Hace un año se paraba el mundo entero. Quizás haya que remontarse a un mundo anterior al de la híper conexión, a la caída de las torres gemelas, o aún más atrás la caída del muro de Berlín o la llegada del hombre a la luna para encontrar un hecho que sacudiese con tanta fuerza y al unísono al mundo entero como lo hizo la muerte del Diego Armando Maradona. Por amor o por odio, por admiración o por rechazo, por emoción o tristeza, de una u otra manera toda persona del planeta sintió algo único y especial ese 25 de noviembre. El único dios terrenal de nuestro tiempo, el único adorado sin límites de fronteras, idiomas, religiones o clases sociales emprendía su camino definitivo a convertirse en lo que fue en vida y en lo que el tiempo lo transformará, cada vez con más fuerza: un santo popular.

¿Cómo llega una persona a convertirse en un santo? Durante el primer milenio del cristianismo, los santos eran proclamados por la devoción popular, era el pueblo quien los colocaba en ese altar y los veneraba a partir de los milagros que ese mismo pueblo les reconocía como de su autoría. Luego la Iglesia Católica institucionalizó un proceso y un método para la santificación, puesto que semejante poder de elevar a las máximas alturas a los ídolos populares era algo demasiado peligroso de dejar en manos del pueblo. En dicho procedimiento, deben pasar cinco años desde la muerte de una persona para que pueda elevarse un pedido formal de canonización. A partir de ese momento, un grupo de obispos y sacerdotes expertos de la Iglesia investigan la vida y la obra del personaje en cuestión, en  la que deben reconocer al menos dos milagros de su hechura para que sea elevado al rango de Beato, y luego otros dos milagros más para que se convierta en Santo. La canonización se materializa con una declaración papal, que afirma que una persona está con toda certeza junto a Dios. Desde entonces, cualquier creyente puede rezarle a ese santo para que interceda a su favor frente a Dios.

Pero el pueblo, tantas veces olvidado y castigado por las instituciones del poder, no reconoce límites ni formalismos para santificar a los suyos. Y sólo reconoce como propios y eleva a quienes luchan por él, lo defienden y lo nutren de alegría. En un mundo doliente en el que las injusticias y las desigualdades son la norma, pocas cosas y pocas personas tienen la talla de gigante que se necesita para llevar esa felicidad a los pueblos y darle a las personas algo en que creer. El fútbol, esa pasión de multitudes donde todos los órdenes pueden invertirse y hasta el más débil puede soñar con ser campeón, es una de ellas. Y Diego Maradona, en el fútbol como en la vida, fue, es y será un santo popular cuyo milagro es la felicidad del pueblo cada vez que lo invoca.


SANTA MARADONA

Verónica Sánchez Viamonte nació en La Plata en 1974, y a sus tres años de edad sufrió un golpe irreversible en su vida. Sus padres, Santiago Sanchez Viamonte y Cecilia Eguía, de 25 y 23 años de edad, fueron secuestrados y desaparecidos por la última dictadura cívico-militar. Verónica se crió con sus abuelos, y recuerda que durante su infancia no le contaron demasiadas cosas de su padre, intentando protegerla de la desgracia familiar. Lo poco que sabía era que Santiago había sido un crack jugando al rugby de medio srum en La Plata Rugby Club. Un crack como el Diego del mundial 86, al cual Verónica veía moverse y luchar contra la adversidad junto a su abuelo materno, que le decía que el 10 era el mejor del mundo, que era mágico. Tanto que le había hecho un pequeño altar en su casa, donde le dejaba un poco de la comida que se hacía o alguna copa de vino durante esos días de mundial. El final de esa historia ya es conocido, Diego alcanzó la inmortalidad con los goles a los ingleses y al levantar la copa del mundo, pero había otra historia que comenzaba: la del amor de Verónica por el Diego y la de los altares que hoy de poco van poblando las calles de La Plata y del país.

“Yo le veía a Diego y encontraba algo de mi papá en él, entre su forma de jugar y el relato que yo tenía de mi viejo. Y tiempo después pensé en qué bueno fue haberlo elegido como una especie de padre postizo” cuenta Sánchez Viamonte en conversación con Diagonales. Fanática maradoniana, siguió toda su carrera dentro y fuera de la cancha, y aunque siempre soñó con conocerlo e hizo lo imposible cuando el 10 asumió como DT de Gimnasia nunca pudo concretar un encuentro. “Hasta en eso mi historia con él tiene puntos de contacto con la de mi viejo” recuerda.

Hace un año, golpeada como los millones que no podíamos creer la más triste de las noticias, Verónica decidió transformar ese dolor y toda la pasión por el Diego en algo positivo, en algo que siguiera conectando al ídolo popular con su gente, con su pueblo. Y con el recuerdo del altar de su abuelo de 1986 marcado a fuego en el corazón, la respuesta fue la idea de construir diez altares para distribuir por toda La Plata, y a los que cualquiera pudiera recurrir para encontrarse un rato con el 10. “Diego siempre estuvo entre la gente, y yo quería que siga estando ahí” cuenta. Así empezó un camino que hoy ya lleva 173 altares distribuídos por el país, contando el que esta noche se instalará en el estadio del Lobo.

“El dolor en mí se transforma en amor, en acciones y entrega hacia alguien que siempre sentí cerca aunque estuviera lejos, como si fuera un pariente, de alguna manera Diego fue un pariente de todos nosotros” dice Verónica. Y explica el concepto de sus altares, una caja de 30 por 40 centímetros que contiene una imagen de Maradona junto a su título de patrono y una frase de alguna de las tantas canciones que distintos artistas le dedicaron: “Un altar o retablo no es sólo un lugar donde pedir: también es un lugar de entrega, de agradecimiento. Los altares son una expresión de ese amor, un lugar para devolverle tanto como nos dió, un lugar que nos invita a pensar cómo queremos transitar nuestra vida, cuán fieles somos a nosotros mismos y a nuestras convicciones”.

El sueño de Verónica es las calles del país, los potreros, los clubes de barrio, los comedores populares, los barrios humildes, las canchas argentinas se vayan poblando de altares donde la gente “recuerde a Maradona, se siente a tomar unos mates con él, le hable, le cuente sus cosas y sienta de nuevo esa empatía que Diego siempre tuvo para con todos, porque él siempre le habló de igual a igual a todos”. Verónica trabaja armando los altares para cualquiera que le encargue uno, pero su visión es que la movida la trascienda a ella y a su trabajo: “Diego es de la gente, no es de nadie sino de todos. A mí me llena ver cómo la gente se identifica y se apropia de los altares, y quisiera que se multiplique y se vuelva anónimo, que cualquiera haga su altar y lo ponga donde sea, que la Argentina se llene de altares al Diego, como los hay de otros santos populares como el Gauchito Gil, Gilda o la Difunta Correa”.

LOS PATRONOS

Dios humano en vida, plagado de caídas y contradicciones que quizás lo definieron incluso más que sus triunfos y sus glorias, nunca hubo un solo Diego y por eso los altares de Santa Maradona reflejan al 10 en sus distintas facetas, con un Patrono para cada causa del pueblo. En total son 19 las distintas figuras, cada una representada con una foto y un título distintos. El primero de todos, quizás recordando al Pelusa, fue el Patrono de los Pibes. La foto del Diego de chico va acompañada de una leyenda que reza: “El que nos dice que existe un futuro. El que proyecta. El que trabaja pero no deja de jugar mientras lo hace. El que hace que cada niño sea un niño para siempre”. El ocho de enero de este año Verónica colocó el primero de sus altares con el patrono de los pibes en el Hogar Padre Cajade. “Lo pusimos en la entrada del Hogar y estaba lleno de pibitos, muchos de ellos sabían muy poco de quién era el Diego y se pusieron muy contentos, se sacaban fotos con el altar y después escribieron una carta hermosa que publicamos en nuestras redes. Lo pusimos ahí para que los pibes sigan soñando y que puedan tener las mismas oportunidades que todos para cumplir sus sueños” recuerda.

Para Verónica otra gran cara del Diego, tal vez la más potente de todas, fue su identificación con los de abajo, con los oprimidos, y su lucha contra los poderosos en defensa de los humildes. La militancia de sus padres como un gesto de amor al otro, su propia militancia hoy en día, se conectan todas en esa faceta del 10 que dio nacimiento a varios Patronos: el de la “Lealtad, a su país, a su pueblo, a sus amigos, al otro”; el de la “Identidad, que nos recuerda quiénes somos” y cuya imagen es una foto del Diago con Estela de Carlotto; el de la “Lucha, que lucha por los otros aunque le corten las piernas”; el de “Pueblo, que se compromete con un ideal, que no duda en sentar posición, el que comparte y reparte, el que pelea por un mundo mejor”, cuya imagen es una foto de Diego con Fidel Castro; y el de los “Desposeídos, el que da todo para que los otros vivan mejor, el que lucha contra los poderosos en defensa de los humildes”, encarnado en una imagen del Diego en el Nápoli.

Justamente el Patrono de los Desposeídos fue el que Verónica eligió para instalar en la calle afuera de su casa, y una historia de ese altar pinta a la perfección el significado de su iniciativa y la relación de la gente con el 10. “Yo veía gente que venía y le hablaba, y un día un cartonero pasó y le dejó una de sus zapatillas, se fue caminando con un pie descalzo. Yo pensé que al otro día la zapatilla no iba a estar más, que alguien se la iba a llevar, pero estuvo allí un montón de tiempo” recuerda sobre la ofrenda de un desposeído a su santo popular. Y agrega: “cuando se me ocurrió la idea muchos me decían que no iban a durar nada los altares, que la gente los iba a romper. Ahora, ya casi a un año del primero, cada vez que paso por alguno lo veo intacto, y eso es una muestra del amor de la gente por Diego”.

También, por supuesto, hay varios patronos relacionados al fútbol: El Patrono del fútbol, cuyo lema es “la pelota no se mancha”; El de “la alegría y el gol”; el de “La Garra”, el de “La Gloria”, el de “La Magia”, el de “Los Jugadores”, y el “Patrono del Potrero”, que fue el segundo altar que Verónica colocó en el Centro Recreativo y Deportivo Villa Argüello, en Berisso. “Lo pusimos ahí porque es un club bien de barrio, que labura mucho con la gente del barrio, haciendo ollas populares, jornadas solidarias, es uno de los primeros clubes que tienen fútbol mixto en La Plata, y por la importancia que tienen esos espacios para sostener a los pibes, que aprendan a ser solidarios y compañeros. El Diego del potrero tiene puestas las patas en el barro, igual que la gente de ese club” cuenta Verónica. El Patrono del Potrero es un joven Maradona embarrado y sentado sobre una pelota, y su leyenda reza: “El que mete las gambas en el barro, el que no tiene miedo a reivindicar su origen. El de la villa, el de los clubes de barrio que la luchan para subsistir. El que les da un lugar a todos para jugar”.

Verónica tiene una historia especial, con un Patrono único: el de Almafuerte. Cuenta que en una visita al Instituto de Menores Almafuerte los chicos se entusiasmaron mucho con su iniciativa y se pusieron a hacer pequeños altares para sus familias. “Se abrieron muchísimo conmigo, me contaron sus historias, hablamos del encierro y pude ver allí muchos chicos que simplemente buscaban una contención a la vida difícil que les había tocado” narra Verónica. Al altar que amaron entre todos para colocar allí, los propios pibes del Instituto le armaron una especie de base con un montón de zapatillas viejas y rotas que usaban para jugar al fútbol cuando los dejaban salir, y con una pelota maltrecha que tenían. “En un momento me dicen: nos falta el botín de oro. Entonces compramos un aerosol dorado, pintamos una de las zapatillas y ahí tuvieron su botín de oro. Eso es Diego”. El Patrono de Almafuerte fue nombrado así por la necesidad de tener un alma fuerte para sobrellevar la vida que le tocó a esos chicos, que hoy tienen allí su santo popular recordándoles esa historia todos los días.

SANTO POPULAR

Las páginas deberían ser infinitas para relatar los millones de historias como estas que Maradona generó a lo largo de su vida en los demás, que sigue y seguirá generando. Gambeteando las reglas de la Iglesia a la que criticó más de una vez por su hipocresía de estar bañada en oro mientras los pibes se mueren de hambre, Diego era un dios en vida y luego de su partida su camino hacia ser un santo popular es inexorable. La felicidad, la emoción y la dignidad que desparramó en el pueblo son milagros más que suficientes para quienes viven la vida en el barro y bien lejos de los tronos. Verónica lo resume perfectamente: “si le preguntás a un cristiano dónde está Dios, te dicen que está en todo, en la palabra, en las canciones, en la fé, en todas partes. ¿Y Diego no es eso, no está en nuestras frases, en nuestros recuerdos, nuestras anécdotas, en nuestras canciones? ¿No está en todas partes?”. Y remata: “Yo soy atea, pero muy devota a los santos populares por la identificación que generan en la gente. Yo creo en las personas”.

Hace un año se paró el mundo entero porque un dios humano comenzó su trayecto a ser un santo popular. Hoy, un año después, el cielo lloró su recuerdo en Buenos Aires y en Nápoles. Lectores y lectoras de estas líneas podrán cruzarse en cualquier momento con alguno de los 15 altares del Diego que ya existen en La Plata, o con cualquiera de los 173 ya diseminados por todo el país. Tal vez el sueño de Verónica no esté tan lejos, y más temprano que tarde sean miles, anónimos y esparcidos por todo el mundo. Porque aunque la Iglesia y los poderosos no quieran, el pueblo le rezará y le agradecerá a Maradona por siempre el milagro de habernos hecho tan felices