Lo política global asiste a un cambio generacional y tecnológico que, aunque similar a los que se dieron en épocas de la imprenta, la radio y la televisión, tiene una característica diferencial: la velocidad y el alcance. En la Argentina este año, alrededor del 22% del padrón habilitado para votar serán centennials; en el año 2001 muchos de ellos estaban en 1er. grado. Esto implica que las viejas etiquetas partidarias que para la Generación X y los millennials son explicativas y contendedoras, para muchos de ellos son relato e historia. Pero lo más desafiante es que esta generación no es afecta a las vías de comunicación e información tradicionales sobre las que construimos nuestras teorías, ni tampoco los contienen las instituciones que estudiamos desde la 2da. Guerra Mundial. Hoy existe una combinación de naturaleza y avance científico-tecnológico que presiona desde las bases y que pone a prueba nuestros marcos teóricos y a nosotros mismos.

La política y las campañas electorales son revolucionadas, a la vez que los partidos y las instituciones tradicionales pierden importancia como marcos de contención y de interpretación del mundo. Pero quizás el efecto más importante de las redes no encuentre en su vinculación con los resultados electorales, sino en el que tienen sobre el diálogo político.

Uno de los efectos observables de las redes es que bajaron los costos del enfrentamiento y la violencia en el discurso. Al mismo tiempo no solo disminuyeron, sino que también valorizaron el efecto de las posiciones extremas. ¿Cómo? Conectando en el territorio virtual a quienes con un comportamiento similar en el territorio tradicional serian aislados socialmente y, por qué no, penalizados. Dichos, expresiones y actitudes que la sociabilidad democrática había logrado aislar fueron exaltados y premiados con likes y RTs no solo por trolls y fakes, sino por personajes de carne y hueso (algunos de ellos con responsabilidades institucionales) que encontraron en el territorio virtual y su velocidad contextos desregulados, llevando muchas veces el dialogo político a extremos de dudosa civilidad democrática.

La libertad de expresión, tan cara a la democracia, comenzó a darse de bruces con expresiones que ponen en peligro la propia dinámica democrática, al punto tal que las propias plataformas comenzaron ellas mismas a tomar medidas.

Asistimos en términos de dialogo político una globalización segmentada. Personas que piensan de manera similar en distintos puntos del globo se conectan a través de las redes a una velocidad inédita en términos históricos, pero insertos en grandes burbujas que los alejan cada vez más de sus propios vecinos, modificando la experiencia vital.

Esto es particularmente relevante cuando recordamos que lo que distingue las interacciones políticas democráticas del resto de interacciones sociales es que se orientan hacia la construcción de diálogos comunes que den sentido a la vida en sociedad sin violencia, y que el vehículo para esto son los partidos políticos. Estos surgen, según la teoría sociológica, del conflicto, y necesitan de militancia y estructura para sostenerse en el tiempo.

Hoy las redes aumentan el conflicto existente en la sociedad y polarizan no más que antes, pero si a una velocidad mayor. En este territorio virtual, la militancia como condición de sostenimiento de los partidos es la de trolls y fakes, o ejemplos más transparentes como Defensores del Cambio.

Casos locales y globales son ejemplos de cómo los actores fueron lidiando con estos cambios y adaptando sus estrategias. Allá por la Primavera Árabe, los primeros estudios sobre el efecto de las redes indicaban que la confianza en ellas se relacionaba con el aumento de la participación ciudadana pero no con la participación política. Más recientemente, y para la región, Aruguete y Calvo mostraron cómo la política en redes refuerza marcos interpretativos y afianza la percepción de polarización, aunque no necesariamente provoquen un cambio de posturas políticas —menos aún, un viraje en el voto—, ni alienten per se una participación efectiva en el territorio tradicional.

A nivel local, en 2015 Cambiemos incursionó en el territorio virtual encontrando una fórmula de balance con el territorio tradicional a partir de la presencia territorial de la UCR y las habituales caminatas que se institucionalizaron en los famosos timbreos. Mientras el FpV seguía apostando al territorio tradicional, Cambiemos encontró que a aquella combinación de presencia dirigencial en los dos territorios le siguió el éxito electoral. Y si bien aún falta investigación que vincule presencia en redes con éxito electoral, con dos colegas nos animamos a explorar la estrategia en los dos territorios como una de las claves de aquel éxito.

Pero en el momento electoral el control del territorio tradicional sigue siendo fundamental para el éxito de los partidos y las coaliciones. Creer que las redes reemplazan el territorio tradicional puede llevar a la desconexión con los problemas reales de los ciudadanos.

En la Argentina, 2019 mostró que es necesario el equilibrio entre ambos, dado que los discursos y la polarización se propagan en redes, pero la leche se compra en el almacén del barrio, y por lo tanto las soluciones de la política solo se canalizan de manera efectiva en el territorio tradicional. Segmentación, trolls, bots y fake news quizás no sean suficientes si el control del territorio tradicional se relega.

Esto puede ser sorpresivo para algunos, pero no es novedad para los profesionales de la política. Tampoco es para estos últimos una sorpresa que la política democrática signifique conflicto. La democracia no es ausencia de conflicto sino su gerenciamiento, dando un sentido común a la sociedad en su diversidad. Pero si en el territorio virtual el conflicto está gerenciado por los algoritmos y no por la política, corremos el riesgo de contaminar el dialogo político de manera irreversible. Y si a su vez los partidos y los Estados no encuentran solución a los problemas del territorio real, estamos frente a un grave problema. La Primavera Árabe nos hizo pensar que las redes sociales venían a democratizar la política, dando voz a los que no podían tenerla por fuera de las instituciones tradicionales de la democracia. Hoy fake news, trolls, “dictadura de los algoritmos”, segmentación y otros nos interpelan.

Hacer política en redes tiene entonces dos dimensiones a las que debemos atender de manera prioritaria. La primera es asumir políticos, académicos, militantes y medios la responsabilidad que tenemos en la protección del dialogo en el territorio virtual. Esto implica el trabajo de largo plazo de trabajar sobre la oferta, en conjunto con las plataformas, y asumiendo el Estado la responsabilidad sobre esto, no sólo pensando en la regulación, sino también trabajando sobre la demanda, es decir, alentando el voto informado y la corresponsabilidad de plataformas y partidos.

La segunda, y quizás más importante de cara al contexto nacional y global actual, es entender que si el territorio tradicional enfrenta problemas propios de éste (crisis económica y ambiental, como las más urgentes), accionar solo a nivel discursivo en el territorio virtual no sólo no suficiente ni es solución, sino que agrava los problemas.

*Politóloga (UBA – UTDT) Twitter: @LaraLin78