Bienvenidos al libertarismo real
La Argentina libertaria se parece a un largo invierno con un Estado no necesariamente más pequeño, sino más autoritario que enmascara (una vez más) un plan económico que ya fracasó más de una vez en este país
Permítanme forzar una analogía. El 24 de junio, cuando el gobierno de Javier Milei llevaba poco más de seis meses en el poder, el presidente argentino viajó a Praga para recibir un premio de una organización liberal. No quedaba del todo claro cuáles eran sus méritos para semejante reconocimiento, pero el evento servía como una escala más en su gira de autopromoción global.
Mientras Milei paseaba por foros internacionales, en la misma ciudad donde lo premiaban, Milan Kundera había ambientado “La insoportable levedad del ser”, una novela existencialista y filosófica que retrata la Primavera de Praga. La obra relata los sucesos de la Primavera de Praga desde los puntos de vista de distintos personajes, en los cuales priman constantemente la liviandad y el peso de las decisiones. En este sentido, y siguiendo a Hobsbawm (1994), las reformas de la Primavera de Praga fueron impulsadas por el primer secretario del Partido Comunista, Alexander Dubček y su objetivo era construir un "socialismo con rostro humano", es decir, introducía reformas económicas y flexibilidad al sistema de partido único, lo que terminó siendo inaceptable para Moscú. Para mediados de agosto, con el impulso de la Unión Soviética, unos 500 mil soldados del Pacto de Varsovia fueron movilizados a la capital del Estado Satélite con la orden de deponer a las autoridades y llevarlas a Moscú para retractarse por las medidas impulsadas. El socialismo real mostraba su verdadera cara.
Ya a mediados de los setenta, el modelo comunista comenzó a mostrar serias limitaciones para funcionar más allá del plano teórico. La represión de la Primavera de Praga había dejado en claro que cualquier intento de reforma dentro del sistema era inaceptable para Moscú, y la crisis económica que atravesaban los países del bloque soviético empezaba a evidenciar que el socialismo real no era viable sin un aparato de control cada vez más autoritario.
El colapso del comunismo a principios de los noventa dejó al capitalismo como vencedor indiscutido, pero también lo despojó de sus antiguos contrapesos ideológicos. Sin la presencia de un rival ideológico que equilibrara el debate político y económico, el capitalismo no sólo se consolidó como el modelo dominante, sino que también experimentó una transformación interna. Al perder la necesidad de justificar su existencia frente a una alternativa concreta, algunas de sus corrientes más radicales comenzaron a cuestionar incluso los elementos mínimos de intervención estatal que antes se consideraban necesarios para su estabilidad. Con el tiempo, esta falta de oposición llevó a una radicalización dentro de sus propias filas. Si el socialismo real había fracasado al intentar conciliar control estatal y bienestar social, sus críticos más extremos comenzaron a preguntarse si no era el propio Estado —y no solo su versión comunista— el verdadero problema.
Desde distintos bastiones de la derecha en Estados Unidos, surgió la idea de que el marxismo no había muerto, sino que había mutado en una nueva forma de dominación cultural. En otras palabras, el “marxismo cultural” sobrevivió a la caída del Muro de Berlín como una especie de barricada ideológica. Como respuesta, emergieron corrientes como la alt-right, el anarcocapitalismo y un libertarismo llevado al extremo, que ya no concebía al Estado como un mal necesario a reducir, sino como un enemigo a erradicar (da Empoli, 2018).
Bajo esta lógica, el mercado debía sustituir todas las funciones del Estado, reduciendo la sociedad a una red de individuos que interactúan según su conveniencia y beneficio. Lo que en los años ochenta había sido una agenda neoliberal que buscaba reducir la intervención estatal, ahora se convertía en un programa de disolución total del Estado. Pero, ¿qué sucede cuando estas ideas se llevan a la práctica?
LOS OSOS NO ANDAN ARRIBA DE CAMIONES DE BASURA
Uno podría pensar que el ideario libertario se trata de un refrito de la agenda neoliberal, pero esto es ir un paso más. Desde estas visiones la sociedad se vuelve un cúmulo de voluntades que se agrupan según su conveniencia y su beneficio para materias específicas. Resulta interesante preguntarnos por el nivel de permeabilidad de posiciones tan reaccionarias.
En este sentido son pocas las experiencias concretas libertarias relevantes, más allá de lo anecdótico como el caso del pequeño pueblo de Grafton[1], Nueva Hampshire en Estados Unidos, en la que un grupo de unos 200 libertarios (la mayoría hombres blancos solteros y partidarios de la tenencia de armas) de distintos puntos del país se congregaron a través de internet para mudarse e incidir en la toma de decisiones de la comunidad, las propuestas: reducir impuestos, menos estado y hasta una declaración de Grafton como una zona "libre de Naciones Unidas".
Más allá de las declaraciones pomposas, el Ayuntamiento abandonó sus funciones básicas y algunos años después las calles del pueblo estaban repletas de pozos, se produjeron los primeros asesinatos en décadas, robos, y producto de las deficiencias en el servicio de recolección de residuos, ataques de osos que se acercaban a la población en busca de una comida gratis.
Finalmente Grafton dio marcha atrás y el Estado municipal tuvo que hacerse cargo de aquello que los privados no pudieron, ni supieron. Si bien Grafton es un caso aislado, plantea una pregunta clave: ¿qué sucede cuando el Estado se repliega por completo? Argentina, con su escala y complejidad, enfrenta un desafío aún mayor.
¿Y SI SALE BIEN?
Sin antecedentes relevantes, el experimento libertario en Argentina encabezado por Javier Milei se planteó como una solución antipolítica y antiestado, un cambio de raíz a la matriz macroeconómica. Sin embargo, la ausencia total de Estado, en sociedades capitalistas encuentra rápidamente limitaciones y se vuelve un oxímoron que choca de frente contra los primeros actos de gobierno de centralización del poder en la figura del Presidente de la Nación. Así como en aquel momento idílico de la Primavera de Praga de mayor libertad y apertura, los bellos discursos de un "socialismo de rostro humano" parecen palabras tan vacías como la idolatría por el mercado y su capacidad liberadora.
Rápidamente y a poco de comenzar el gobierno de Javier Milei a finales de 2023, se mostraron las viejas y conocidas versiones del neoliberalismo, con sus recetas de ajuste fiscal extremo, corrimiento del Estado del aspecto económico y hasta una repetición de figuras y actores clave a los dos lados del mostrador, como los Ministros Caputo y Sturzenegger, el rol del FMI.
Incluso la repetición de la figura de Patricia Bullrich, se perfila como la mano dura necesaria para apretar las clavijas del ajuste y paradójicamente, hacer uso del fin último del Estado en materia ejercicio legítimo del monopolio del uso de la violencia. Es aquí donde la “batalla cultural” que impulsa el Gobierno cobra mayor relevancia, recrudeciendo los discursos de “memoria completa” como el video difundido por el 24 de marzo, bajar el cartel del CCK o destruir una estatua del historiador Osvaldo Bayer.
Siguiendo a Casullo (2019), podríamos decir que estos relatos populistas de derecha prenden particularmente en países con tradición política como la Argentina, volviéndose una consecuencia inevitable del juego del poder y una opción siempre presente en el espectro de estrategias políticas, especialmente atractiva en tiempos de crisis y fragmentación social. Atrás quedan las promesas de dolarización, cierre del Banco Central, el fin de la inflación, libertad de los curros para unos pocos, libre competencia de productos. Lo que queda como resultado real es: atraso cambiario; continuidad del cepo cambiario; una caída del 9,4% de la industria en Argentina en 2024; una inflación que no puede perforar el piso psicológico del 2% mensual pese al “ajuste más importante del historia”, en palabras del Presidente; la continuidad de regímenes de promoción industrial como el de Tierra del Fuego, que beneficia a la familia Caputo y en la práctica se traduce como bienes tecnológicos más caros para los consumidores argentinos y exenciones impositivas por más de US$ 1.100 millones; entre otras cuestiones.
Lo cierto es que, como todo relato, el libertario necesita algo más que batallas culturales para sostenerse. Y, al igual que el socialismo con rostro humano de Dubček, su destino parece sellado por sus propias contradicciones. La Primavera de Praga prometía libertad dentro del socialismo, pero terminó sofocada por la cruda realidad del poder soviético. Hoy, el sueño de la Argentina libertaria promete prosperidad sin Estado, pero se encuentra con una realidad que, lejos de eliminar la intervención estatal, la concentra en los mismos actores de siempre (y con sus propios intereses y contradicciones que superaran las simpatías ideológicas). Dubček creía que podía humanizar el socialismo, pero Moscú le recordó que el poder no se comparte. Del mismo modo, Milei sueña con una sociedad sin Estado, pero rápidamente se enfrenta a un dilema: cuando el mercado no lo resuelve todo, el poder se concentra en lugar de desaparecer. Así como la Primavera de Praga terminó con tanques en las calles, la Argentina libertaria se parece más a un largo invierno con un Estado no necesariamente más pequeño, sino más autoritario que enmascara (una vez más) un plan económico que ya fracasó más de una vez en la Argentina.
Como me dijo un checo en una oportunidad: “Durante el comunismo, tú tenías asegurado un apartamento en el que vivir, el agua para tomar y el pan para comer, pero lo que tú querías en realidad era un Levi’s… Con el capitalismo, te puedes comprar un Levi’s, pero nadie te garantiza si esta noche dormirás en el piso, si al abrir el grifo el agua saldrá y si te alcanzará para el pan”. Argentina, entre el ajuste y el desguace, aún no sabe si se quedará sin pan… o sin Levi’s.
Aquel agosto de 1968, cuando las tropas del Pacto de Varsovia ocuparon Checoslovaquia, los ciudadanos salieron a manifestarse a las calles preguntando qué había pasado con las promesas de Dubček. La respuesta llegó en forma de silencio y represión. El peso de la praxis terminó por imponerse. La “Insoportable levedad del ser” nos recuerda que la búsqueda de la libertad sin límites puede volverse un espejismo: demasiado ligera para sostenerse en el tiempo, demasiado frágil para sobrevivir a la realidad. Así como la Primavera de Praga terminó sofocada bajo el peso de los tanques soviéticos, el experimento libertario argentino se enfrenta a su propia contradicción: cuanto más liviano quiere ser, paradójicamente, más necesita de un poder que lo sostenga.
En actual Argentina, la pregunta sigue abierta: cuando los efectos del ajuste terminen siendo insoportables, cuando los números no cierren, cuando las promesas libertarias se revelen imposibles, cuando las encuestas y si los resultados de las elecciones de este año ¿qué quedará? ¿Libertad o un “viejo-nuevo orden” impuesto con la misma brutalidad de siempre? Parece que en la Argentina libertaria la primavera es más bien un largo invierno.
[1] https://cenital.com/la-ciudad-donde-fallo-el-experimento-libertario/