Es insoslayable que vivimos en sociedades profundamente desiguales, la crisis sanitaria así lo viene revelando.

Pero la cuestión que insiste es ¿cómo se sostienen las opresiones? ¿Es posible cortar con ellas? ¿De qué manera y por qué a veces se acentúan unas y se “opacan” otras?

Escribo estas líneas mientras se cumplen 6 años desde la primera vez que salimos a la calle bajo la consigna “Ni una menos”. Por aquel entonces, una de las cuestiones que más nos urgían resolver estaba vinculada al recrudecimiento de los femicidios, a su exhibicionismo, que operaba como un mensaje público de amenaza para las demás mujeres, lesbianas, trans, travestices, niñeces, principales víctimas de la violencia sexual.

En el actual contexto de pandemia este grave problema -efecto de la desigualdad sexogenérica-, no sólo no se ha reducido, sino que ha tenido una particularidad vinculada al contexto de confinamiento, lo que implica atender al hecho de que muchas víctimas se encuentran “encerradas” con su agresor.

Otro tipo de violencia que se ha mantenido inmune al virus es la violencia doméstica, que ha tomado una forma particular y se ha radicalizado. Ya que existen condiciones de súper-explotación del trabajo que la crisis pandémica ha impuesto a quienes soportan más tareas de cuidado en las casas y en los territorios, salarios más bajos, más desocupación y precariedad.

En Argentina, a pesar de que las mujeres representan la mitad de la población, su tasa de empleo sigue siendo más baja que la de los varones. Esa exclusión del mercado de trabajo se acentúa en el caso de la población trans y travesti en un marco de irregularidad legal que no garantiza todavía el cupo laboral trans.

La precariedad y la vulnerabilidad que nos atraviesa en gran medida se vincula a factores y trayectorias que no hemos elegido, como nuestra pertenencia geopolítica, racial, etaria, de clase.

La redistribución desigual de acceso a la salud, a la educación, al ejercicio pleno de derechos humanos, al conocimiento y la información, a la vivienda, a una alimentación sana y libre de agrotóxicos producen jerarquías, privilegios y exclusiones, que en el actual contexto se manifiestan con mayor fuerza. Donde ocupa un estatuto principal la brecha digital.

Sin embargo, no se encuentra todo absolutamente determinado. A nivel local, regional y global existen importantes resistencias y agenciamientos políticos contra las desigualdades estructurales, las injusticias, las complicidades entre quienes han sido beneficiados con privilegios y jerarquías en el cruce entre los sistemas de poder.

A pesar de que acontecimientos concretos han buscado romper las alianzas contra estas injusticias y han intentado desarticular las luchas sociales, como lo son los procesos dictatoriales -no tan lejanos (en el caso de Argentina, la última dictadura cívico militar fue en 1976- 1982)- existen importantes experiencias de organización contra los proyectos neoliberales, capitalistas y coloniales que se materializan en extractivismo, deuda, ajustes y recortes presupuestarios para salud, educación y ciencia.

No debemos olvidar, además, que las luchas se van articulando con las de tiempos pasados como las de las madres y abuelas de plaza de mayo, como las luchas de pueblos originarios, y distintos sectores que resisten desde los márgenes del sistema-mundo capitalista moderno.

Entre estas luchas cabe señalar, por ejemplo, que a pesar del genocidio, sexocidio y epistemicidio de las “conquistas” e invasión de nuestros territorios, existen movimientos indígenas que resisten y que en la actualidad se encuentran en el centro de escena contra el terricidio. Hace unas semanas, las Mujeres Indígenas por el Buen Vivir caminaron desde el sur del país hasta Buenos Aires para visibilizar la lucha contra el extractivismo y contra el terricidio.

Es importante no subestimar la capacidad de agencia política de quienes se encuentran excluidos y oprimidos. En este sentido, si bien reconocer la violencia, la exclusión y la opresión estructural que sufren otras personas es el inicio de una ruptura (larga, sostenida y continuada) con la desigualdad sistematizada e institucionalizada, con ello no alcanza. Es importante tejer redes y alianzas por fuera de toda escisión dualista y paternalista en la que se “asista” a “sectores vulnerables” “pasivos” para así avanzar hacia el pleno reconocimiento de estos sujetos como sujetos epistémicos, políticos, de derechos.

La rabia ante el dolor “ajeno” es muy potente para desarticular la desigualdad estructural y para producir una subversión política, pero esta debe ser coherente e integral, no enfocarse en un solo eje de opresión, porque ello refuerza otros ejes de desigualdad, y por lo tanto, un círculo infinito de violencias.

Asimismo, una cuestión central para desarticular las exclusiones es poder cuestionar los privilegios, puesto que son la contracara de las opresiones, y por lo tanto, parte del problema.

En efecto, poder cuestionar los privilegios resulta fundamental, a pesar de que ello genere resistencias puesto que implica estar dispuesto a perder ciertos privilegios. Pero no cualquier privilegio, sino aquellos que sí pueden modificar y desarticular una desigualdad. Por ejemplo, una persona no puede elegir tener el beneficio de no sufrir discriminación racial, pero sí puede promover en sus espacios formas de inclusión de quienes sufren exclusiones por racialización; por fuera de paradigmas asistencialistas y paternalistas, puesto que eso refuerza aún más la exclusión y la opresión.

Entonces bien, explorar los mecanismos específicos mediante los cuales se produce exclusión, opresión y aniquilamiento de determinados sujetos implica también examinar los espacios de privilegios, de resistencias y de subversiones.

Una cuestión central en todo el interjuego de las relaciones de poder lo constituyen las representaciones y discursos, entendidos desde su efectividad concreta en prácticas de exclusión, como se ha demostrado a lo largo de distintas experiencias históricas, por mencionar algunas: desde la caza de brujas en el medioevo hasta el borramiento de las mujeres indígenas de la historia oficial, las prácticas de extrema violencia material, sexual, simbólica y epistémica, han ido acompañadas de discursos de degradación social que han habilitado y legitimado dichas prácticas de exclusión y persecución. En el caso de las primeras, eran representadas como “poco racionales”, “bestialmente sexuales”, “pasionales”; y en el caso de las segundas, como “suciedad”, “animalidad”, “fealdad”. En ambos casos estos discursos acompañaron grandes genocidios y sexocidios de nuestra historia.

Para finalizar, es fundamental fortalecer redes y alianzas que promuevan prácticas de inclusión, de descentramientos excluyentes, así como de visibilización de las violencias que son sostenidas por toda una trama de entrecruzamientos complejos que producen, por ejemplo, que una persona pueda experimentar simultáneamente la opresión y el privilegio.

Así como resulta importante, abordar las opresiones desde su matriz de dominación, buscando articular las luchas hasta y desde sus raíces, para evitar que las demandas de ampliación de derechos de un sector, no implique, asimismo, la exclusión de otro. Como ocurrió con las sufragistas blancas que, al buscar ampliar sus derechos, activaron mecanismos de exclusión que tuvo como efecto una experiencia de opresión mayor por parte de las mujeres negras, excluidas de las demandas de las mujeres blancas, y de las de los varones negros.

En suma: puesto que los distintos sistemas de poder se encuentran articulados, quien quiera realmente terminar con una opresión, deberá también querer terminar con toda forma de opresión, y “dar vuelta el viento como una taba”.

*Doctora en Filosofía. Docente e investigadora en la UNLP/ CONICET. Editora en Resistances.