Son muchos los motivos por los que Walter Benjamin brilla como una luz extraña  y preciosa en la constelación del pensamiento filosófico de la primera mitad del siglo XX. Pero es una doble insistencia en su obra la que permite implicarlo de un modo significativo en nuestro presente: la lucidez para combatir el avance fascista y la capacidad para dislocar las concepciones tradicionales del tiempo y de la historia. En algún sentido, estos dos aspectos son el mismo. Solamente discutiendo la noción triunfante del devenir temporal es posible articular una política que ponga en jaque la proliferación de las fuerzas más reaccionarias.

Benjamin sostuvo en sus tesis Sobre el concepto de historia una crítica dirigida tanto a la socialdemocracia como al marxismo, en el cual él mismo se reconocía en esa época. Ambas concepciones pensaban en una historia progresiva, en un tiempo que a medida que se iba desplegando avanzaba hacia un mayor desarrollo material, intelectual y moral. Por ese motivo, no podían ver en el fascismo naciente nada más que unos valores arcaicos que la modernidad triunfante se encargaría rápidamente de dejar en el olvido.

Influido por el mesianismo judío, Benjamin comenzó a interrogarse por la capacidad que tiene el presente para reparar lo pasado, así como por la potencia que ese pasado puede tener para actualizarse en el aquí y ahora de formas impensadas, interrumpiendo lo que el pensamiento positivista había propuesto como un progreso lineal. Quizás la figura más pregnante con la que Benjamin trató de dar cuenta de esta experiencia, fue la del ángel de la historia.

Está descripto a partir de un cuadro de Paul Klee, como aquella fuerza mesiánica que mira el pasado como una gran catástrofe en la que los oprimidos han sido derrotados, explotados y olvidados. A medida que el tiempo sigue pasando, más desastres y más ruinas se van acumulando y los esfuerzos del ángel por reparar lo acontecido no alcanzan a realizarse porque una fuerte tormenta se lo impide. Así lo narra Benjamin en la Tesis IX: “La tempestad lo empuja irremisiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que frente a él las ruinas se acumulan hasta el cielo. Esa tempestad es lo que llamamos progreso.”


El progreso como estatuto de valorización, es ante todo una concepción de la relación que se supone debemos tener con el tiempo, una manera de comprenderlo y una invitación a actuar en consecuencia. Lo que nos demanda es “mirar para adelante”, lo que nos impide es “quedarnos en el pasado” y lo que valora es la capacidad de construir hacia el futuro. El único tipo de historia que puede soportar es aquella en la que el pasado se presenta como el camino dificultoso pero irremediable hacia el despliegue de este presente. Pero también puede, en sus versiones más extremas, directamente intentar ignorar cualquier tipo de pasado y presentarse como una mirada diáfana y originaria hacia un futuro mejor.

Uno de los problemas de esta concepción progresista es que no solamente lleva al borramiento de las personas anónimas que formaron parte indispensable de la historia –como bien señaló Bertolt Brecht-, sino que opera esa aniquilación aún en el presente. Otro de los inconvenientes es que neutraliza la potencia política que puede tener ese pasado de derrotas y opresiones para irrumpir en nuestro presente y proponer otro tipo de futuro. Por otra parte, se supone que la historia se encamina ineluctablemente en esa dirección de crecimiento y que no hay otra opción, ni tiene sentido retrasar al progreso que se presenta imparable.

Sin embargo, esta concepción simplista del progreso está en crisis en varios sentidos. El primero de ellos es primordialmente económico: en ese eje el término “desarrollo” suele traducir las pretensiones del progreso. Sabemos que este crecimiento económico cada vez más acelerado está llevando a las condiciones de supervivencia humana a límites que aún no se sabe cómo revertir. Pero al mismo tiempo hemos empezado a escuchar términos como “decrecimiento” o “buen vivir”, que ponen en cuestión la idea de un avance ilimitado del capital como ficción reguladora de lo que deberíamos construir.

En nuestro país, esta relación problemática con el progreso económico está teñida de sucesivos ciclos de crecimiento y recesión, que parecen tornar imposible el sueño del desarrollo. Quizás esta situación abra la posibilidad para la pregunta por lo que puede significar el progreso y sobre cuán deseable es entenderlo simplemente como un crecimiento sostenido del PBI. Una cosa es pensar de qué modo volver a encarrilar el país en la senda del progreso, otra es tener la capacidad de pensar que no hay por qué aceptar una línea de tren como única posibilidad. ¿Puede ser un camino deseable el que nos lleve a una progresiva concentración de la riqueza acompañada por la hiper-explotación de la naturaleza entendida solamente como recurso? Tomar en serio al tiempo puede ser, como afirmaba Benjamin, activar los frenos de emergencia de ese tren del progreso.

Si entendemos que hay una disputa por el modo de concebir la historia y por la manera de comprender nuestra relación con el pasado, es fundamental volver a enlazar nuestro destino no solamente con un posible futuro, sino siempre con una tradición, con un legado y con la búsqueda de justicia para aquellos que nos han precedido. Tenemos la suerte de que Madres y Abuelas de Plaza de Mayo nos hayan enseñado mucho al respecto. De la capacidad que tengamos de hacer presente aquella fuerza política que muchos se empeñan en olvidar, dependerá la posibilidad de abrir un futuro de otra índole. No se trata de repetir, de quedarse en un mundo nostálgico o de habitar el museo como forma de evadir la realidad; tomar en serio al tiempo es, muy por el contrario, la única posibilidad de comenzar.

*Profesor de Filosofía (UBA – UNSAM). Twitter: @TallerFilosofia