Alberto Fernández inauguró su mandato con dos premisas básicas, que dejó claras en su primer discurso como presidente. Primero: para salir del pozo en el que está el país hace falta institucionalizar el pacto social, al que definió como una mesa de negociación en la que el poder económico (en especial el campo y el sector financiero) deberán resignar privilegios en favor de los sectores populares. Segundo: nada de eso va a ser posible si los dirigentes no salen del lodo de los carpetazos y la estigmatización y la persecución del adversario, eso a lo que vulgarmente se le llama grieta. Casi todo su discurso e incluso sus principales anuncios dieron vuelta sobre ambas ideas. Tanto que los emparejó como parte del mismo problema, y los señaló como “muros” que el país debe superar: “Hay que superar el muro del rencor, del odio y del hambre”, dijo.   

Sobre esa base prometió sostener su presidencia. Primero, dijo, intentará resolver lo urgente, para lo cual ya tiene diseñado un plan, que ya tiene nombre desde septiembre, “Argentina contra el hambre” y actores concretos, desde los productores de alimentos hasta las distribuidoras y supermercados, pasando por el sector exportador y las organizaciones de la Economía Popular. También, con el mismo nivel de prioridad, anunció la intervención de la AFI, el blanqueo de los Fondos Reservados y un paquete de leyes “para reformar la justicia federal”. Su oración más encendida, una de las pocas que no necesitó leer, dio la clave de su proyecto: “Los fondos reservados de la AFI servirán para financiar el plan contra el hambre”. Dos consignas en un solo movimiento: un país sin hambre, pero también sin servicios sueltos. No hay tiempo que perder.

Detrás de esa idea posiblemente haya estado el cerebro de Gustavo Béliz, un rescatado del exilio para el albertismo, designado como Secretario de Asuntos Estratégicos. No por nada fue la sorpresa: de todos los anuncios de este mediodía, las únicas decisiones sobre las que persistía un manto de duda eran precisamente qué se haría con la AFI y el futuro de Comodoro Py. Alberto sostuvo esas decisiones bajo siete llaves hasta hoy. El segundo momento puramente albertista fue la reivindicación del ex procurador Esteban “Bebe” Righi, expulsado del gobierno, escándalo incluido, por la propia Cristina Kirchner.

Y el tercero y último, quizás un lugar común, fue retomar la figura de Raúl Alfonsín para cerrar el discurso. Más que la figura del primer presidente de la democracia, Alberto retomó su prédica, aquel hit de que “con la democracia se come, se cura y se educa”. A la luz de lo que se viene, puede interpretarse en dos sentidos: una inclinación, más vinculada a la comunicación política, de mostrarse como un hombre dispuesto a resolver los problemas prioritarios, en contraposición con cierta imagen de “domador de reposeras” a la que Macri quedó asociado; y una intención de tocar fibras transversales a todos los partidos políticos, de tender puentes con los electores que no lo acompañaron.

Para que el discurso de concordia tuviera cierta verosimilitud hizo falta evitar abundar en adjetivos para referirse al gobierno saliente. Las alusiones a la situación económica, en cambio, fueron concretas, con números precisos: un país en default (palabra prohibida, aludida con rodeos), la mitad de la infancia bajo la pobreza, cierre de empresas y caída industrial, 40 por ciento de pobreza, recesión, la inflación más alta de los últimos 28 años, etc. También hubo indirectas: “las decisiones económicas las vamos a tomar nosotros, no un grupo de técnicos enviados desde el exterior”, en clara alusión a los enviados del Fondo, que desde marzo pasado tienen despacho en argentina. “Cuando crezcamos, vamos a poder pagar”, remató, y cerró especulaciones en torno a la deuda, si es que todavía quedaba alguna.

La actitud de Alberto frente a Macri, en pleno traspaso, también sirvió para reforzar esa idea. Se tomó muy serio la frase que pronunció más tarde, de que “ha llegado la hora de abrazar al diferente”. Abrazó más de una vez al ex presidente, y hasta hizo un gesto de desaprobación cuando fue insultado.

Macri, el convidado de piedra, soportó que le canten la marcha en la cara. Hizo lo que pudo, pero sobrellevó la humillación con la misma estoicidad con la que se propuso después de agosto una remontada imposible y una despedida digna de la Casa Rosada, con un 40 por ciento de los votos y plazas llenas pese a haber encabezado un gobierno desastroso y tormentoso para la gran mayoría de los argentinos. Tras ponerle la banda a Alberto, desanduvo su camino por la alfombra roja del Salón de los Pasos Perdidos y se retiró en medio de los insultos que le propinó la hinchada peronista. Cosecharás lo que sembraste.     

“No cuenten conmigo para seguir transitando el camino del desencuentro”, siguió Alberto sobre el final, en un mensaje que también estuvo dirigido al frente interno. “Aprendimos que debíamos unirnos para cuidar a nuestra gente”, dijo en alusión a Cristina y a Sergio Massa, sentados a su izquierda. Por primera vez, le agregó las palabras “fraterno y solidario” al pacto social. Todo un mensaje: lo que necesita en el fono el país, según Alberto, es un pacto para vivir.