentada simbólicamente como una suerte de renunciamiento histórico- de delegar su lugar primordial a Alberto Fernández, lo que permitió sellar un acuerdo con múltiples sectores opositores al macrismo. De los nuevos actores anexados, varios de ellos eran mandatarios provinciales peronistas con quienes se había comenzado a trazar líneas de diálogo previamente, pero otros eran dirigentes que no habían tenido paso alguno por el Justicialismo. La postulación de Alberto Fernández tuvo lugar, paradójicamente, en la elección en la cual las tres fórmulas más votadas tenían al menos un componente de origen peronista.

En suma, el liderazgo –popularmente- legitimado dentro del Peronismo (oficial), produce una atracción de amplio rango, que permite capturar “satélites” de diversa índole. Hay que saber leer la naturaleza dual del Peronismo y entender la articulación entre unificación vertical y expansión horizontal. En relación a esto último, se puede mencionar otro mito surgido durante el proceso electoral de 2019: la correlación positiva entre unidad peronista y triunfo provincial. Por el contrario, en las elecciones adelantadas de Neuquén y de Río Negro (celebradas antes del anuncio de CFK), el PJ/FPV unido fue derrotado por fuerzas provinciales; mientras que en Santa Fe, San Luis, Chaco y Tucumán este partido fue dividido en más de un sector y, sin embargo, uno de ellos (precisamente, aquel apoyado por los Fernández) triunfó cómodamente. En efecto, lo cierto es que el Peronismo provincial ganó, como regla general, cuando se alineó detrás del liderazgo concentrado peronista nacional (tributario, a su vez, de aquellos apoyos provinciales previos).

La frase “Con el peronismo no alcanza, pero sin el peronismo no se puede” popularizada por el intendente Nardini, ilustra esa condición del partido, en tanto base mínima para garantizar el triunfo, pero insuficiente por sí misma para terminar de sellarlo. Esto obliga al PJ a trazar alianzas con socios –territoriales y/o institucionales- de relevancia que le permitan obtener sustento electoral. Su nivel de convocatoria, desde luego, está condicionado por la coyuntura, concitando mayor cantidad de aliados satelitales en momentos de auge (o declive ajeno) que en períodos de decadencia propia. 

En definitiva, en nuestro país coexisten múltiples fuerzas partidarias disgregadas y heterogéneas, con realidades territoriales diferentes, unificadas forzosamente al calor de una ley electoral distorsiva, y rápidamente disueltas o reconfiguradas en momentos críticos. En este contexto, cuando el PJ -elemento gravitante, con gran presencia territorial y capacidad de disciplinamiento interno- se articula en torno a un líder centralizado identificable, el Peronismo emerge como el único actor relevante capaz de asegurar un umbral de gobernabilidad y dar sustentabilidad al sistema político nacional.

 

*Doctora  en Ciencia Política. Investigadora Adjunta CONICET. Directora del Grupo de Estudio de Reforma Política en América Latina (GERPAL). Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC), Facultad de Ciencias Sociales, UBA. En colaboración con la licenciada Carolina Pérez Roux: Politóloga y maestranda en Ciencia Política por la UBA. Integrante del Grupo de Estudios sobre Reforma Política en América Latina en el IEALC-UBA.